GUILLERMO DUTRA

El legado que deja Fanapel

Grandes esfuerzos se concentraron durante enero para drenar las heridas de una de las empresas emblemáticas para la industria nacional: Fanapel. Pocos años atrás, era referente de gestión moderna, relaciones laborales maduras, calificaciones de alta gama para sus operarios y compromiso con su territorio.

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La planta no produce desde el 23 de diciembre. Foto: Archivo El País

Quizás no exactamente por la mismas razones pero, ya hemos padecido situaciones similares: Funsa, Metzen y Sena, Vidrierías del Uruguay y más recientemente Ecolat. Cuesta permanecer indiferente ante un desenlace que compromete la vida de una empresa que supo generosamente compartir los aprendizajes que otrora le permitía su posicionamiento de vanguardia. Por todo ello, supimos siempre con sentimiento mirar sus instalaciones cuando regularmente transitábamos la carretera Montevideo-Colonia.

Las alternativas que —según la prensa— han barajado gobierno, sindicato y empresa son ya conocidas y aparentan ser compresas para una realidad que, según parece, estaba demandando fuerte cirugía. La pregunta es: ¿estas crisis no se pueden prevenir y evitar reacciones que tardíamente poco ayudan hacia el necesario salto cualitativo que hay que dar? Todo hace prever que si en una economía basada en el conocimiento —y progresivamente determinada por la fusión de tecnologías— mantenemos tal desempeño, los subsidios estatales, el seguro de desempleo, los concursos de acreedores, quiebras y clausuras demandarán gran parte de nuestras energías, así como dinero de los contribuyentes.

Por su relevancia, ¿Fanapel no sería una lección que deberíamos analizar respecto de nuestro posicionamiento en los mercados, nivel de competitividad, régimen de relaciones laborales vigente, condiciones para innovar y gestionar conocimiento? ¿Acaso no se suman y dan señales en este sentido las exigencias que en materia de infraestructura y garantías en materia laboral ha planteado UPM para invertir en una segunda planta de celulosa?

Sin dudas, crear empleo en el sector privado es el principal desafío que el país tiene por delante. Y en ese escenario, hay que tener en cuenta que —de aquí en más— todo lo que pueda ser automatizado lo será, y tal cual expresaba días atrás Ryan Avent, economista y editor senior de The Economist: "las personas de fuerza laboral menos calificada perderán sus empleos". Este experto señaló que en el futuro próximo, el Internet de las cosas estará complementado con la computación cognitiva y el resultado será "máquinas con la capacidad, ya no de presentar respuestas, sino de predecir y anticipar reacciones".

Mejorar la calidad de nuestros trabajadores parece ser un tema a debatir y a la vez —siguiendo a Ben Schneider del MIT— debemos asumir que estamos en la encrucijada de tener que promover una convergencia de actores que nos saque del equilibrio de baja calificación y exija una mejora en la calidad educativa. De una vez por todas en Uruguay se debe entender lo que señala Eduardo Levy desde La Nación: "la oferta de trabajo no crea su propia demanda".

No cambiar la pisada a todos nos afectará, y las responsabilidades son compartidas entre empresarios, sindicatos, Gobierno, Intendencias, centros de investigación y desarrollo, la educación técnica y la formación profesional. También incluyo a los organismos de cooperación multilateral y bilateral. En una dinámica que acumule aprendizajes y apueste a la innovación, la perspectiva a cuidar es la de cadena de valor y cooperar entre todos hacia el ganarganar.

Retomando Fanapel, su impacto en Juan Lacaze y en aras de avanzar hacia lo concreto, vale encarar un mejor aprovechamiento de los recursos locales o generar los que faltan a fin de impulsar el crecimiento. El mundo actual tiende a buscar éste último a partir de un doble movimiento: la integración de países y al mismo tiempo, mediante políticas descentralizadas que desarrollen regiones y territorios. Los expertos insisten en que éstas últimas tienen como fin: i) la transformación productiva; ii) la generación de empleo y iii) la mejora de la calidad de vida de la población. A su vez, comparten una base común: la necesidad de contar con mecanismos eficaces para analizar la demanda de calificaciones y diseñar una oferta formativa pertinente para el corto y/o mediano plazo.

Probado está que cuando el desarrollo se organiza desde una perspectiva local-regional favorece la cercanía con la demanda, el diálogo genuino y la posibilidad de consolidar y proyectar cadenas productivas. Mucho de esto está sistematizado en dos recientes manuales de la experta argentina Mónica Sladogna, donde plantea la necesidad de establecer mecanismos institucionales ágiles, abiertos al cambio y al manejo de la incertidumbre de los mercados, para que la formación permanente de los trabajadores se transforme en una auténtica política preventiva de crisis. Ese es el piso de seguridad social que necesitamos y más nos dignifica.

Finalmente, y sin perjuicio de los déficit existentes en materia educativa y desde un bono demográfico concentrado en los segmentos más pobres, lo que avancemos en la línea sugerida podría habilitarnos soluciones más sustentables, acercarnos a la innovación y mejorar nuestra autoestima para las próximas décadas.

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