JUAN SÁNCHEZ

La "Jornada de los Incautos"

El arte del convencimiento en el tiempo ha tenido momentos memorables, como el denominado "Jornada de los Incautos", punto de inflexión en la historia de Europa y una prueba única de la influencia de ciertos actores en un momento dado, donde se ponían en juego las identidades nacionales versus la unidad europea.

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Tablero de ajedrez. Foto: Archivo El País

Tuvimos la fortuna de tener un padre docente de historia, que nos orientó a interpretar los hechos con perspectiva, lo que luego nos permitiría asignarle a la teoría sus hechos y circunstancias, sin la cuales pierden sentido y oportunidad. Aplica a la Historia, pero, también a disciplinas como la Sociología y la Economía.

Inflexibilidad.

Cursando la universidad convivimos en un ambiente pro-mercado y donde la ortodoxia era excluyente entre los académicos (tiempos pre-democracia). La propuesta académica era una combinación de técnica y ciencia, propio de las disciplinas formales, pero también cierta dosis de dogmatismo y simplificación en su intento de comprender la realidad económico-social. No nos alineamos con aquella lectura de la realidad, menos luego de los cambios ocurridos en los 80, que la pusieron en tela de juicio por su aplicabilidad y por lo complejo de la realidad. ¿Cómo explicar esta disfuncionalidad? analizando cómo se propagan los efectos del crecimiento a todos los sectores económicos y sociales, ¿cómo el desarrollo del comercio e integración de los mercados amplían el bienestar de economías globales sin resolver el dilema de la integración de grupos marginales? Mencionar también la dificultad de hacer compatible tasas de crecimiento de economías dinámicas con la preservación de recursos naturales.

Cómo llamarlo.

Algunos economistas sostienen que la ortodoxia promueve el crecimiento y la productividad a través de la investigación, la incorporación de tecnología, la reducción de burocracia y menos a través de la demanda agregada. Se preguntan también si la relación entre productividad y salarios puede funcionar en ambas direcciones. Sostienen que los Gobiernos, al permitir que las economías operen con holgura en el mercado con bajos salarios, han permitido a las empresas hacer un uso descuidado de la mano de obra. Claramente esto no pasó en Uruguay.

En el caso de nuestro país esa ortodoxia tiene cierto predicamento, por ejemplo en parte del periodismo económico se impuso la idea de que cuando los déficit llegan a un umbral determinado y la inflación pasa a dos dígitos, aun en contexto recesivo se impone necesariamente un ajuste fiscal, incluido el recorte de inversiones ("mal menor"). También se justifica el ajuste de tarifas aun cuando implique distorsión de precios relativos en sectores estratégicos. Malo por donde se lo mire.

Estas aristas negativas del ajuste se potencian con la debilidad relativa acumulada del tipo de cambio real abonado por una política monetaria restrictiva ante la imposibilidad de controlar la inflación.

Desenlace anunciado.

Todos tenemos nuestros puntos débiles y taras, algunos la obsesión sistemática por cuidar ciertos factores descuidando otros. En Economía, en situaciones de crisis, no hay forma de soslayar la dicotomía entre ajustar y promover, trade-off inevitable entre "el bien y el mal". Los recortes de inversiones y el ajuste de tarifas sin un objetivo comercial son el fácil expediente de ajuste originado en serios problemas de diagnóstico.

La negación de la necesidad de ciertos subsidios compatibles a la estrategia país, la promoción del bien público y la valoración del retorno social parece ser el patrimonio de gobiernos de distinto signo. Los altos costos por ineficiencias trasladadas a tarifas y por pérdidas de competitividad, sumado al descuido del equilibrio de reciprocidades comerciales, han dejado a cada vez más industrias por el camino.

Por su parte, la baja de la inversión pública no tiene demasiada justificación salvo por la redundante excusa del "ciclo electoral". La caída de la demanda agregada de 1,3% del último año es explicada por la baja de la inversión en aprox. un 8,2% y ésta, a su vez, explicada por la caída de la inversión pública de un 12,5%, originada en el tercer y cuarto trimestre de 2015, que llegó a un negativo de cerca de 20% .

Otro factor de riesgo para la recuperación de nuestra economía es el descuido de la competitividad con Brasil, que si bien caía desde fines de los 2000, se mantenía alineado con promedios históricos, pero que desde 2014 cae fuera de promedios. De hecho se abatió un 30%, si se toma el promedio de 30 años, pero más de un 40% desde fines de los 2000. A esto se agregan las distorsiones permanentes al comercio que Brasil impone en algunos sectores sin gestiones serias para su compensación.

Además, hemos perdido competitividad con los que le siguen (Estados Unidos, Unión Europea), si bien recuperamos casi 15% desde 2012, perdimos un 20-30% comparado con el promedio histórico 1976-07 y 40-50% desde mediados de los 2000. Reaccionamos, pero como solemos hacerlo, tarde y parsimoniosamente. De hecho en Uruguay aumentó significativamente el tipo de cambio nominal (40-50%) desde 2014, otros (Brasil, Rusia, Sudáfrica y Turquía) lo hicieron a una tasa muy superior, 90-130% desde 2011.

Dos factores son claves, uno la concepción, el otro, la pericia para hacer y gestionar. Hay actores aptos para negociar y lidiar con la realidad en el marco de esos equilibrios pero hay otros que parecen no saber hacerlo. Saber sortear los desafíos no es para cualquiera y hay que estar a la altura.

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