CARLOS STENERI

Jaque a la globalización

Varios hechos recientes confirman la profundización del desorden mundial, el advenimiento de volatilidad pero también de oportunidades.

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El objetivo es responder a la creciente demanda de conexiones. Foto: Wikimedia

El último comunicado de los países que integran el G20 eliminó la tradicional mención a evitar los males del proteccionismo, sustituyéndola por una tibia mención a la contribución del comercio al progreso económico. La causa fue la férrea posición de EE.UU., hasta ahora una de las economías mas abiertas del mundo y campeona de la globalización en todas sus dimensiones, reflotando el concepto de comercio justo (fair trade). Con ello, la administración Trump intenta corregir los desequilibrios del saldo comercial negativo de su economía con el resto del mundo, con el propósito de vigorizar su economía. El concepto de comercio justo no es nuevo, tuvo su aparición efímera en la década de los 80 para luego ser abandonado por absurdo.

Eso puede incluir imponerle "auto limitaciones" a los exportadores de ciertos productos (automóviles desde Japón), acusaciones de manipulación del tipo de cambio a ciertos exportadores que son corregidas con aranceles específicos a los bienes provenientes de esos destinos, u otras medidas de efectos equivalentes. Obviamente que en el banquillo actual de los principales acusados figuran China, Alemania y México, pero igual está incluido todo el universo exportador hacia ese gran mercado.

La historia muestra que son intentos fallidos, pues la dinámica de los saldos comerciales entre los grandes países es la contrapartida necesaria de otras fuerzas determinadas por sus políticas fiscales, y diferencias de productividad que a su vez determinan los niveles de tipos de cambio reales. Es así que la enorme expansión de China de la primera década de este siglo financió la bonanza del consumidor norteamericano, gracias al exceso de ahorro del gigante asiático. Y eso implicó superávit récord en la cuenta corriente con su necesaria contrapartida de signo opuesto en EE.UU. Algo similar ocurre en Europa, donde Alemania mantiene hasta hoy saldos positivos en su cuenta corriente del 8% del PIB y de signo contrario en la mayoría del viejo continente.

Hoy China presenta una postura diferente. El cambio de modelo de crecimiento priorizando su demanda doméstica hizo que la participación relativa de sus exportaciones respecto al PIB cayera a la mitad (19%), y que empleara más de un tercio de sus reservas en mantener la cotización del renminbi. Ya no es más un mal llamado riesgo para Estados Unidos, sino un socio comercial como cualquiera. Hasta que los hechos no desmientan esa postura errónea de la administración Trump, habrá intentos de bilateralizar las relaciones comerciales, fragmentar mercados y debilitar el andamiaje de acuerdos multilaterales.

A ello le seguirán las tensiones políticas, con el telón de fondo de un mundo desarrollado que recién está dando muestras de recuperación de su catástrofe financiera de 2008. Todo ello está resumido en el comunicado del G20 sobre el comercio y el proteccionismo. También constata la aparición de tensiones entre aliados tradicionales importantes como Alemania, portaestandarte de la Unión Europea, y que fueron certificados sin tapujos con las posturas y gestos de ambos mandatarios en su encuentro reciente en Washington. Un hecho inimaginable poco tiempo atrás, pero que es la antesala de brotes de volatilidad hasta que se produzca el nuevo reacomodamiento. Sin duda, que bajo este escenario nuevo se le abre a China la oportunidad de oro de posicionarse como líder de una nueva globalización, operando con reglas negociadas en grandes acuerdos multilaterales, sin EE.UU., más simples, pues en principio estarían enfocados más en temas comerciales y menos en áreas complejas como servicios y patentes. Australia, después de la decisión de EE.UU. de bajarse del acuerdo transpacífico, adelantó que estaría dispuesta a seguir avanzando con el resto de los países que lo integran.

En realidad, China se convirtió para el mundo emergente productor de alimentos en una economía complementaria con enorme potencial. La viabilidad de su modelo de crecimiento desplazando población rural hacia las ciudades con el propósito de aumentar la productividad de su fuerza laboral, requiere de fuentes de alimentos crecientes y estables. Ello queda demostrado en su participación creciente como importador, ubicándolo como primer cliente de esos rubros en muchos países, incluido Uruguay.

Para completar este mosaico de situaciones complejas que se avecinan, lo ocurrido en Brasil con la corrupción ligada a las exportaciones de alimentos, agrega otro impulso negativo que alimenta la incertidumbre. En un mundo donde ciertas reglas del comercio están en tela de juicio, el principal exportador mundial de proteínas de origen animal viola normas básicas que destruyen la confianza, dan excusas para más controles y pueden generar menos comercio o peores precios para los que operan en esos rubros.

Sorprende el dislocamiento de los valores de una sociedad que hasta hace poco más de un quinquenio, integraba el selecto mundo de naciones en desarrollo paradigmáticas por sus niveles de crecimiento y de inclusión social. Sin duda fue un espejismo, cuya vuelta a la realidad llevará tiempo y complicará la transición hacia una nueva realidad global, que hasta ahora es incierta.

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