CRECIMIENTO Y EMPLEO SE FRENAN POR BAJA PRODUCTIVIDAD Y DESIGUALDADES SOCIALES

Israel, un éxito económico que pierde lustre

Casi siete décadas después de su fundación, el panorama económico es aparentemente halagüeño para Israel. Roza el pleno empleo, con una tasa de desocupación inferior al 5%.

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La inflación ha sido domada y es ahora inexistente o negativa. La divisa nacional, el shequel, se ha revalorizado frente al euro un 14% en los dos últimos años. Vivir en Israel es un 20% más caro que la media de los países de la OCDE. Desde el final de la Segunda Intifada (2000-2005) el crecimiento del PIB se ha mantenido en un ritmo anual sostenido del 4%, a pesar de haber librado una guerra en Líbano y otras tres en Gaza. Pero al igual que en su avanzada capacidad bélica, la renta per cápita anual de Israel (U$S 35.700) si sitúa a años luz de la disponible en la empobrecida y aislada franja palestina (1.700 dólares).

Israel atravesó un largo periodo de déficit comerciales a causa de su alta tasa de crecimiento inicial, de la avalancha de inmigrantes judíos llegados de todo el mundo y del conflicto con los países vecinos. Hoy el crecimiento es menor, la inmigración masiva ha concluido y el costo derivado de la seguridad es mucho menos gravoso tras el acuerdo de paz con Egipto.

El déficit y el gasto público generados por los conflictos militares se han reducido. Las partidas de defensa han disminuido, pero también han caído en paralelo las de educación, sanidad, protección social y vivienda pública. Los dos principales problemas de la economía israelí siguen siendo el conflicto israelo-palestino, que resulta muy costoso, y la elevada desigualdad, que supera los estándares de la OCDE.

Al tiempo que se destaca el éxito económico de Israel, se señalan también los riesgos de una desaceleración de la competitividad derivados de los altos costes de producción y de una baja productividad.

Israel solo alcanza el 76% del nivel de productividad medio de la OCDE, y en el índice sobre la facilidad para hacer negocios del Banco Mundial se sitúa en el puesto 52. "El país sigue presentando unos buenos indicadores económicos, pero debe afrontar los obstáculos que impiden su progreso económico, como la incertidumbre en la regulación y las trabas burocráticas", declaraba recientemente a The Jerusalem Post Augusto López-Claros, asesor del Banco Mundial, quien consideraba que, "a la vista de su nivel de renta per cápita y de su desarrollo tecnológico, (…) existe un claro margen de mejora del marco regulatorio en Israel mediante el establecimiento de reglas predecibles".

El Estado israelí presenta hoy dos caras económicas con crecientes diferencias entre ambas vertientes. El 90% de los trabajadores, los empleados en sectores no tecnológicos, cuentan con bajos salarios y registran bajos niveles de productividad. La locomotora es el sector de la alta tecnológía, caracterizado por el dinamismo de las start up, que sitúa a Israel a la cabeza de los índices internacionales de innovación.

Las constantes amenazas a la seguridad han contribuido al desarrollo de una potente ciberindustria y a un sólido sector de defensa en el que destacan las exportaciones de aviones no tripulados (drones). De la misma forma, la aridez de la región ha obligado a desarrollar novedosas tecnologías de riego por goteo y plantas desalinizadoras de agua.

Israel pierde cada año un 5,7% de su PIB a causa del servicio militar obligatorio, Los jóvenes acceden al mercado laboral tres o cuatro años más tarde que en otros países y, en consecuencia, el capital humano de Israel tarda más tiempo en desarrollarse.

De los 8,5 millones de israelíes, un 20% son árabes (marginalizados) y un 11% judíos ultraortodoxos (subsidiados por el Estado). Eso hace que el peso de la economía recaiga sobre los cinco millones de miembros de la clase media. "Con estas diferencias resulta difícil tener una foto real de la economía de Israel", advierte José María Blasco.

La desigualdad es un grave problema, y no solo por las minorías árabe y ultraortodoxa, sino sobre todo por la política fiscal.

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