JULIO PREVE FOLLE

Impostergable shock de costos

La situación del agro es dura. Solo un clima de inusitada benevolencia es capaz de ocultar el momento francamente desalentador que atraviesan casi todos los rubros agropecuarios, que se evidenciará mucho más este invierno.

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El Poder Ejecutivo envío al Parlamento el proyecto que reimplanta el Impuesto al Patrimonio en lugar del ICIR.

Tienen problemas los arroceros, muy severos los lecheros, los laneros, los tendrán los sojeros cuando pase la euforia de una cosecha récord por la lluvia estival, los siguen teniendo los agricultores de invierno, empiezan a tenerlos los ganaderos, y siguen desapareciendo granjeros.

Macroeconómicamente, el país sigue su política de gasto público sin medida, y enjugando el déficit de 4 % —el mayor en 27 años— apelando al endeudamiento mientras se pueda. Por su parte, el crecimiento homeopático deriva de fuentes vinculadas al retraso cambiario y el consumo, o a actividades de escaso valor agregado. Ante esta situación delicada, nos seguimos enterando de gastos insólitos. Estos últimos días fue el "horno de Ancap" de US$ 80 millones, o el avión de ALUR que es todo un símbolo del dislate económico de una empresa que, viviendo de la mendicidad hacia su empresa madre Ancap, o hacia el público consumidor de inútiles productos que van desde el azúcar a los perfumes o raciones, con esas características se permite tener un avión.

Lo que se viene.

Este momento duro encuentra a un país con 60 mil empleados públicos más —y déficit— con una deuda pública creciente y con enormes carencias de infraestructura. En términos globales, enfrenta una reducción de la inversión y, según se difundió la semana pasada, posee una de las presiones fiscales más altas del mundo, comparable a la de países que con sus recursos públicos se plantean colonizar la luna, los desiertos y los mares.

No sé si hay conciencia de lo que se viene, con un gobierno jugado a una sola inversión salvadora —la de UPM— a partir de crearle un paraíso fiscal que, dadas las circunstancias, podría suponer una bofetada al país productivo (¿se acuerdan?) que paga más del 32 % de su renta al fisco.

Como he señalado otras veces, con los precios actuales de todos los rubros agropecuarios no es la fiesta de hasta hace un par de años, pero con ellos nuestros competidores crecen tanto en la lechería, como en buena parte de la agricultura o la producción de carne. Quiere decir que si no se hace algo por el lado de los costos se vendrán muchas tensiones. Por eso es que propongo para este invierno un shock, aunque sea transitorio, para el que voy a hacer un listado no exhaustivo. Cada sugerencia puede no ser de mucha monta pero la suma sí.

El cambio.

Lo primero es el gasoil. Volviendo a los 90 tiene que quedar sin impuestos, y hay que empezar a cambiar esta política de combustibles que llevó el precio del gasoil al de la nafta, solo por el prurito de refinar todo nosotros, y cambiar el parque automotor pero a expensas de todo el país productivo. El gasoil debe volver a ser la mitad de la nafta, aunque sobre nafta al refinar, aunque haya que importar gasoil, aunque se beneficien algunos tenedores de Mercedes Benz. Hay que terminar también con la ya superada política de agrocombustibles que en solitario cuestioné, que todo el mundo abandona, y que cuesta US$120 millones también en los precios que pagamos a Ancap. Propongo importar libremente, sin registros nacionales ni permisos previos todos los agroquímicos con registros en la región, herbicidas, insecticidas, zooterápicos, raciones. Y lo mismo propongo para los fertilizantes, sin controles previos y registros que suponen humillaciones y costos. Hay que dejar asimismo que la gente siembre lo que quiera, incluso semilla más barata. Hay que suspender la obligatoriedad de la trazabilidad no solo para bajar costos sino para terminar con la comedia de su aplicación, que me acabo de enterar que es así también en la apicultura, en la que hay que registrase, trazar los tambores de miel, etc. Y eliminar los obligatorios planes de suelos, otro costo indebido, así como los registros, permisos previos y declaraciones juradas aunque sea por un tiempo.

Hay que liberar también las exportaciones en pie, sin registros, permisos o actas notariales, atendiendo solo a lo que pida el comprador. Y terminar de paso con este mamarracho de tener que pagar —incluso con multas y recargos— el impuesto municipal derogado, que después —siempre con trámites— se devuelve.

Y en materia tributaria, en homenaje al sector que proporciona el cuero del que salen todos los tientos, teniendo presente su contracara que son los 60 mil empleados públicos más, o los miles de km. de carreteras menos, reducir por solidaridad algún impuesto —cualquiera, hay para elegir— al menos por un tiempo. De paso, y en batalla contra un país que se vacía de jóvenes, lo que propongo siempre: que los menores de 30 años no paguen ningún impuesto directo, ninguno: ni los personales ni los de sus empresas, ya que de lo contrario nuestros jóvenes solo podrán optar entre la emigración o el empleo público.

Lo que hace falta en definitiva es tomar conciencia que los problemas del campo dependen más que nunca de elementos internos: de políticas públicas domésticas intervencionistas erradas o caras, para las que propongo no discutir su fundamento en lo que habrá muchas opiniones, sino apenas suspenderlas por su efecto en los costos sobre los que no hay divergencias. Pero claro, no puede ser algo tímido o en cuentagotas; para generar efectos no solo económicos sino de cambio de estados de ánimo, tiene que darse todo a la vez: un tratamiento de shock como lo mencioné en el título.

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