JAVIER DE HAEDO

Hay que barajar y dar de nuevo

A esta altura resulta evidente que los supuestos del presupuesto quinquenal han sido dejados en off-side por la realidad, tal como numerosos economistas anunciamos en su momento que ocurriría.

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Mazo de cartas. Foto: Archivo El País

Se impone que el equipo económico asuma esa realidad y actúe en consecuencia, replanteando los supuestos para lo que resta del período y adoptando las medidas necesarias para poder cumplir con un nuevo programa financiero que resulte viable.

Se podría pensar que la próxima rendición de cuentas puede ser la instancia adecuada para hacerlo, y es posible que así sea, pero eso implicaría perder casi un año, dados los tiempos en que la rendición se procesa, a lo largo del segundo semestre. Es necesario asumir la nueva realidad ya mismo y actuar desde ahora, aún cuando sea la rendición la instancia en la que el nuevo programa se formalice.

Los supuestos.

En el presupuesto se asumió que la economía habría de crecer a una tasa media de 2,8% durante estos cinco años, partiendo desde un 2,5% en 2015 hasta llegar a un 3,0% en 2019. Ese crecimiento supuesto es la base en la que se sustenta la evolución esperada de la recaudación de impuestos. Y esto último es lo que permite asumir determinados compromisos en materia de gastos, de modo que el resultado fiscal sea el que se proyecta.

Otra área relevante en materia de supuestos es la de precios y tipo de cambio. En materia de inflación se asumió que ella iría reduciéndose año a año hasta llegar al 5% en 2019. Para el año pasado el supuesto consistió en una inflación promedio anual de 8,4% y para el año en curso, de 7,6%. Mientras tanto, se supuso que el dólar subiría más que el IPC en los primeros dos años, y que luego su precio relativo se estabilizaría. Hablando en plata, se suponía que el ajuste "relativo" del dólar terminaría este año y que sería pequeño, ya que subiría 7,2% más que el IPC en 2015 y sólo 2,0% más en 2016.

Por último, el mercado de trabajo. En materia salarial se suponía que el salario real promedio anual habría de subir durante los cinco años, partiendo de un 2,5% en 2015 y aterrizando enseguida en una tasa de 2%. Mientras tanto el empleo habría de caer 1% en 2015 y crecería gradualmente a lo largo del resto del período.

Sin embargo, lo más interesante del presupuesto fue que se plantearon aumentos discrecionales de gastos solamente para 2016 y 2017, dejándose para este último año la revisión de la situación para ver si habría "espacios fiscales adicionales" para asignar nuevos incrementos en 2018 y 2019.

Con el crecimiento económico supuesto, sólo daba para atender el crecimiento endógeno del gasto y aumentos discrecionales para el primer bienio.

La realidad.

En los hechos las cosas no han marchado como el equipo económico esperaba. Si consideramos los datos de 2015 y lo que se espera para 2016 a partir de lo ya transcurrido y de diferentes encuestas de expectativas, resulta claro que se crece menos y por lo tanto también se recauda menos: el año pasado, los ingresos del gobierno y el BPS subieron 7,8%, menos que la inflación (8,7% en promedio anual).

Dada la rigidez del gasto (sólo el crecimiento endógeno del gasto público se lleva el producido por dos puntos de crecimiento del PIB) el déficit fiscal es mayor al previsto (anda cerca del 4% del PIB cuando debería estar apuntando al 3%).

Por otro lado la inflación se ha acelerado en vez de reducirse, y ya superó la línea del 10%. Y el dólar ha subido relativamente al IPC, mucho más de lo que se había supuesto que ocurriría: este año subiría en promedio más de 10% que el IPC y no 2% como se esperaba.

Y en el mercado de trabajo, el empleo cayó el año pasado el doble de lo previsto y se espera que vuelva a caer en el año en curso.

El salario, indexado al IPC, crecerá, pero menos de lo esperado. Menos crecimiento del PIB da lugar a menos crecimiento de la masa salarial, ya sea por precio, ya sea por cantidad.

A corregir.

Es decir que se han dado desvíos significativos en todas las áreas de supuestos del presupuesto quinquenal.

El shock negativo que recibimos no era transitorio sino que es permanente: la realidad de los diez años de viento de cola no va a volver al menos en el horizonte del actual presupuesto. En aquellos tiempos, año a año nos encontrábamos con espacios fiscales adicionales y revisábamos el presupuesto para gastarlos.

Ahora debemos ser simétricos y actuar ante el "espacio fiscal negativo" con el que nos encontramos. Para ello, una de dos: o se ajusta a la baja el presupuesto de los próximos años (es decir que habría que revertir aumentos ya previstos en él) o se suben los impuestos.

Hasta ahora, estamos ante el ajuste fiscal clásico: primero se recortaron inversiones públicas, luego se subieron las tarifas de las empresas estatales (o no se bajaron, como en ANCAP) y finalmente se ha empezado a subir impuestos (el IRAE, por el tema del ajuste por inflación).

De un modo u otro, el objetivo principal del programa debe ser retomar la senda de descenso del déficit fiscal hasta el 2,5% previsto para 2019, porque este es el déficit que es posible de ser financiado con la actual inflación y manteniendo estable la relación entre deuda pública y producto. Esa debería ser el ancla aquí y ahora.

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