Isaac Alfie - Economista

Hablemos otra vez de la competitividad

Desde el gobierno se insiste en que el precio del dólar no es el único factor que determina la competitividad de un país. La afirmación, siendo cierta a largo plazo —de hecho es a la inversa, es la competitividad que determina el tipo de cambio y al final del camino dicho precio es el reflejo de los factores estructurales—, no lo es a corto cuando la fuerza relativa de la moneda local determina la capacidad de competencia. Hay que tener presente que el precio "de pizarra" del dólar refleja una serie de factores, donde los de corto plazo suelen tener marcada influencia.

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Fueron inspeccionadas empresas de cargas de Artigas, Tacuarembó, Rivera y Montevideo.

A vía de ejemplo, los flujos de capitales, los precios de exportación e importación y la política fiscal suelen ser muy importantes en "el hoy". En especial los dos primeros se retroalimentan y actúan en una misma dirección potenciando efectos.

Más allá del precio corriente, lo relevante respecto al tipo de cambio es el concepto conocido como tipo de cambio real (TCR), definido como el cociente entre los precios externos y domésticos medidos en la misma moneda. Naturalmente que si el precio del dólar sube en la pizarra, al menos a corto plazo los precios domésticos medidos en dólares caen y, entonces, mejora el TCR. El tema de fondo es cómo se logra, bajo condiciones normales, es decir sin que haya crisis de balance de pagos, evitar que los precios domésticos suban y compensen la mejora temporal.

Determinantes.

El TCR, en normales condiciones de acceso al financiamiento y sin tensiones en el mercado monetario local, depende de la política fiscal y el diferencial en la evolución de la productividad de la mano de obra local frente al resto del mundo. Si la primera es expansiva lo deteriora —nos volvemos más caros frente al resto del mundo— como sucedió en los últimos 10 años pero especialmente a partir de 2011. Respecto a la productividad, si nosotros aumentamos más la producción por hora trabajada que el resto del mundo, estamos en condiciones de soportar un dólar más caro y viceversa. Existe otro factor que influye en el valor en sí cual es el precio de insumos claves fijados en el mercado doméstico, en general de manera administrada. En nuestro caso, el precio de las tarifas públicas y su incidencia en otros sectores, especialmente sobre el transporte.

Siendo la energía un componente de costo fundamental, un breve repaso nos arroja luz. Tomando el dólar a $ 28,50 sabemos que el litro de combustible en Uruguay cuesta entre 30 y 40% más caro que en nuestros vecinos y el doble que en Estados Unidos; el precio del gas natural, dejo de lado Argentina donde el subsidio es de tal magnitud que la distorsión se vuelve ridícula, es 25% más caro que en Chile que no dispone del mismo, es más de 3,5 veces más caro que en Estados Unidos y México y 80% superior al de Europa occidental. Por último, la energía eléctrica pasa algo similar, 50% más cara que en Chile, Brasil y Estados Unidos. Las telecomunicaciones son caras en términos internacionales pero pesan poco, al tiempo que, comparadas con el mundo desarrollado de menor calidad.

Dos factores adicionales en los costos; el de transporte, en parte derivado del precio del combustible y en otra de las reservas de mercado y el "invisible" del Estado, donde las empresas cargan no ya con los impuestos sino con —además de las "tasas"— lentos y costosos trámites que le insumen personal sin creación de valor, además de aumentar el costo por requerimientos burocráticos (como certificaciones registrales, notariales y contables).

Todo lo anterior, política fiscal, productividad de la mano de obra, costos no trasladables, etc., configura un entramado complejo que se refleja en la cotización necesaria de la divisa para poder competir y es ésa la que a cada momento estamos mirando y comparando con un precio "teórico o ideal".

No caben dudas que Uruguay empeoró en términos relativos en varios de los costos ocultos mencionados, sin embargo sus exportaciones venían creciendo a muy buen ritmo y parecía que quienes hablaban de estos temas eran quejosos contumaces. Una vez más, los desconocidos precios de las materias primas hicieron posible que todo pasara desapercibido pero, apenas bajaron un poco —téngase presente que los valores actuales siguen siendo el doble de los vigentes en los años 90 y hasta 2003 cuando comienzan a subir—, nos muestran con crudeza la realidad. La cantidad de factores arriba enunciados es evidente que nos dan cuenta de lo complejo del tema y, además, que no todo el mundo es afectado por igual. Actividades con bajo costo de energía y alta productividad no tienen problemas de competir con un TC bajo, lo mismo que un sector cuyo precio es el triple que el que recibió en su historia. El tema son los sectores con condiciones "opuestas" a las anteriores.

Trabajo.

Para mejorar la competitividad y que nuestra moneda pueda realmente ser fuerte debemos encarar tareas de fondo. Reducir el precio de la energía en todas sus formas, eliminar los excesos de regulación que impone el sector público, eliminar infinidad de trámites, certificaciones y tasas asociadas, controlar efectivamente el gasto público global y, ya más a largo plazo, transformar la educación de manera de lograr que nuestro trabajo achique la brecha de productividad con el resto del mundo. Se suele escuchar que los países más ricos no basan su desarrollo en salarios bajos y que las remuneraciones en ellos son muy superiores a las nuestras. Es correcto, pero la causalidad está invertida, los salarios son superiores porque la productividad del trabajo es mayor (bastante más grande diría), eso significa más bienes y servicios producidos por hora trabajada y ello posibilita mayor remuneración de todos los agentes de la economía, los trabajadores naturalmente. Entonces, dejemos de mirar resultados y hacer simplistas y erróneas correlaciones y trabajemos en las cuestiones de fondo.

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