Javier de Haedo

Hablemos de proteccionismo y decadencia

El 31 de enero, el economista argentino José Luis Espert, también columnista de este suplemento, publicaba el siguiente tweet: "Si tuviera una sola, no dos, una chance de explicar nuestra decadencia, diría que es la sustitución de importaciones, el proteccionismo". Mi respuesta, inmediata, fue: "Vale también para Uruguay".

Es claro que Espert, como todos los argentinos, viene de padecer varios años con lo peor del proteccionismo y en ese sentido se entiende la contundencia de su afirmación. No es el caso en nuestro país, por lo que a muchos podría llamar la atención mi respuesta, la que quiero desarrollar aquí y ahora.

Primero, por qué "decadencia", o "declive", en términos de lo que otro apreciado colega, Gabriel Oddone, investigó y publicó en un libro que lleva ese título. Decadencia, naturalmente, en función de trayectorias y de resultados, absolutos y, especialmente, relativos. En algún momento, hace alrededor de 100 años, Uruguay y Argentina estaban entre los países con mayor ingreso por habitante. Algo pasó después, y las razones son propias y no ajenas.

Está claro en el tweet citado, que Espert se auto impone elegir una razón de nuestra decadencia, la primera, pero eso no significa que se trate de una razón excluyente. El estatismo, que condujo a un Estado con más grasa que músculo, y el déficit fiscal, con sus necesarias consecuencias, deuda e inflación, ocupan desde mi punto de vista los restantes lugares en el podio en el caso de nuestro país y posiblemente también en Argentina.

Cuando se plantean críticas a la sustitución de importaciones, enseguida saltan quienes la defienden y para ello siempre se valen de los mismos argumentos: la necesidad de impulsar una industria naciente, de generar divisas, de dar trabajo a la mano de obra nacional. Si estos argumentos tuvieron peso en el momento en que aquella política estuvo en boga, es insólito que tantas décadas después los mantengan, cuando resultó evidente que, por un lado, fracasaron, y por otro, se demostró que existen formas genuinas de que surjan industrias (con o sin chimeneas, dicho sea de paso), se generen divisas y se dé trabajo a los compatriotas.

Y como si eso resultara insuficiente, cada tanto tiempo aparece una experiencia que nos recuerda los fracasos estrepitosos de ese "modelo". El caso más reciente, el argentino, donde se aplicó casi todo el vademécum del proteccionismo: aranceles elevados, restricciones cuantitativas y prohibiciones lisas y llanas para importar, dando lugar a altas tasas de protección efectiva; tipos de cambios múltiples, detracciones a las exportaciones, controles de precios, etc. El mismo menú que en nuestro país tuvimos hace muchas décadas y que por lo visto, resulta en una degeneración de las buenas intenciones iniciales de sus impulsores, que como suele suceder, terminan empedrando el camino del infierno.

De este modo, cada tanto se suman pruebas a algunos conceptos teóricos de vasta aceptación desde hace décadas: que una economía pequeña debe ser abierta, y que un impuesto a las importaciones tiene las mismas consecuencias que uno a las exportaciones.

En Uruguay, el gran cambio frente a la idea de sustituir importaciones se dio a mediados de los ´70, cuando todavía estaba en boga y tenía conspicuos defensores, con el ministro Végh Villegas, quien simplificó y modernizó un sistema tributario que pasó a estar centrado en el IVA, bajando los impuestos al trabajo, de modo de no exportar impuestos, que abrió la economía y redujo el nivel y la dispersión enorme que había en las tasas de protección efectivas. Estas políticas dieron lugar al primer aumento, en décadas, en la tasa de crecimiento a largo plazo de la economía, y a un impulso sin precedentes a las exportaciones. Sin embargo, el viejo proteccionismo se mantuvo, de algún modo, en los acuerdos bilaterales con nuestros vecinos, el PEC con Brasil y el Cauce con Argentina. Se pasó a un esquema de sustitución de importaciones a escala bilateral. En los ´90, con el Mercosur se lo llevó a escala regional, manteniéndose aranceles muy altos con terceros países.

Hoy la apertura y el proteccionismo tienen nuevas dimensiones y formas en que se manifiestan, que exceden el comercio de mercaderías y alcanzan a los servicios. Es tiempo de tratados de libre comercio (TLC) y de acuerdos en bloques, algunos de considerable dimensión como el más reciente, el TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) o entre bloques, como puede ser el Mercosur y la Unión Europea. Y en materia de servicios, el sonado caso del TISA (acuerdo en comercio de servicios).

Adherir a esta nueva realidad o renegar de ella, marcará el camino del futuro progreso o la futura decadencia. Una vez más se trata de la vieja pulseada entre la apertura y el proteccionismo, que consiste en dar oportunidad a la creación genuina de riqueza, empleo y salarios o propiciar la generación o el mantenimiento de rentas espurias, de canonjías basadas en la relación estrecha con el poder, eso sí, siempre con intenciones beneméritas.

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