Paul Krugman | desde Nueva York

Grecia al borde del precipicio

"¿No cree usted que ellos quieren que fallemos?" Esa es la pregunta que sigo oyendo durante una breve pero intensa visita a Atenas. 

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Griegos sienten que Europa busca su fracaso. Foto: Archivo El País

Mi respuesta fue que no hay "ellos"; que, en efecto, Grecia no enfrenta un sólido bloque de implacables acreedores que preferirían ver al país fracasando y saliendo del euro antes de permitir el éxito de un gobierno de izquierda, que hay más buena voluntad del otro lado de la mesa de lo que suponen muchos griegos.

Sin embargo, se puede entender por qué los griegos ven las cosas de esa manera. Además, me fui de esta visita temiendo que Grecia y Europa pudieran sufrir un terrible accidente, una innecesaria ruptura que proyecte largas sombras sobre el futuro.

Historia.

Grecia enfrentó una crisis impulsada por dos factores a finales de 2009: alto endeudamiento y costos inflados y precios que dejaron al país siendo poco competitivo.

Europa respondió con préstamos que mantuvieron el flujo del dinero, pero solo con la condición de que Grecia vaya en pos de estrategias sumamente dolorosas. Entre ellas estaban recortes al gasto y aumentos de impuestos que, de imponerse a Estados Unidos, equivaldrían a 3 billones de dólares al año. Había también recortes salariales en una magnitud que resulta difícil comprender, con salarios promedio registrando una baja de 25 por ciento respecto de su nivel más alto.

Se suponía que estos inmensos sacrificios iban a producir una recuperación. Más bien, la destrucción del poder adquisitivo profundizó el bache, creando sufrimiento del calibre de la Gran Depresión y una descomunal crisis humanitaria.

Visité un refugio para indigentes y me contaron descorazonadoras historias de un sistema de salud colapsado: pacientes rechazados de hospitales porque no pudieron pagar la cuota de entrada de 5 euros, obligados a volver sin la medicina necesaria debido a que clínicas desprovistas de dinero se habían quedado sin nada, y más.

Ha sido una pesadilla interminable pero la cúpula política de Grecia, determinada a mantenerse dentro de Europa y temiendo las consecuencias del impago y la salida del euro, permaneció con el programa año tras año. Finalmente, la población griega ya no pudo soportar más. A medida que los acreedores exigían incluso mayor austeridad —en una magnitud que bien pudiera haber causado un descenso de otro 8 por ciento de la economía y disparado el desempleo a 30 por ciento—, la nación votó por Syriza, coalición genuinamente de izquierda ( a diferencia de centro-izquierda), que ha jurado cambiar el rumbo del país. ¿Se puede evitar la salida griega del euro?

SÍ. Se puede. La ironía de la victoria de Syriza es que llegó justo al punto en que debería ser posible un compromiso factible.

El punto clave es que la salida del euro sería extremadamente costosa y disruptiva en Grecia, amén que presentaría descomunales riesgos políticos y financieros para el resto de Europa. Es, por tanto, algo que debe evitarse, si hay una alternativa decente mediante concesiones. Y la hay, o debería haberla.

Para finales de 2014, Grecia había logrado exprimir un pequeño superávit "primario" del presupuesto, con recibos fiscales superando el gasto, sin contar pagos de intereses. Eso es todo los que los acreedores pueden exigir razonablemente, ya que no es posible seguirle sacando agua a las piedras. En tanto, todos esos recortes salariales han vuelto competitiva a Grecia en mercados mundiales. O la volverían competitiva si puede restablecerse un poco de estabilidad.

Debido a lo anterior, la forma del trato es clara: esencialmente, un alto total con respecto a más austeridad, con Grecia accediendo a efectuar pagos considerables, más no siempre crecientes, a sus acreedores. Un trato de esa naturaleza sentaría las bases para la recuperación económica, quizá lenta al comienzo, pero ofreciendo finalmente un poco de esperanza.

Sin embargo, justo en estos momentos, ese trato no parece estar cobrando forma. Tal vez sea cierto, como dicen acreedores, que es difícil lidiar con el nuevo gobierno griego. Sin embargo, ¿qué se espera cuando partidos que no tienen experiencia alguna gobernando en el pasado asumen el control de manos de una desacreditada cúpula?

Inaceptables.

Un aspecto de mayor importancia es que los acreedores están exigiendo cosas —grandes recortes a pensiones y empleo público— a las que un gobierno de izquierda que acaba de ser elegido sencillamente no puede acceder, a diferencia de reformas como una mejor aplicación fiscal, que sí pude. Además los griegos, como sugerí, están demasiado dispuestos a ver estas demandas como parte de un esfuerzo ya sea por derribar a su gobierno o convertir a su país en un ejemplo de lo que ocurrirá a otros países deudores si presentan objeciones a una severa austeridad.

Para empeorar la situación, la incertidumbre política le está haciendo daño a los recibos fiscales, probablemente causando que se evapore el superávit primario que tanto costó ganarse. Lo prudente, con seguridad, consiste en demostrar un poco de paciencia en ese frente, y cuando se alcance un trato, la incertidumbre será menor y el presupuesto debería mejorar de nuevo. Pero en la penetrante atmósfera de recelo, la paciencia escasea.

No tiene que ser así. Es cierto, evitar una crisis plena requeriría que los acreedores adelantaran una considerable suma de dinero en efectivo, aunque dinero que sería reciclado de inmediato en pagos a la deuda. Sin embargo, consideremos la alternativa. Lo último que necesita Europa es que los caldeados ánimos produzcan incluso otra catástrofe, ésta totalmente gratuita.

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