JAVIER DE HAEDO

Falta rumbo y velocidad

En nuestro país parece prevalecer, todavía, la idea de que importa más el rumbo que la velocidad. Y eso, que pudo ser cierto en el siglo XIX y parte del XX, ya no lo era en el último cuarto del siglo pasado y definitivamente no lo es ahora, bien entrados en el siglo XXI.

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Foto: Wikimedia

Desde hace mucho tiempo en el mundo, donde los cambios son vertiginosos y "los contrarios también juegan", importan el rumbo y la velocidad.

Sin embargo, aquello forma parte del ADN de nuestra sociedad y su dirigencia (que, en ese sentido, representa con fidelidad a la sociedad, aunque no la lidera, sino que la acompaña) y seguimos pateando para adelante acciones que deberían hacerse más rápido. Incluso, hay casos en los que cabe cuestionarse si no es el propio rumbo el que está equivocado.

Es así que en el caso de la enseñanza pública no hay ni siquiera un buen rumbo (el que hay es el de los sindicatos y sus objetivos son corporativos), en materia de inserción internacional sí lo hay en el discurso de la Cancillería, pero la coalición en el gobierno no le permite avanzar, y en el caso de la infraestructura hay una mezcla de situaciones: tremendo rezago en vialidad y ferrocarriles, claroscuros en puertos y dragados y un evidente progreso en generación de electricidad, pero que "se pasó de rosca" y dio lugar a una enorme sobre inversión en eólica que por unos años dará lugar al derrame de sobrantes de energía que de todos modos, todos debemos pagar. Pasan los años y las PPP avanzan con cuentagotas.

Otro claro ejemplo de la falta de apuro que nos caracteriza está dado por las políticas macroeconómicas. Venimos arrastrando dos ajustes pendientes desde hace años: el desequilibrio fiscal que el propio gobierno estima, depurando efectos estructurales y extraordinarios, por encima del 4% del PIB, y el desajuste de la estructura de precios relativos, con costos de vivir y producir, medidos en dólares, muy alejados de los propios de nuestro estadio de desarrollo.

Esto ha sucedido en gobiernos de diferentes colores y con tipo de cambio fijo y flexible. Se "aprovecha" que transitoriamente uno o ambos vecinos se vuelven carísimos y se postergan los ajustes pendientes. Y sabemos de memoria, que, aunque se tarde varios años en llegarse al final de esa historia, inevitablemente se llega.

En los 90 el shock externo se originó en Argentina en abril de 1991 (Plan de Convertibilidad) y se vio reforzado desde Brasil en julio de 1994 (Plan Real). Casi ocho años más tarde del inicio del proceso, en enero de 1999, Brasil corrigió y recién desde enero de 2002 empezó a corregir Argentina, a la que nos pegamos. Desde 1999 tuvimos un déficit fiscal del orden de 4% del PIB… e investment grade (también las calificadoras de riesgo tienen problemas de velocidad).

En el proceso actual, el shock externo nace fuera de la región en la década pasada y se estira reiteradamente su final con políticas monetarias acomodaticias en el mundo desarrollado. Eso da oxígeno a nuestros vecinos, que estaban al borde del knock out y ahora conviven con déficit fiscales del orden de 8% del PIB, en un mundo propicio para obtener financiamiento. De este modo, el shock externo positivo, que lleva unos diez años, tiene ahora un componente regional decisivo para nosotros.

Sabemos que los shocks externos, cuando son positivos, deben ser considerados como transitorios (sobre todo si vienen desde la región) pero actuamos como si fueran permanentes. Dios proveerá.

Los aprendizajes en materia de regulación bancaria y de manejo de la deuda pública impedirán la reiteración de un final como el de comienzos de este siglo, pero los errores macro son los mismos y los ajustes necesarios que vienen siendo postergados serán tarde o temprano impuestos por la realidad, que les impondrá su diseño.

Saliendo de la macro, también encontramos numerosos ejemplos de problemas de rumbo y velocidad.

Uno de ellos me lleva a recordar la carta de intención con el FMI del año 1990, en la que se establecía entre las políticas a impulsar, la reforma de la "Caja Militar", pues su desequilibrio financiero era considerable. ¡Hace 27 años! Otro ejemplo está en la OSE: en 1993 su presidente me informó (yo dirigía la OPP) que la empresa no facturaba aproximadamente la mitad del agua que producía. Una noticia publicada en este diario el 15 de mayo de 2016, informaba que en 2015 OSE sólo facturó el 48,1% del agua potable (por pérdidas físicas y comerciales —errores y fraudes—). La pérdida se estimaba en US$ 83,3 millones anuales. ¡Hace 24 años! Nuestro himno nacional debería ser "Despacito".

Pero también hay problemas de rumbo, como en la seguridad social, sobre lo que escribí aquí hace dos lunes. Tras la reforma de 1996, se han venido introduciendo ajustes al sistema previsional que dan lugar a un deterioro de sus números a largo plazo. La ley de flexibilización de 2008, que el ministro Astori en posición de comentarista ha denunciado, ha dado lugar a un incremento extraordinario e imprevisto en el presupuesto en pasividades, si bien el BPS lo niega. Y ahora se viene "la solución de los cincuentones". Tras estos ajustes, debería volver a plantearse una reforma previsional que revisara los parámetros del sistema. ¿Cuántos años pasarán antes de que esto se haga?

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