CARLOS STENERI

Una etapa de crisis de la globalización

Si bien el Brexit fue un suceso estrictamente británico, su aparición explicitó que la globalización está en crisis. Y está en crisis no tan solo en Europa, sino también en Estados Unidos, y a su manera en América Latina.

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El objetivo es responder a la creciente demanda de conexiones. Foto: Wikimedia

El paradigma pregonado por la academia y los políticos como palanca de crecimiento a lo largo de estas últimas décadas comenzó a ser denostado por mayorías ciudadanas de varios países desarrollados, disconformes con sus resultados, lo cual manifestaron a través de las urnas.

Es así que se revivieron viejos nacionalismos o se lanzaron plataformas electorales al compás de ciertos costos sociales que naturalmente conlleva la globalización. En consecuencia las sociedades se fueron agrietando entre los ganadores y perdedores que fue generando este proceso, en el entendido —equivocado, dado lo acontecido— de que sus beneficios netos licuarían a la larga los bolsones de descontento.

Todo lo contrario. La votación del Brexit muestra una grieta entre ricos y pobres catapultados a esa condición por la globalización, entre la gente con y sin entrenamiento, entre educados y los menos educados, jóvenes en oposición a los viejos, lo urbano contra lo rural tradicional, las pequeñas urbes contra lo cosmopolita de las grandes urbes. Las mismas fallas tectónicas pueden detectarse en Estados Unidos y en el resto de Europa Continental.

Estas explican el florecimiento de posiciones políticas antiglobalizadoras, con capacidad tal que han logrado ser centro de la campaña electoral actual de Estados Unidos y focos de descontento con potenciales resultados electorales en otros países.

La realidad es que ya desde principios de siglo comenzó un cierto clamor antiglobalizador, percibido como exótico pero que a partir de la crisis financiera del 2008 comenzó a tomar cuerpo por izquierda y por derecha, por quienes entendían que el sistema entraba en una fase de crisis terminal, o en el mejor de los casos no derramaba parejo los beneficios de la globalización.

Parece que nuevamente como humanidad estamos en víspera de tropezar con la misma piedra que tuvimos por delante en la década del 30 del siglo pasado: un rechazo a la globalización de aquel momento como reacción a los males del crack de comienzo de esa década, que a su vez eran una rémora de sucesos previos mal resueltos y errores de política económica que profundizaron aún más los efectos de la crisis.

El remedio —inadecuado— fue más proteccionismo en todas sus variantes a lo largo y ancho del mundo, lo que agregó más penuria a las miserias del momento.

Hoy estamos en una situación parecida, donde reina el desconcierto alimentado por la desconfianza sobre los beneficios de la globalización. En estos días, los líderes del Brexit se han fugado por la tangente, sin dejar una propuesta clara de hacia dónde ir, salvo dejar sentada la protesta de que las cosas tienen que cambiar para aquellos que se sienten perjudicados por la operativa de la Unión Europa. Y en el continente ocurre algo similar, cuando confluyen ideas antagónicas de cómo tratar a los miembros infieles del proyecto paneuropeo.

De todos modos, aquí surge una cuestión básica que ignoran los economistas y que desatienden los políticos, en particular quienes son heraldos de la globalización. Su instrumentación tiene beneficios netos, pero también genera perdedores donde se supone que en algún momento podrán cruzar a la vereda soleada que ofrece la globalización.

Esto no es así y para ello basta ver cinturones industriales vibrantes de varias ciudades del interior de Estados Unidos, convertidos hoy en parajes fantasmas y focos de degradación social. No es un tema inédito, que cuesta aceptar que tenga que repetirse y para lo cual es necesario instrumentar políticas para disminuirlo. Y en eso, los proponentes de la globalización han mirado sólo sus beneficios netos, y en tanto han fallado en las propuestas para mitigar los costos sobre quienes son afectados. Sin duda que estos procesos insumen una o dos generaciones en generar sus efectos, los cuales en definitiva son poco tiempo en la historia de los países, pero es demasiado en la vida de los mortales. Y estos al fin del día son los que expresan su descontento a través del voto, condicionando los beneficios de las estrategias de largo plazo.

Por nuestra región también mostramos una suerte de desconcierto respecto a la globalización. Aunque hay consenso que de su mano, y gracias a China, casi toda América Latina ha logrado crecer por encima de su tendencia. En particular nosotros, donde la consolidación de la expansión del sector agropecuario va de su mano. Fue un proceso de generación espontánea, cuasi automático al impulso de las fuerzas del mercado.

Pero coexiste cierta desconfianza respecto a la globalización por razones que están equivocadas. Solo como punto de atención, nos estamos quedando descolocados en materia de acceso a los mercados, concepto que trasciende al escalón arancelario para posarse sobre barreras más sofisticadas como las normas sanitarias, de calidad, medioambientales y normas laborales.

Nuestro encierro mercosuriano nos hizo desatender al menos dos aspectos: primero hacer acuerdos para penetrar mejor otros destinos, y segundo estar lejos de la discusión del gran tema del futuro que son las condiciones de acceso a los mercados. Eso implica participar en todos los ámbitos donde estos temas son tratados. Pues ignorarlos potencia los efectos adversos de la globalización.

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