CARLOS STENERI

Encrucijada en Latinoamérica

La caída sustancial del PIB brasileño en 2016 del 3,6% por segundo año consecutivo, junto a la pobre performance de otras economías latinoamericanas, obliga a reflexionar sobre las postergaciones que soportan sus sociedades y cuál es el destino de nuestro continente en un concierto mundial transitando cambios complejos.

Para lo primero, solo basta con tomar conciencia que el ingreso per cápita de la economía latinoamericana más grande cayó en un bienio el 9.1%. Ni que pensar lo que ocurre en Venezuela, donde ese guarismo es ampliamente superado a lo que se suman países como Argentina donde su crecimiento promedio en el mejor de los casos estuvo muy por debajo de su potencial. A esa lista se agregan la mayoría de los países centroamericanos con resultados también malos en materia de crecimiento. Y el resto de los países latinoamericanos, nosotros incluidos, en una suerte de limbo tratando de recuperar los ritmos de crecimiento explicados por el súper ciclo de las materias primas, ya desaparecido.

La contrapartida de este fenómeno es que América Latina, junto con Europa durante la última década, fueron los que perdieron importancia relativa dentro del Producto Bruto mundial. Hoy, nuestro subcontinente explica algo más del 4%, cuando a principios de siglo representaba el 6% del total. En tanto, China es casi el 23% del PIB mundial, solo superado por Estados Unidos (25%) pero perdiendo posiciones relativas. Y en ese contexto, las economías emergentes asiáticas, incluyendo a Nueva Zelanda y Australia, son las que tuvieron y mantienen rutas ascendentes de crecimiento y por ende ganan posiciones relativas en el concierto global (del 7 al 11%).

Estos resultados implican que los países latinoamericanos no han podido capturar plenamente los cambios estructurales que ofreció este siglo a través de la irrupción de China, que agregó un mercado ampliado de magnitud histórica, pero también un competidor formidable primero en la industria liviana y luego en toda la gama de productos, incluida la electrónica.

En general, Latinoamérica aprovechó esa oportunidad aportando su potencial de recursos naturales y capacidad de proveer alimentos, lo cual no es menor, pero se quedó en eso. Y por el momento, en eso sigue, buscando rumbos que no encuentra, imponiéndole límites al crecimiento y al devenir de las generaciones futuras.

Corresponde reconocer que la región no fue pasiva en instrumentar cambios drásticos en sus modelos de crecimiento, pero en la mayoría de los casos los resultados no fueron los esperados. Recordemos que del paradigma de la sustitución de importaciones primero a nivel de país, luego dentro de espacios ampliados a través de acuerdos comerciales regionales (Alalc, Aladi, Mercosur, Caricom, etc.) que buscaban ampliar comercio y generar las bases de una industrialización de sus economías, se la fue complementando con formas diversas de desregulación económica, encuadre de las cuentas fiscales y aplacamiento de la inflación, privatizaciones de empresas públicas deficitarias y un relanzamiento de la capacidad exportadora aprovechando sus ventajas comparativas, realzadas por una demanda externa vibrante desde China.

El espejismo del súper ciclo de las materias primas la encandiló, haciéndole creer que se había llegado a un nuevo estadio de crecimiento permanente que permitía saldar sus vastas deudas sociales. En términos políticos, eso explicó populismos con los resultados ya conocidos. En otros, expandir desmesuradamente el gasto corriente lesionando la capacidad de invertir y en consecuencia hipotecando las mejoras de productividad, fuente necesaria para seguir creciendo.

Pero por sobre todas las cosas, generó la complacencia natural que proviene del que creyó haber llegado. Eso es una de las explicaciones del retroceso del sector educativo, donde su institucionalidad y sus programas son inadecuados para que sus ciudadanos, además de educados, sean más productivos en sus quehaceres. Aquí subyace uno de los grandes desafíos, que con ahínco los países emergentes exitosos han resuelto, que fueron la base de su crecimiento pero que continúan en nuestro debe.

En realidad, nuestra región, incluidos nosotros, siempre habló del tema pero en general fue incapaz de pegar saltos sustanciales en la materia. Ya no es cuestión sólo de niveles de alfabetización, sino de mucho más, lo cual eleva la importancia del desafío. En ese contexto, la pérdida de posiciones de América Latina tiene su correlato en que el eje de atención se haya trasladado a Asia, donde solo está enganchada como proveedora de minerales, petróleo, alimentos básicos y prácticamente ningún producto industrializado.

Sin denostar la importancia de esos rubros, resta el desafío de darles empleo a vastos contingentes ciudadanos que hoy buscan al empleo público como tabla de salvación, lo cual ahonda el problema.

Algunos estudios señalan que el salario medio del trabajador chino ya es superior al de su símil latinoamericano. Quizás estemos frente a una ventana de oportunidad para cuyo provecho son necesarias reformas institucionales drásticas que comienzan con los sistemas educativos, incluidos sus contenidos, presupuestos con objetivos de mediano plazo donde la inversión es central, erradicar despilfarros, y la atracción de inversión extranjera como puente de conexión a un mundo complejo, fuente de industrialización y trasmisora de cambio tecnológico.

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