CARLOS STENERI

Encrucijada de América Latina

Apaciguada el alza superlativa del precio de las materias primas, América Latina retorna a una realidad que debió abandonar hace tiempo.

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Foto: Max Pixel

Sus tres países líderes, Argentina, Brasil y México, están empantanados en crisis diversas que tienen como denominador común el estancamiento económico, índices altos de pobreza y hechos de corrupción severos.

Con matices, el resto del continente completa ese cuadro que destruye expectativas glamorosas recientes sobre su destino. Pareciera que está condenado a retornar a un futuro que nunca puede ser.

Comparándolo con el vigor del crecimiento del sudeste asiático comenzado en los noventa y catapultado luego por China, Latinoamérica fue incapaz de crecer sostenidamente por periodos largos. Tampoco pudo proyectarse como usina global de actividades relevantes tanto en lo industrial, la digitalización, la creación de patentes ni el desarrollo de servicios, incluidos los financieros y de seguros. Salvo excepciones, no tiene marcas ni procesos propios con alto valor agregado o tecnológicamente sofisticados. Sus polos industriales, en su mayoría producen para el mercado domestico y por ende son poco sofisticados, salvo algunos segmentos de la cadena automotriz y ensamblado de electrónicos destinados al mercado estadounidense.

En las dos últimas décadas, la dinámica global determinó que su crecimiento se fuera especializando en la explotación de recursos naturales, de la mano en muchos casos de la inversión extranjera. Así pudo la región explicitar algo de su enorme potencial en recursos naturales, abriendo yacimientos mineros, expandiendo fronteras agrícolas, y prospectando bienes energéticos. Con ello aumentó su presencia en el comercio global y potenció su crecimiento económico.

Pero hurgando bajo la superficie, ese crecimiento en su mayor parte se explicó por la intensificación en el uso de los recursos, seguido por la del capital financiado con inversión externa, y mano de obra. En definitiva, se creció por agregación, lo cual tiene limites, pero no por aumentos de productividad total.

Cualquiera fuera la métrica utilizada, la productividad global de la región sigue aletargada, muy por debajo del nivel del mundo desarrollado y el asiático, superando sólo la de África.

Un repaso rápido de su historia muestra que siempre tuvo un paradigma para guiar la búsqueda de crecimiento. Los 60 fueron el cenit de la sustitución de importaciones, que promocionaba la industria por la vía arancelaria y gravaba las exportaciones de productos primarios para financiar al Estado, suponiendo que el sector primario no respondía a los precios y era impermeable al cambio tecnológico. A esa idea se la proyectó a escala continental con la creación de asociaciones de libre comercio que fueron mutando en el tiempo y que hoy culminan con instituciones agotadas por la ineficacia como Aladi y Mercosur. Su idea era crear industrias nativas, protegidas por un arancel externo común, que una vez maduras pudieran proyectarse hacia el resto del mundo.

A principios de los 80, la región quedó entrampada en desequilibrios macroeconómicos severos que terminaron en episodios inflacionarios, crisis bancarias y de endeudamiento. Ahí dijo presente la necesidad de reequilibrar las cuentas públicas como condición necesaria del crecimiento, cuestión que llevó tiempo encarnar en el imaginario popular y político, acostumbrado a que hay un fin supremo que siempre puede soslayar la restricción fiscal. Y en esas décadas, el crecimiento promedio seguía raquítico.

A la década perdida de los 80 la continuó la década de las reformas estructurales. Toda la región se sumergió en ese paradigma nuevo, vistas la ineficiencia y enormes pérdidas de sus empresas públicas. Hubo experiencias buenas y también malas. Pero alertó que debían cambiar, pues eran escollos en vez de catapultas del crecimiento. Sobre el tapete también estuvo lo más difícil: la reforma de sectores públicos hipertrofiados, encubridores de desempleo, que actuaban como instrumentos de distensión social pero que lastraban la productividad y por ende al crecimiento. Aquí hubo esfuerzos y avances casi todos nulos, si se mide la calidad de su oferta educativa, en seguridad y atención sanitaria.

La historia muestra que sus cambios ocurren en un proceso de reinvención perpetua de nuevas actividades que requieren más empleos pero que mantienen la baja calidad de su oferta. En paralelo, salvo excepciones, la ejecución de la macroeconomía mejoró, vistos los resultados fiscales, el celo sobre la inflación, y el manejo del endeudamiento externo. En suma, la conducción económica de casi todos los países fue y es una de las notas positivas del proceso de cambio vistas las restricciones y presiones que enfrenta.

Finalmente, coincidiendo con el superciclo de las materias primas, la región comenzó a virar políticamente hacia la izquierda bajo formas diversas, con el lema del crecimiento inclusivo y la erradicación de la pobreza. Durante casi una década, el impacto extraordinario del auge exportador generó recursos fiscales que incubaron una clase media naciente y rebajaron la pobreza endémica. Y ahí está el origen y el fin de un paradigma que es transitorio, pues no tiene la capacidad de proyectarse en el tiempo pues no tiene financiamiento. Expandió el gasto público a lo casi insostenible, no resolviendo la reducción permanente de la pobreza ni mejorando lo educativo. Y sacrificando la inversión en infraestructura, cegó una fuente de productividad y por ende, truncó el crecimiento. También sus paradigmas de inserción externa implosionaron, ayudando al agotamiento de un modelo.

A ello se agrega el afloramiento de la corrupción a niveles insospechados, justamente en gobiernos donde unas de sus banderas era erradicar practicas corruptas. Sin duda, la región está en otra bisagra histórica, que obliga a una reflexión profunda para lograr el futuro esquivo del crecimiento robusto sostenible.

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