UNIVERSIDAD CATÓLICA - OBSERVATORIO DE ENERGÍA Y DESARROLLO SUSTENTABLE

Electricidad en el transporte: lo que se viene

Uruguay se encuentra en una situación privilegiada para introducir el transporte eléctrico. Esto sería un cambio muy positivo desde el punto de vista ambiental y que reduciría nuestra dependencia del petróleo, todavía un componente importante de la matriz energética.

Ómnibus ecológico. Foto: EFE
Ómnibus ecológico. Foto: EFE

El actual desarrollo de las energías renovables hace que existan importantes excedentes que se podrían aprovechar.

Realidad Mundial.

A nivel internacional, la tendencia es firme. En estos últimos días se han sucedido las noticias referidas a la utilización de la electricidad en los vehículos:

Tesla anuncia el lanzamiento de su modelo 3, esta vez dirigido al mercado masivo.

También, Tesla acaba de batir el récord de autonomía: 1.000 km recorridos con una sola carga de batería.

Volvo, a partir de 2019, sólo fabricará autos eléctricos.

Mercedes Benz, Toyota, Nissan, Ford, VW ya tienen modelos eléctricos e híbridos.

La mitad de los autos que se venden en Noruega son eléctricos o híbridos y se espera interrumpir la venta de autos con motor a explosión para 2025.

El plan Movea en España dispara las ventas de los autos híbridos y eléctricos.

China cuenta con ambicioso programa para tener 5 millones de vehículos eléctricos y 4,8 millones de puntos de carga.

YPF, una petrolera, instala su primer "electrolinera", o punto de carga de autos eléctricos.

Shell anuncia que entraría a la venta de electricidad directamente a industriales.

Son solo algunas muestras de que el cambio está llegando a la matriz energética del transporte y a la industria del automóvil. Sería importante moverse rápido y aprovechar el momento como se hizo en su día con las renovables.

Lineamientos.

Entonces, ¿qué debería hacer Uruguay para potenciar la electrificación del transporte? ¿Qué desafíos se plantean? En lo que sigue se plantean algunas reflexiones.

En general, somos partidarios de encarar el desarrollo tecnológico con soluciones flexibles, y donde las apuestas las realice el sector privado en un mercado dinámico, con los incentivos adecuados. Para esto es necesario, como ya ha mencionado el Observatorio reiteradamente, impulsar los cambios institucionales y regulatorios que hagan esto posible. Una estrategia nacional en este sentido debería incluir:

Experiencias piloto. Con los grandes cambios tecnológicos siempre es bueno generar experiencias iniciales que permitan a la vez evaluar la tecnología, su eficacia económica y la aplicabilidad en el medio. Asimismo, determinar las llamadas externalidades, las mejoras que se introducen en la sociedad y el medioambiente en general.

Soluciones por segmento. Para cada uso puede haber soluciones diferentes, adaptadas específicamente a sus necesidades. Obviamente, no es lo mismo el transporte de carga o el transporte público, que el particular.

Incentivos y políticas.

Por último, se deben plantear las políticas públicas que favorezcan este cambio, incentivos para que el transporte incorpore la electricidad, evaluando los costos asociados.

¿Cuáles son los escenarios en los diferentes segmentos? En el transporte público conviene aplicar una combinación de soluciones, como los tranvías o trolleys en los ejes principales y los buses eléctricos en zonas donde la densidad no justifique la inversión en infraestructura. En Montevideo se deberían elegir ejes como 18 de Julio, en el que se justificaría un transporte masivo (tranvías o similar), al que "alimenten" radiales de menor capacidad con ómnibus eléctricos.

Luego vienen las flotas particulares: flotas comerciales, taxis, mensajería, delivery, transporte de corto alcance. En general es sencillo generar puestos de recarga para estas flotas, y las autonomías necesarias no son un problema. Este segmento, más controlado, permite ir regulando y ajustando los distintos incentivos, se puede proveer financiación blanda para la renovación de flotas, por ejemplo.

Por último, no menos importante sino porque allí el Estado puede influir menos, están los usuarios particulares. En este caso, como en otros países, se manejan incentivos, como la exención del Imesi a los vehículos, que ya existe, y también de inversión pública en el desarrollo de los puestos de recarga.

Costos.

Esto nos lleva a un capítulo importante: el costo fiscal de esta transición. En efecto, hay dos fuentes de ingresos al Estado que estos cambios afectarían: el Imesi al combustible y el Imesi a los nuevos vehículos (en la medida que se use esa exoneración como incentivo). En conjunto, es mucho dinero: se estima en unos US$ 500 millones el Imesi al combustible, y en unos US$ 250 millones el correspondiente a nuevos vehículos. Por más que impacte en forma paulatina, una renuncia fiscal de esa magnitud no parece viable. Hay que plantearse cómo sustituirla, sin frenar la renovación de la flota. Por otra parte, para el futuro será posible pensar en otras formas de gravar el uso de la infraestructura, de acuerdo al uso efectivo, usando tecnología. Existe otro impacto del cambio, que es la caída de la demanda de combustible líquido, que afectará indudablemente a Ancap. Pero eso es harina de otro costal.

Conclusión.

La electrificación del transporte ya es una realidad, y está comenzando en los países líderes. Es una tendencia que requiere alinear políticas públicas con el mercado automotor y las necesidades de transporte de la población.

El objetivo que se busca es avanzar en una renovación tecnológica que mejorará el medio ambiente y nuestro perfil económico y además impulsarla de manera que el usuario viva estos cambios como una mejora, aumentando sustancialmente el confort de quienes todos los días nos desplazamos.

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