carlos steneri

Efectos del reequilibrio global

Por caminos diversos se van presentando las señales que confirman la desaceleración económica en todo el mundo en desarrollo. El debilitamiento generalizado y sin pausa de sus monedas es su indicador más elocuente.

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Standard & Poor's. Foto: AP

Es así que varios países asiáticos emergentes están sumidos en ese proceso como reacción ante el inminente aumento de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal (Fed), al debilitamiento del precio de las materias primas y la desaceleración de la economía china. Esa realidad ha debilitado la moneda de Tailandia a los niveles de la crisis de 2009, en tanto las de Malasia e Indonesia han depreciado a niveles no vistos en las últimas dos décadas.

Esto despierta recuerdos del contagio que esa región soportó con el desplome de la moneda tailandesa en 1997, que dio lugar a la crisis del sudeste asiático. Aunque hoy los parámetros parecen ser distintos para repetir el episodio del contagio, queda como constante la deflación de los precios medidos en dólares entre los que se encuentran las materias primas, incluidos los alimentos.

Los países latinoamericanos muestran una realidad similar, todo lo cual se resume en que el índice elaborado por JP Morgan, que mide el nivel promedio de las monedas de los mercados emergentes respecto a la evolución del dólar, se encuentre en su nivel más bajo desde que fue creado en 1999.

Esa realidad también presenta dos efectos colaterales: el aumento del desempleo y la contracción de los mercados domésticos. El desempleo en lo que va del año viene aumentando en casi todas las economías emergentes revertiendo una tendencia descendente de seis años.

China no es inmune a esta tendencia, ya que indicadores recientes muestran que la relación entre la oferta de puestos de trabajo disponibles y los que buscan trabajo viene cayendo de manera acelerada a un ritmo no visto desde 2008.

En tanto, en el mundo industrializado ocurre lo inverso. Estados Unidos lidera el proceso con un desempleo decreciente (5,3%), seguido por Europa (11,1%) aunque todavía se mantiene desempleo extremo en varios países del continente.

La contracción del consumo doméstico es consecuencia de la caída del precio de los bienes de exportación y el debilitamiento de sus monedas, siendo la contracción mayor en el consumo de bienes importados. Su impacto sobre las cuentas fiscales será relevante dada la importancia de los gravámenes a la importación y al consumo en la recaudación total.

Brasil.

El reciente anuncio de Standard & Poors de poner con perspectiva negativa la calificación de la deuda soberana de Brasil resume en buena parte la situación de nuestro vecino norteño... y eso no es trivial para Uruguay.

En primer lugar, porque señala que nuestro segundo socio comercial sigue en caída libre en materia de crecimiento y comportamiento fiscal. Eso viene refrendado por la sinceridad y realismo de su ministro de finanzas Paulo Levy, quien acaba de anunciar un magro 0,2% de superávit primario (antes de pagar intereses) de un nivel esperado de 1,2% para fin de año. A su vez, reconoce una caída mayor del Producto Interno Bruto, donde ya varios analistas proyectan una disminución del 2% para fines de año.

Eso implica importar menos y mayor debilitamiento del real, todo lo cual tiene un efecto derrame sobre nuestro país.

A su vez la caída de la calificación está señalando que, a menos que se revierta ese panorama, Brasil perdería en un plazo breve su grado de inversión, lo cual es una mala noticia para toda la región.

Consecuencias.

Estas realidades confirman que entramos de pleno en una fase contractiva del ciclo económico de las economías emergentes. Su génesis es el enfriamiento de la economía china convergiendo a niveles de crecimiento sostenibles, y el comienzo de la reversión de la expansión monetaria de Estados Unidos.

Eso conlleva al realineamiento de las paridades cambiarias entre las distintas esferas del mundo, lo cual para las economías emergentes implica el debilitamiento del crecimiento, el aumento del desempleo y el deterioro de la consistencia fiscal.

Este nuevo equilibrio de escala global derrumbará aquellas percepciones que imaginaban que las ganancias percibidas por hechos transitorios tenían índole permanente. En esta dicotomía entre lo que es permanente o transitorio es que deberán accionar los responsables de la política, alineando las expectativas de todos los agentes a las realidades permanentes. No es una tarea fácil ni exenta de obstáculos. Pero lo peor es caer en una suerte de realismo mágico divorciado con la realidad, que siempre termina cazando a sus actores y que luego implacablemente agrega costos sociales mayores.

Nuestro principal socio comercial (China) viene enfriando su crecimiento. Quien le sigue en importancia (Brasil) se encuentra en una situación complicada. Y Europa sigue reptando con crecimiento casi nulo.

Para nosotros todo eso implica que los espacios fiscales promovidos por la bonanza externa extraordinaria son cosa del pasado, que la inflación es un riesgo latente ahora retroalimentada por el debilitamiento de nuestra moneda promovida por causales de neutralización imposible y que los mercados externos serán menos benévolos. A eso se agrega que el financiamiento externo, aunque mantenga su fluidez pasada, será más caro.

Aceptar esta realidad y operar en consecuencia debe ser el compromiso de todos. Intentar soslayarla con atajos sería un error con serias consecuencias.

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