ISAAC ALFIE

Difícil para progreso personal

La entrada en vigencia de los aumentos de impuestos al trabajo el 1º de año nos recuerda algunas cosas básicas que solemos olvidar a la hora de evaluar las medidas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Pixabay

En mi opinión —y la de muchos— la mejor política social es el trabajo, a partir del cual la persona pueda desarrollarse y progresar. Es más, a largo plazo es la única política que realmente independiza a los seres humanos. Los asistencialismos eternos sólo traen dependencia y denigran a la persona, reduciéndola a mera receptora de dádivas que en el mejor de los casos reproducen su situación. Esas dádivas salen del dinero de otros y, entonces, si su volumen "se pasa de la raya" las tasas impositivas se vuelven confiscatorias del trabajo del resto de la sociedad, generando incentivos perversos.

La enorme mayoría de las personas generan su ingreso en función exclusivamente de su salario y éste es el reflejo del valor generado por quien trabaja. A mayor complejidad, especialidad o responsabilidad de la tarea, mayor salario. A lo largo de su vida laboral las personas comienzan desarrollando tareas básicas, con remuneraciones menores, para ir ascendiendo.

Los estudios internacionales en países desarrollados muestran que la elasticidad de la oferta de trabajo de los hombres a la tasa impositiva(1) es prácticamente nula a niveles de ingreso bajos y crece a medida que aquel aumenta, en cambio, en las mujeres la elasticidad es importante en todos los niveles. Los valores cambian según los países, las corrientes migratorias son relevantes. Lo que resulta claro es que si aumentan los impuestos la gente tiene menos estímulo a trabajar, a la vez que el costo de oportunidad de una mejor educación de los hijos, mayor tiempo compartido en familia y mejor calidad de vida ganan terreno. Del mismo modo, el desincentivo hace crecer la propensión a emigrar, elemento que se potencia por la cultura, historia y un mercado pequeño.

Los efectos monetarios de los cambios en el IRPF se resumen básicamente en lo siguiente:

a. Cuantos más hijos se tiene, y menor es el salario nominal, más aumenta el impuesto porcentualmente. Así para sueldos de hasta $ 54.000 nominales si la persona no tiene hijos a cargo, el impuesto no le aumenta, pero ya con un hijo a cargo el impuesto aumenta desde los $ 32.300 nominales.

b. A nivel de salarios líquidos (netos de aportes e impuestos), las personas con hijos a cargo, en general, terminan ganando algo menos en la mano —no mucho—, que los que no tienen hijos a su cargo.

c. Si pensamos que en Montevideo el límite de la pobreza es un ingreso líquido per cápita de $ 12.000 al mes, una familia de dos hijos donde trabaja sólo uno de los padres y éste tiene un salario de $ 60.000 nominales, computando la cuota parte del aguinaldo y el salario vacacional, le quedan en la mano poco más de $ 48.000 que, dividido 4 da en el orden de $ 12.000 o sea son pobres(2). Luego, las estadísticas le suman fictamente el Fonasa y alguna otra partida disminuyendo el total de pobres.

Todos nosotros queremos mejorar y tener una vida decorosa. Ello se logra básicamente con estudio que posibilite un mayor salario. Según las estadísticas publicadas (3) unas 335.000 personas perciben un salario mensual superior a los $ 54.165 nominales, monto a partir del cual por cada peso adicional que gane el Estado le cobrará el 24% de IRPF además del aporte jubilatorio, Fonasa y el FRL. A su vez, la empresa pagará un 12,625% de impuestos al trabajo que, como los economistas saben de memoria, salvo raras excepciones termina pagando el dependiente. El desincentivo es muy grande, el ejemplo anterior es cabal muestra. La pregunta que nos debemos hacer es si alguien que quiere formar una familia puede progresar con este nivel de carga tributaria, cuando con ese nivel salarial por cada hora extra la mitad se la queda el Estado. Creo que la respuesta mayoritaria es negativa. Si este joven no ve posibilidades de progreso al carecer de capacidad de ahorro, o pierde el interés en esforzarse y mejorar en su trabajo o piensa en emigrar. Ambas opciones nos conducen al atraso como país. Con este escenario no puede sorprender que más del 60% de los muchachos que cursan la enseñanza superior tengan la emigración como meta.

Nuestro sistema tributario tal como ha quedado, más allá de la enorme complejidad que presenta, ha caído en gravar varias veces la misma fuente y las ideas de cambios que se escuchan sólo empeoran las cosas. Gravar el trabajo implica gravar el ahorro y lo hacemos desde niveles de ingreso muy bajos. Si alguien se restringe lo suficiente en el consumo y logra ahorrar algo, se le grava la renta financiera, en muchos casos exenta o con grandes exenciones en otros países. Si compra una propiedad, los impuestos son grandes.

El Estado tiene funciones inherentes relevantes, pero la capacidad de imponer tiene un límite, el de la esperanza y espíritu de progreso de los habitantes. Es hora de pensar cómo reducir impuestos sin afectar la estabilidad macroeconómica. La tarea es ardua, requiere de gran disciplina durante un prolongado período de tiempo y, a la vez, ser ayudada por medidas que potencien el crecimiento.

(1) Porcentaje de cambio en la oferta de trabajo ante un cambio porcentual de 1% en los impuestos al trabajo

(2) Si estas cuotas partes no se computan, el ingreso líquido es del orden de los $ 43.000

(3) Informe DGI sobre IRPF 2015Isaac Alfie, IRPF, incentivos al trabajo, pobreza, impuestos

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