JORGE CAUMONT

Los diagnósticos no coinciden

La discusión que se ha venido planteando entre analistas económicos y economistas con los conductores de la política económica, así como con representantes políticos oficialistas, no es lo aconsejable para mejorar la situación económica de nuestro país.

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Lupa. Foto: Google

Refleja, en cierto modo, un caprichoso encono entre los "hinchas" de un diagnóstico de estancamiento con los que, por otro lado, tratando de salvar la responsabilidad oficial, afirman que el estado de las cosas solo muestra que existe un "enlentecimiento" de la actividad. Lo cierto es que, sea estancamiento o enlentecimiento —confieso que para mí hay recesión—, la discusión se torna estéril para la recuperación pues, pese a usar los mismos datos e información, ni unos ni otros aportan, en un caso ideas y en el otro medidas útiles, para salir de la situación.

Últimos datos.

Quienes hablan de enlentecimiento mencionan que la producción ha crecido 1% en 2015, a un ritmo menor que en los años anteriores pero que no es una tasa nula, la que indicaría que la economía no creció. Nada refieren sobre la oferta global que es la que mide la actividad económica y que ha declinado por tercer trimestre consecutivo en términos interanuales, un claro indicador de recesión. Y quienes sostienen que la economía se estancó lo justifican porque el comportamiento de la producción de bienes y de servicios del último trimestre de 2015 fue nulo en términos desestacionalizados, respecto a su similar de 2014. Tampoco mencionan la caída en tres trimestres consecutivos del nivel de actividad reflejado en la suma de la producción local más las importaciones de bienes y de servicios.

Causa.

Al margen de la alusión a la situación mundial y regional como determinantes del enlentecimiento, del estancamiento o de la recesión —cualquiera sea el diagnóstico que acepte el lector— no hay otras explicaciones o causas internas de lo que vive nuestro país. A la situación mundial se la identifica con los precios internacionales, que han bajado notablemente y afectado el ingreso de divisas. Y no se considera que las tasas de interés relevantes se mantienen bajísimas y en algunos casos declinando aún más, lo que no se constituye en una situación adversa porque si las condiciones locales fueran adecuadas facilitarían la atracción de capitales financieros y para inversión tanto de locales como extranjera directa. Entonces no todas las variables externas son obstáculos al crecimiento ya que además, aunque lentamente, la economía mundial muestra más propensión a comerciar que en los años de alta expansión de la economía uruguaya.

Y hay referencias también, a la situación regional como causa del enlentecimiento o del estancamiento, fundamentalmente por la crisis brasileña que pese a la hasta hace poco tiempo reiterada alusión de muchos al desacople de nuestra economía de la de nuestros vecinos, la realidad ahora, para los mismos, parece desmentir. Es cierto que Brasil baja las compras de bienes y de servicios que realiza en nuestro país y que provoca salida de uruguayos para la compra de bienes y de servicios en el vecino norteño. Pero también es cierto que lo único que ocurre es la normalización de una situación pasajera anterior que se tomó como permanente y cuyos favorables efectos para la producción local se consideraron mérito propio de la conducción económica local. Y es de destacar por otra parte, los cambios argentinos que levantan expectativas de mejora comercial.

La recuperación.

Como mencionara en mi columna de hace un par de semanas, la reversión del enlentecimiento, la salida del estancamiento o de la recesión —cualquiera sea la definición de la situación actual de la actividad económica—, será difícil. Las políticas idóneas para generar el cambio encuentran obstáculos para su ejecución. En algunos casos como en el de la política fiscal, aumentar el gasto público o bajar los impuestos es prácticamente imposible. Ambos movimientos provocarían estímulo importante para el crecimiento. En un caso, el del gasto público, multiplicaría directamente.

En el otro caso, una reducción tributaria subiría el ingreso disponible de la población para gastar y ello arrastraría a la producción. Pero ambos estímulos son difíciles de aplicar pues aumentarían un ya muy peligrosamente alto déficit fiscal.

Y en el caso de la política monetaria, también idónea para a través de su movimiento expansivo con reflejo a la baja de las tasas de interés apuntalar el consumo, la inversión y las exportaciones vía la depreciación del peso, conspiraría contra el esfuerzo antiinflacionario.

Pasará un tiempo relativamente extenso durante el que la fase del ciclo económico que vivimos, definitivamente alejada de la etapa de expansión, dará paso nuevamente a una de recuperación y crecimiento de acuerdo con el potencial productivo nacional.

Será por ello que nos lamentaremos por no haber actuado con moderación fiscal, con cautela monetaria y con humildad cambiaria en los momentos de alto crecimiento. Haber ahorrado en lugar de haber gastado el notable aumento de la recaudación en esos momentos para usar los fondos ahora. Haber conducido la política monetaria sin provocar ingresos de capitales anormalmente altos por diferencial de tasas de interés. Y haber evitado una apreciación del peso tan anormal como la de otros momentos que por sus consecuencias adversas recordamos pero no evitamos.

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