Julio Preve FOLLE

Un destino industrial

La caída en las exportaciones supone un motivo de alarma para el país. No obstante es poco lo que a corto plazo se puede hacer, dado que no hay forma en la práctica de compensar una caída significativa de precios internacionales.

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Productos primarios con valor agregado. Foto: Archivo El País

Es cierto que puede haber medidas de alivio momentáneo. Es difícil, sin embargo, que alguna de ellas sea demasiado contundente, y además, casi siempre suponen afectar la frazada corta del presupuesto, asignar prioridades políticas, costos y beneficios.

En efecto, siempre se puede ajustar la devolución de impuestos indirectos, postergar pagos de tributos, se puede incluso determinar subsidios transitorios como se hizo con las industrias curtidora y textil; se puede intentar rebajar la energía, eliminar trámites, etc. Pero a pesar de todo vamos a estar frente a un problema más hondo sobre el que me quiero detener hoy: por qué nuestra oferta exportadora es como es, dependiente en esencia de productos de marcada volatilidad como lo son los agroindustriales, de escaso grado de elaboración. O qué tan posible es que nuestra oferta exportadora sea diferente a lo que es.

Competitividad.

Un primer abordaje refiere a factores de competitividad de difícil modificación. Véase que desde hace tiempo ya, cada vez que se avanza en el agregado de valor, se pierde competitividad externa. Así, por ejemplo, somos competitivos en soja pero no en aceite; en celulosa pero no en productos de madera; en cueros pero no en sus manufacturas; en malta pero no en cerveza; en tops pero no en tejidos; en carne con hueso pero no en comidas preparadas, en arroz blanco pero no en platos con arroz, en leche en polvo, manteca y quesos commodity, pero no en lácteos de gran valor, en cítricos frescos pero no en sus jugos, etc.

Exagerando un poco: cada vez que algún bien primario se industrializa, el producto logrado queda fuera del mercado mundial. Este dato de la realidad nos hacer pensar en la estructura del valor agregado en nuestro país, o sea analizar como son los salarios, intereses, impuestos indirectos, todos ellos componentes del valor agregado industrial.

Y aquí aparecen los problemas. Ya sabemos que el costo salarial es enorme, creciente y sin vínculo con la productividad. Y sabemos también que la presión tributaria indirecta, también la recogida en la energía, es de las más altas del mundo. Pero, ¿hay alguna chance de que esto cambie, cualquiera sea la orientación del gobierno? Me parece que no.

Tengo fundadas razones para pensar que el nuestro va a ser un país en general de mano de obra cara comparada con el mundo, y no creo que en Uruguay el peso del Estado cambie demasiado, con lo cual la presión tributaria es poco probable que se modifique significativamente, porque siempre el sector público va a ser pesado.

A este problema de nuestro agregado de valor, hay que sumar temas de economías de escala que hacen que aunque se solucionaran aquellos problemas, persistirían otros. Simplificando, podemos decir que siempre es posible industrializar, al menos para las empresas globales, en lugares de mano de obra más barata, menos impuestos, y más proximidad física con consumidores más numerosos.

Nada de eso puede ocurrir en Uruguay. De esta forma, seguir planteando avanzar en la cadena de valor, o soñar con industrializaciones en fábricas con chimeneas al estilo de la revolución industrial, no parece posible.

Base tecnológica.

Este concepto está muy mal definido porque se asocian los productos primarios a los de bajo contenido tecnológico, y los industriales a los de alto. No es así. Un grano de soja de hoy posee un contenido tecnológico mucho mayor al de un automóvil armado en el país, a un litro de aceite o una comida preparada.

En efecto, en ese grano, que por fuera es igual al de un siglo atrás, convergen procesos de agricultura de precisión, maquinaria manejada por robots, información satelital o de drones, investigación bioquímica de primer mundo, ingeniería genética, complejas coberturas financieras, modelos matemáticos de logística, etc.

Pasa lo mismo con un novillo gordo, con el trigo o la cebada, o las naranjas: su contenido tecnológico es mucho mayor que el de nuestras industrias que con frecuencia —también exagerando un poco— lo que hacen es pegar pedazos o fraccionar envases, no mucho más. Precisamente el contenido tecnológico es uno de los mitos de la industria. Pero no es el único. Otro es el del agregado de valor. En realidad un novillo gordo a campo natural de ocho años es valor agregado puro, y nadie sueña con eso. Y el valor agregado de algunos procesos industriales, si no dispusieran de importantes mecanismos de protección efectiva, sería negativo, es decir que el valor del producto no daría para pagar los insumos y remunerar los factores que se utilizan para componer el producto terminado.

Otro mito es el de la mano de obra empleada. Es cierto que producir en una chacra una tonelada de soja genera menos empleo que industrializar una tonelada del mismo grano. Pero ya no se puede analizar más así. Abundantes estudios de encadenamientos productivos han demostrado que mirando un poco más allá que la chacra, la producción de una tonelada de grano genera por lo menos el mismo empleo que la industria en fletes, insumos, y múltiples servicios incluidos los financieros, que conforman las redes en las que se desarrollan la agricultura y, de a poco, también la ganadería. Sin olvidar —además— que en los servicios es mucho menos relevante la escala.

Pensar diferente.

Entonces, si se puede demostrar que hay tanta mano de obra como en la industria; si no vale más la afirmación que sostenía que en esa fase manufacturera se agrega más valor; si todo esto es verdad pero, además, se puede demostrar que avanzando en la cadena se pierde competitividad externa, ¿por qué en lugar de sorprendernos con las características de nuestra oferta exportable no pensamos mejor en profundizarlas?

Si yo tengo razón y por mucho tiempo más Uruguay va a seguir exportando productos de su suelo con no demasiada industrialización, si esto es así, las estrategias pueden cambiar. Por ejemplo, la volatilidad de los precios será compañera de viaje, y entonces las coberturas financieras serán mucho más importantes que la política de desechos industriales. Por qué no pensar pues en agregar cada vez más contenido tecnológico que en el fondo es productividad a los productos primarios, sin soñar con convertirlos en manufacturas comoditizadas. Creo que hay mucho por crecer en cosas que sí podemos cambiar para mejorar esa productividad: la infraestructura, la educación para integrar inteligencia nacional, para que un kilo de pulpa o de soja o trigo, contengan cada vez más inteligencia y productividad, aunque valgan alguna vez más, o alguna vez menos, por unidad de peso.

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