PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YORK

Demasiados responsables

Estados Unidos y Europa tienen mucho en común. Ambos son multiculturales y democráticos; ambos son inmensamente ricos; ambos poseen divisas con alcance mundial. Ambos, para mala fortuna, experimentaron gigantescas burbujas de la vivienda y el crédito entre 2000 y 2007, y sufrieron dolorosos baches cuando estas burbujas estallaron.

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Pero, desde esos días, la estrategia a ambos lados del Atlántico ha divergido. En una gran economía, hay funcionarios han demostrado un serio compromiso con la virtud fiscal y monetaria, esforzándose de manera extenuante por equilibrar presupuestos al tiempo que se mantienen vigilantes contra la inflación. En la otra, no tanto.

Actitudes.

Además, la diferencia en actitudes es la razón principal de que ambas economías estén ahora en dos sendas muy diferentes. El manirroto Estados Unidos está experimentando una sólida recuperación; realidad reflejada en el fuerte mensaje sobre el Estado de la Unión del Presidente Barack Obama. En tanto, la virtuosa Europa se está sumiendo cada vez más profundamente en las arenas movedizas de una deflación; todos abrigan la esperanza de que las nuevas medidas monetarias anunciadas este jueves rompan la espiral descendente, pero nadie que conozca espera realmente que con ellas baste.

Con respecto a la economía de Estados Unidos, la recuperación pudiera y debería haber venido mucho más rápidamente, en tanto los ingresos familiares siguen muy por debajo de su nivel previo a la crisis. Aunque uno nunca lo sabría a partir de una discusión pública, hay un consenso abrumador entre economistas en el sentido que el estímulo de Obama entre 2009 y 2010 contribuyó a limitar el daño causado por la crisis financiera, pero fue muy escaso y se desvaneció muy rápidamente. De cualquier forma, cuando se compara el desempeño de la economía estadounidense en los últimos dos años con todas esas predicciones republicanas de destrucción, se puede ver por qué Obama se pavonea un poco.

Europa, por otra parte —o más precisamente la eurozona, los 18 países con una divisa en común— hicieron casi todo mal. Con respecto a lo fiscal, Europa nunca aplicó un gran estímulo, regresando rápidamente a la austeridad —recortes al gasto y, en menor medida, aumentos de impuestos— pese a una alta tasa de desempleo. En el aspecto monetario, hubo funcionarios que combatieron la amenaza imaginaria de la inflación, y se necesitaron años para reconocer que la verdadera amenaza es la deflación.

Errores.

¿Por qué se equivocaron tanto? En cierta medida, el giro hacia la austeridad reflejó debilidad institucional: en Estados Unidos programas federales como el Seguro Social, Medicare y estampillas de comida ayudaron a mantener a estados como Florida, con estallidos de la burbuja de la vivienda particularmente severos, en tanto naciones europeas en aprietos similares, como España, estaban solos. Sin embargo, la austeridad europea también reflejó un voluntario diagnóstico errado de la situación. En Europa como en Estados Unidos, los excesos que llevaron a la crisis involucraron en su gran mayoría deuda privada más que pública, siendo Grecia una excepción en buena parte. Sin embargo, funcionarios en Berlín y Bruselas optaron por hacer caso omiso de la evidencia a favor de una narrativa que culpó enteramente a los déficits presupuestarios, y de manera simultánea rechazaron la evidencia que sugiere —correctamente— que intentar abatir los déficit en una economía deprimida profundizaría la depresión.

Mientras tanto, los banqueros centrales de Europa decidieron preocuparse por la inflación en 2011 y elevaron las tasas de interés. Incluso en ese momento, saltaba a la vista que esto era una imprudencia: sí, se había registrado un ligero aumento en el índice principal de inflación, pero las medidas de la inflación subyacente eran demasiado bajas, no demasiado altas.

Esfuerzo.

La política monetaria mejoró considerablemente luego que Mario Draghi asumiera como presidente del Banco Central Europeo, a finales de 2011. De hecho, los heroicos esfuerzos de Draghi por suministrarle liquidez a naciones ante un ataque especulativo casi seguramente salvaron al euro del colapso. Sin embargo, no está del todo claro que él tenga las herramientas para repeler las fuerzas deflacionarias en general, que se pusieron en marcha por años de estrategia empecinada. Lo que es más, él tiene que funcionar con una mano atada a la espalda, porque Alemania sigue oponiéndose de manera inflexible a cualquier cosa que pudiera facilitarles la vida a naciones deudoras.

Lo terrible es que la economía europea fue destrozada en nombre de la responsabilidad. Cierto, ha habido ocasiones en que ser duro equivalió a una reducción de déficit y resistir la tentación de imprimir dinero. Sin embargo, en una economía deprimida, un fetiche con el presupuesto equilibrado y una obsesión con la divisa dura son profundamente irresponsables.

Eso no solo le hace daño a la economía a corto plazo, esto puede —y en Europa, ya ha sucedido— infligir daño a largo plazo, menoscabando el potencial de la economía y empujándola a una trampa deflacionaria de la que es muy difícil escapar.

Tampoco fue un inocente error. Llama la atención sobre los administradores de austeridad de Europa, sus decanos de la deflación, su autocomplacencia. Se sentían cómodos, emocional y políticamente, exigiendo sacrificio (de otras personas) en una época en que el mundo necesita más gasto. Estaban demasiado impacientes por desatender la evidencia que apuntaba a que ellos estaban equivocados. Aunado a esto, Europa estará pagando el precio por su autocomplacencia durante los próximos años, quizá décadas.

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