ISAAC ALFIE

Un declinante capital humano

Es obvio que para crecer se precisa inversión, tanto en capital físico como humano. 

Maquinaria: la industria está invirtiendo menos que en 2016. Foto: AFP
Foto: AFP

Dejemos al primero para una próxima entrega, donde se advertirá su preocupante declive; acerca del segundo existen varias iniciativas, en general desde los más diversos ámbitos de la sociedad civil que apuntan a una en mejora en la formación de recursos humanos, naturalmente dentro de los plazos lógicos que la enseñanza toma.

Se sabe de nuestro atraso relativo en términos globales, del mismo modo que se conoce el indicador de igualdad en los resultados de las pruebas internacionales, donde ocupamos el primer puesto en desigualdad.

Así tenemos unos pocos muchachos que están en lo mejor del nivel mundial y una mayoría no apta para este mundo. Dado lo anterior, no escapa al conocimiento de nadie que esta brecha de conocimiento nos traerá no solamente peor distribución del ingreso futuro sino además, y con peores consecuencias, problemas para el crecimiento y con ello, de ingresos absolutos. En efecto, a las personas se les paga por el valor que generan y éste depende básicamente de su conocimiento, el que le permite desarrollar ciertas destrezas y habilidades útiles para la sociedad.

Si tenemos una proporción de muchachos egresados de secundaria inferior al 40% del total potencial y una poco relevante porción de la población con estudios terciarios, poco podemos esperar que generen valor en esta sociedad del conocimiento, donde todas las tareas rutinarias progresivamente se hacen y harán con robots. El trabajo manual en base a esfuerzo físico se acaba y, desde el momento que no tendrá demanda, su precio (el salario), tenderá a cero.

Lo anterior es generador de más desigualdad, únicamente combatible de forma genuina atacando su causa, la disponibilidad de conocimientos. Los gobiernos, errando totalmente en el instrumento —más en el mundo moderno y en especial en un país pequeño con alta propensión a la emigración— intentan "combatirla" con impuestos, un mero parche de corto plazo que empeora las condiciones de medio y largo plazo. Quienes mejor preparados están tienen otras posibilidades y, entonces, pasa lo que vemos todos los días, nuestros hijos y los de nuestros conocidos, los mejores preparados, se van a otros países a trabajar y hacer su vida.

La emigración de esta elite es muy relevante en la actualidad y nos deja con el problema agravado, especialmente porque siendo pocos en términos absolutos, no nos permite formar masa crítica.

Como siempre pasa, emigran quienes tienen posibilidades de progreso real y se sienten con los conocimientos y la capacidad para hacerlo. Hoy una alta proporción de quienes lo hacen provienen de familias de ingresos medios altos y altos, cosa que no se daba en el pasado, salvo por razones políticas o persecuciones.

Pasa también que el mundo moderno nos permite estar a una noche de viaje de casi cualquier lugar, con pasajes aéreos accesibles y además, la posibilidad de comunicarnos todos los días, gratis y viéndonos las caras. Ya no es aquel desarraigo eterno cuando alguien decidía irse a otro país que sabía que jamás volvería, dejando de ver a sus seres queridos.

El aumento de impuestos sobre los ingresos más altos, disminuye "la prima por emigrar", exacerbando y acelerando el proceso de este perverso círculo.

Hace 100 o 150 años, el pasaporte social a la clase media y el progreso era la alfabetización y el razonamiento que otorgaba completar los estudios primarios. Luego pasó a serlo completar la enseñanza secundaria, digamos entre 40 a 100 años atrás. Hoy es tener estudios terciarios con cierta especialidad. En los dos primeros procesos fuimos un país de vanguardia, hoy día no sólo no lo somos y estamos muy atrasados en términos relativos, sino que algunos estudios muestran que esta generación completa menos la secundaria que la generación a la que pertenezco. A la situación sólo le cabe un adjetivo, ¡catástrofe!

Ya no estamos en aquella sociedad forjada a partir de la generación del Quebracho, en el último cuarto del siglo XIX, llena de liberalismo y humanismo, que pensaba en el futuro a 30 años —en aquella época la mitad de la vida—, que gobernó por 50 años y construyó el país modelo a partir de la escuela pública obligatoria primero y la apertura de los liceos departamentales luego.

En la actualidad, este tipo de personas lamentablemente no marcan el rumbo, ni los que pertenecen al gobierno. La educación está rehén del peor de los conservadurismos, preservando el status quo de una inservible reliquia histórica.

Uruguay sigue mostrando indicadores sociales que lo posicionan a la cabeza en esta región. Igual que desde se tenga memoria, todos heredados de aquella época de gloria, pero las series de tiempo de esos mismos indicadores nos muestran el deterioro relativo e incluso absoluto en algunos casos.

La grieta en nuestra sociedad es cultural y solo una educación de calidad puede achicarla. Es hora de prestar atención a las propuestas y ponerlas en práctica, enfrentando al destructivo corporativismo; de lo contrario sólo tendremos lindos y políticamente correctos discursos, con calamitosos resultados.

Es fácil hablar de igualdad, inclusión y todas las palabras bonitas que los organismos internacionales ponen de moda. También lo es mostrar resultados a corto plazo. Esos mismos resultados pueden hipotecar el futuro de varias generaciones y perjudicar a quienes se dice beneficiar —el "beneficio" es apenas una limosna pasajera—. Eso es lo que siento está pasando en nuestro Uruguay.

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