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Una cultura del crecimiento

Así se titula el último libro del historiador y economista Joel Mokyr, editado este año por Princeton University Press, que vuelve a poner en debate cuál es la causa última del crecimiento económico. Este tema, abordado con rigor desde los orígenes mismos de la ciencia económica, ha merecido respuestas diferentes, ninguna de las cuales ha logrado arribar a un consenso.

Es claro que para que una economía crezca tiene que existir ahorro (propio o de otros) e inversión. Esa inversión, que suele clasificarse en dos grandes categorías, capital físico y capital humano, luego permite aumentar la productividad, la producción y el nivel de riqueza.

Hasta aquí es meramente descriptivo; donde aparecen las diferencias es en las explicaciones de por qué, a partir de determinado momento los seres humanos abandonamos el estado general de pobreza que caracterizó casi toda nuestra historia. Y a partir de esta discusión, también, cuáles son las razones que en la actualidad explican el crecimiento económico.

Las teorías.

Se han planteado teorías que se basan en la geografía, las instituciones, la cultura, la política, entre otras, que han tenido sus seguidores y autores destacados. En los últimos años, la tesis institucionalista, representada a nivel masivo por el libro Por qué fracasan los países de Daron Acemoglu y James Robinson, ha sido la preponderante, pero han seguido existiendo trabajos de fuste que reivindican a la cultura como más relevante aún que las instituciones.

En esta línea se inscribe el nuevo libro de Mokyr que ha tenido una importante repercusión y ha vuelto a poner en el tapete la relevancia de la tesis cultural. Mokyr define la cultura como "un set de creencias, valores y preferencias, capaces de afectar la conducta, que son transmitidos socialmente (no genéticamente) y que son compartidos por algún subset de la sociedad". La cultura, argumenta este autor, determina qué clases de instituciones emergen, aunque no garantice ningún resultado específico.

Analiza que la cultura puede ser retardataria o, por el contrario, estimular el progreso, generando incentivos para que haya personas que lleven adelante el cambio cultural que saca a una sociedad de su estado primitivo a uno en que el progreso es visto como virtuoso y posible. El caso de estudio específico de Mokyr es Europa en el período que va de los años 1500 a 1700, en tanto el escenario en que se generó la cultura que llevaría a la Ilustración y con ella a la revolución industrial y el crecimiento económico, con consecuencias masivas por primera vez en la historia de la humanidad.

Los ritmos.

La cultura puede cambiar lentamente o, en algunas circunstancias especialmente dramáticas, más rápidamente. Muchas veces las sociedades generan una determinada cultura, sostenida por grupos de interés privilegiados por el statu quo que sostiene un set de preferencias y creencias contrarias a la innovación y al desarrollo que son muy resistentes, con componente casi religiosos que resisten el análisis de los hechos. Nada que los uruguayos no conozcamos en carne propia.

Mokyr estudia cómo puede darse esta evolución cultural, y encuentra que tiene distintas formas de transmitirse. Entre las más relevantes señala el "contenido" en tanto una idea consistente y demostrable tiene más probabilidad de abrirse camino.

Otra es la trasmisión directa por personas que son más autoridades en alguna materia y por tanto un grupo de personas confían en esa opinión. Su consistencia y coherencia con otras creencias culturales también es importante para su adopción, así como la imitación de las creencias de otras personas o grupos, pesando allí también el sesgo de la frecuencia, en tanto cuanto más personas crean en algo más probable será que otra persona también lo crea. Una particularmente importante en estos tiempos es la retórica, en tanto la capacidad de persuasión o el carisma que tenga una persona, o los promotores de una idea en particular, para convencer a otras personas.

Emprendedores.

Mokyr analiza la importancia para el cambio cultural de lo que denomina los emprendedores culturales, a quienes define como aquellos que exitosamente cuestionan y logran derribar a las autoridades existentes en un área específica de la cultura y crean una alternativa competitiva.

El autor, si bien no cree en las personas indispensables en la historia, sí afirma que algunas personas tuvieron una influencia decisiva en hacer una marcada diferencia. Los dos ejemplos que utiliza son Francis Bacon, como difusor de la importancia y la virtud que tenía el conocimiento útil para la humanidad e Isaac Newton por sus aportes que cambiaron para siempre la ciencia.

Un lugar central en el estudio de Mokyr lo ocupa la "República de las Letras" que es la comunidad de intelectuales que existió en Europa en el período en estudio, que se benefició de su interacción mutua y de la fragmentación política que impedía frenar el avance intelectual dado la gran movilidad de los emprendedores culturales.

El libro de Mokyr es atrapante en el despliegue consistente de su tesis, aunque tenga la enorme dificultad de una verificación más fehaciente como tienen en general las de los institucionalistas. Pero pesa decisivamente en su favor el argumento convincente acerda del rol central de las ideas que —se puedan medir o no— han cumplido un papel preponderante en el desarrollo de la humanidad. Y sin dudas, también da pautas acerca de cómo puede darse en el futuro.

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