Isaac Alfie - Economista

Cuán distintas son las cosas aquí y allá

La columna de esta semana versaba sobre otro tema, pero las noticias que llegaron desde Argentina el martes por la noche me motivaron a dejarla a un lado. Esa noche se conoció que el Presidente electo de aquel país, Ing. Macri, luego de reunirse con la Presidente en ejercicio, Sra. Cristina Fernández, expresó "no valió la pena" y el porqué es simplemente que no habrá transición.

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Tabaré Vázquez y Jorge Batlle. Foto: Archivo El País

Los actuales gobernantes no se reunirán con los que ingresarán en dos semanas, no le darán ninguna información y, sin decirlo de manera explícita, minarán el campo tanto como les sea posible boicoteando todo lo que esté a su alcance.

Para quienes alguna experiencia tenemos y conocemos muchas personas del otro lado del Plata, sabemos que los cambios de gobierno nunca fueron fáciles, así como tampoco los cambios de ministro, aún dentro de un mismo gobierno. Se sabe de algún caso donde siendo el mismo gobierno el recambio ministerial se llevó todo consigo —entran y salen equipos completos—, y hasta los discos duros de las computadoras fueron borrados. Quien asume, no solamente no tiene personal de línea que conoce los temas en profundidad en donde apoyarse, sino que ni historia de las cosas le queda. Así, vuelve a comenzar en Adán y Eva, perdiendo un precioso tiempo mientras se para en la cancha. El relato es el extremo, pero la realidad dista poco de ello.

Nosotros.

Personalmente participé, con menor o mayor intensidad, en 4 cambios de mando. El primero fue en 1989, cuando por mi especialización en determinadas cuestiones que hacían a una parte importante del problema fiscal que se debía enfrentar (la reforma constitucional que alteró el mecanismo de revaluación de pasividades), se me fueron pidiendo determinados trabajos y simulaciones, no muy grandes por cierto. Trabajaba en OPP y todo el edificio Libertad sabía que la orden del Presidente Sanguinetti era no solamente entregar toda la información que pidiera el equipo del Dr. Lacalle, sino de ayudarlo en todo lo que fuera posible; el Cr. Davrieux articulaba las cosas. En una palabra, el país continuaba, la gente está primero, las elecciones pasaron y las pasiones o diferencias debían dejarse de lado. Las circunstancias eran especiales porque el Partido Colorado le traspasaba el mando al Nacional, cosa infrecuente en nuestra historia.

Nada distinto ocurrió 5 años después sólo que los actores se invirtieron, era el Presidente Lacalle quien ordenaba información y colaboración hacia el Dr. Sanguinetti. Luego en 1999 el traspaso de mando fue dentro del propio Partido Colorado, con algunos ministros que permanecían y otros que no. Por último en 2004 gana las elecciones el Dr. Vázquez y la orden del Presidente Batlle volvió a ser la misma. Entre la colaboración no solo siempre estuvo la entrega de información sino la consulta previa de determinadas decisiones importante que, habiendo que tomarlas, tendrían efectos hacia adelante y, por más que no gustare o compartiese la decisión de quien pronto vendría a ocupar el cargo, se debía respetar y ejecutar. En mi caso no tuve que tomar ninguna de esas decisiones a disgusto.

Estoy convencido que si dentro de 4 años le toca al Presidente Vázquez pasar el mando a alguien de otro partido, su orden será la misma.

Lo anterior, más allá de ser lo que corresponde, es un diferencial que Uruguay muestra frente algunos países de la región, ya no muchos afortunadamente. Por ejemplo se conoció también una grabación exactamente en el mismo sentido entre la Presidente de Chile Bachelet y Piñera. Esta diferencia disminuye el riesgo político de cualquier inversión y eso es clave en la captación de éstas. En una región que se caracterizó por su baja institucionalidad Uruguay siempre fue una isla, pero ya son varios los que se han sumado. A partir de ello no es muy difícil explicarse por qué unos reciben enormes inversiones en función de su tamaño y otros casi ninguna o las que llegan están bajo halos de sospecha.

Situación real.

Más allá de lo penoso de lo descrito desde la óptica institucional —es claro que el kirchnerismo vació las Instituciones y la República, fomentando el odio, el resentimiento y el enfrentamiento—, lo que va a encontrar el nuevo gobierno es un campo arrasado. Ya mis colegas Caumont y Steneri trataron el tema por lo que no me extenderé demasiado. El desequilibrio fiscal es enorme, las distorsiones generadas por los escandalosos subsidios, impuestos inapropiados y regulaciones insólitas son increíbles. El país carece de reservas, la circulación de divisas y capitales súper restringida, acumula enormes deudas por importaciones pendientes de pago así como por remesas de utilidades sin autorizar a transferir; se encuentra en cesación de pagos internacional; nadie cree en las cifras oficiales, al tiempo de tener atraso cambiario y alta inflación. La tarea será ciclópea, la devaluación, al menos del tipo de cambio oficial que vendrá, así como el ajuste fiscal, no serán culpa del gobierno entrante sino del saliente como es norma.

Es cierto que el ambiente que se respira en Argentina es otro, propio del entusiasmo que provoca un cambio de gobierno y las esperanzas que se abren. Estoy tan convencido que institucionalmente se mejorará y eso será inmediato, como que para ver mejoras económicas significativas deberemos esperar un buen tiempo y que la suerte acompañe a las autoridades. Una suba violenta de las tasas de interés internacionales o nuevas caídas en los precios de exportación significarán golpes duros de absorber con tan precaria situación.

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