BRASIL NECESITA CONSENSOS POLÍTICOS PARA BAJAR EL GASTO

Crecer a tasas modestas, pero más sostenibles

Para el economista Mauro Schneider, consultor privado en San Pablo, es muy probable que la economía brasileña retome pronto la senda de crecimiento a una tasa del 2 o 3%, lo que será más sostenible, a su juicio, que las altas tasas obtenidas en la década pasada, las que calificó de "una ilusión".

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Economista Mauro Schneider. Foto: El País

Según Schneider, Brasil debe encarar cambios profundos en su principal problema, el gasto público. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿El período de transición por el que atraviesa Brasil pone límites a las decisiones en materia de economía?

—Hay límites políticos obviamente, y no solamente relacionados con que estamos en un período de recesión; hay temas como las reformas fiscales que tienen resistencia política de mucha gente de distintos sectores. Y eso está más allá del problema de transición. En setiembre por ejemplo. En ese momento, ya el proceso de impeachment estará cerrado. Michel Temer puede ser presidente pleno. Aún en esa situación va a tener problemas en llevar adelante algunas reformas fiscales y económicas que tienen la resistencia de muchos grupos. Es una situación compleja de verdad, la que emerge de este período de transición.

Lo que generó una fuerte oposición a Dilma no fue el conjunto de programas de distribución de la riqueza, Brasil es una economía muy heterogénea y es necesario comenzar a cerrar las brechas. El problema fue con la generación de riqueza. Cuando definieron que era mejor el Estado que el mercado, cuando establecieron subsidios en lugar de libre competencia, una posición cerrada hacia el mundo y apostando al mercado interno, eso fue lo que fue juntando opiniones contra Dilma, y en medio de una crisis económica que ya se avecinaba, acrecentó las presiones.

—¿Cuál es la mayor urgencia hoy?

—Hay varios problemas que una economía puede enfrentar. Uno, un desequilibrio de la balanza de pagos. No es el caso de Brasil, las cuentas externas están bien, con un nivel elevado de reservas, la deuda externa sigue evolucionando por debajo de ese nivel de reservas. Hubo un ajuste de cuenta corriente muy fuerte a raíz de la recesión económica y por la devaluación del tipo de cambio, entonces, eso se encaminó rápidamente en la dirección correcta.

Otro tema es el de la inflación. Tenemos una inflación elevada, distante de la meta, pero hubo un cambio ahora en el Banco Central, después de muchos años de administración equivocada del sistema de metas de inflación. Entonces con el cambio de las personas que estaban al frente, las cosas tienden a arreglarse en poco tiempo. Si no hay interferencia política en las sesiones del Banco Central, que creemos que no va a haber, y si el manejo de la política monetaria es correcto, llegaremos a la meta de inflación de 4,5% en poco tiempo.

—¿Es posible eso, con una inflación superior al 9%?

—Hoy estamos en 9,3%, bajando pero aún muy lejos. Pero la gente que realiza las previsiones del mercado financiero y las consultoras coinciden en que en dos años se pueda llegar a la meta.

—Queda el problema fiscal…

—Es el problema más serio. Fuente de desequilibrio económico, así como podrían serlo la inflación o un elevado desequilibrio de la balanza de pagos, pero esos dos problemas se pueden controlar. El problema fiscal tiene mucho de político. Por el lado de los ingresos, tenemos todos los aspectos vinculados con la complejidad del sistema, muy complejo, con muchos tributos y el costo de hacerlos cumplir que es muy elevado. Como ya tenemos un nivel de impuestos que es elevado y el sistema es muy complejo, cambiar cosas también sufre una presión fuerte de la sociedad, de los empresarios, etc. Brasil está por encima de la mayoría de los países de la región en materia de presión tributaria, por tanto los márgenes son muy escasos para hacer algo, y no parece ser el momento político para llevarlo a cabo tampoco.

—¿Y por el lado del gasto?

—Tenemos los temas que son eminentemente políticos, pero también sociales. Por ejemplo hay un elevado nivel de rigidez en el gasto, el 90% de todo lo que gasta el gobierno federal ya está predeterminado, por la Constitución u otras leyes. Hay transferencias vinculadas con la seguridad social, la educación, la salud, los salarios públicos, subsidios a regiones y la actividad de ciertos sectores, y programas de asistencia social que fueron creados en los años ´90 y ampliados en el último período, como "Bolsa Familia". Es difícil decir qué hay que bajar, el problema es que el presupuesto ya no logra cumplir con todas las obligaciones, porque son partidas que siguen creciendo. No hay espacio para la inversión, ni para programas nuevos, tampoco para hacer un ajuste del presupuesto cuando hay una crisis tan fuerte como la que vivimos en este período. La recaudación baja y una parte importante de lo que es el gasto obligatorio sigue creciendo, no está atado a la recaudación.

—¿Por dónde pasa el ajuste necesario?

—Creo que no hay otra alternativa que cambiar la estructura del gasto. Hay que buscar una discusión racional en términos de definir con claridad, buscando consensos, cuáles son las prioridades, que han ido cambiando. Por ejemplo, la población de Brasil se ha envejecido, por tanto, requiere más gastos en salud y será más demandado en el futuro. Quizás debamos incrementar el gasto en ese rubro pero no hacerlo más en educación, que también es importante, pero apostar a lograr más eficiencia con los recursos que están hoy día. No son decisiones fáciles, pero hay que sentarse a conversar y tomarlas.

Otra discusión: el sistema de previsión social. Mucha gente que estudia el tema dice que es mucho más generoso que otros países del mundo que son más ricos que el nuestro. Se paga mucho para un porcentaje de la población muy bajo. Por tanto, aquí hay que cambiar las reglas. Hoy la gente del sector público puede retirarse con un pago equivalente al sueldo de activo. Cincuenta años atrás eso era posible, hoy día no lo es más. Por otro lado, no existe la edad mínima de jubilación, el sistema se basa solamente en 35 años de contribución, por tanto hay mucha gente que se jubila muy joven, y creo que es necesario aplicar una edad mínima de retiro. Son todas cosas que representan pérdidas para algunos segmentos de la sociedad, pero hay que hacerlo.

—Esas son todas metas de reforma a largo plazo, ¿pero como sale hoy Brasil del atolladero en que se encuentra?

—El gran problema en los últimos años fue la combinación de un manejo muy equivocado de políticas económicas y la pérdida de confianza de la gente como consecuencia de lo primero. Entonces si el manejo mejora, si se vuelve a crear un ambiente propicio para los negocios, vamos a tener el problema fiscal, pero las otras cosas mejorando ya posibilitan un cambio positivo en la economía. No hay solución mágica, y difícilmente Brasil va a volver a crecer como lo hizo en la década pasada, porque parte de lo que ocurrió en aquel período fue una ilusión, un crecimiento no sostenible, porque no fue crecimiento basado en inversión, sino en consumo. Entonces, si apuntamos a arreglar el tema fiscal a largo plazo, viviremos con un nivel de deuda más elevado, y eso limitará el crecimiento, es cierto. ¿Cuánto puede crecer Brasil, 2%, 3%? Es poco, pero puede ser más sostenible que aquello de 10 años atrás.

—¿Qué otras limitantes muestra el país a la hora de hablar de crecimiento?

—Brasil hoy tiene varios problemas para crecer más fuertemente, uno es el fiscal, pero también hay problemas de competitividad, tecnología, educación, innovación, infraestructura poco adecuada, los costos de hacer negocio son elevados, solo el tipo de cambio mejoró y disimuló alguno de esos problemas. Hay muchas cosas que limitan el crecimiento. Si puede arreglarse el manejo de política económica, avanzar en infraestructuras, en formación profesional, vamos a ir logrando espacio para crecer más.

Es increíble, pero el flujo de capitales extranjeros en Brasil se ha mantenido absolutamente estable en dólares en los últimos años, eso significa que en reales ha crecido. Si la política deja de crear obstáculos, Brasil es muy atractivo.

Temer maneja bien la política, pero su cara frágil es la corrupción.

—¿Hay condiciones para que las alianzas políticas funcionen?

—La relación del presidente con el Congreso es clave. Porque como Temer no fue electo directamente, entonces la relación más fuerte que tiene para gobernar no es a través de la población ni de sus representantes en el Congreso. Pero desde Fernando Henrique Cardoso para acá, todos los presidentes establecieron alianzas para poder gobernar. Dilma fue la única que no estableció una relación de confianza con los líderes de los partidos, buscó acuerdos locales, una estrategia de fragmentación, imaginando que de esa manera la situación para el PT sería más favorable. Dilma no tenía un gabinete con la participación de los partidos de la alianza. Era un gabinete de su propia confianza. Ella optó por ser un presidente que a veces no contó siquiera con su propio partido. Temer es diferente, sabe, por necesidad y por su propia experiencia política, que lo que sostiene al gobierno es una fuerte relación con los partidos y el Congreso. El habla y negocia con los líderes todo el tiempo. Dijo que no va a ser candidato en 2018, no lo ven como un rival, por tanto no me parece que presente una situación frágil políticamente. Donde sí presenta una gran fragilidad es en las investigaciones por corrupción, eso es algo que nadie controla y le puede traer problemas, una fuente de incertidumbre permanente. Tanto así que yo no tengo la certeza absoluta de que lleguemos a 2018 a unas elecciones donde toda la gente que va a ser candidata tenga una historia totalmente limpia.

Mauro Schneider.

Es Máster en Economía por la Fundación Getulio Vargas y egresado de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de San Pablo. Consultor privado en MCM Consultores, de San Pablo. Fue economista-jefe del ING Bank.

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