PAUL KRUGMAN

Conspiraciones y clima

Tras la devastación que dejó Harvey en Houston —que coincidía con las predicciones de los meteorólogos— hubiésemos esperado que todos prestaran atención cuando los mismos expertos nos advirtieron sobre el peligro que suponía el huracán Irma, pero habríamos estado en un error.

Efectos del huracán Harvey. Foto: Reuters
Harvey dejó calles inundadas en varias ciudades de EE.UU. Foto: Reuters

El jueves, Rush Limbaugh, afamado comentarista político radial, acusó a los científicos climáticos de inventar la amenaza de Irma por motivos políticos y financieros: "existe el deseo de hacer avanzar esta agenda del cambio climático y los huracanes son una de las formas más rápidas de hacerlo", declaró, agregando que "el miedo y el pánico" ayudan a vender baterías, agua embotellada y publicidad televisiva. Poco después, evacuó su mansión de Palm Beach.

En cierto sentido, deberíamos sentirnos agradecidos con Limbaugh por al menos sacar el tema el cambio climático y su relación con los huracanes, aunque solo sea porque es uno que el gobierno de Donald Trump está tratando desesperadamente de evitar. Por ejemplo, Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Ambiental, amigable con la contaminación y los contaminadores, dice que ahora no es momento de hablar del tema, que hacerlo es "insensible" con la gente de Florida. No hace falta decir que para gente como Pruitt nunca habrá un buen momento para hablar sobre el clima.

¿Y qué deberíamos aprender sobre el arrebato de Limbaugh? Lo importante es que no es un caso aislado. Es cierto, no hubo muchas otras personas con influencia que rechazaran específicamente las advertencias sobre Irma, pero negar la ciencia mientras se ataca a los científicos por tener motivos políticos y ser sobornables es la forma típica de operar de la derecha estadounidense. Cuando Donald Trump declaró que el cambio climático era un "fraude", solo estaba siendo un republicano cualquiera. Y gracias a la victoria electoral de Trump, el gobierno de Estados Unidos está en manos de conservadores que están contra la ciencia. Cuando uno lee análisis noticiosos que afirman que el acuerdo de Trump con los demócratas para mantener al gobierno en pie por algunos meses de alguna forma lo convirtió en un independiente moderado, hay que recordar que no se trata solo de Pruitt: casi todas las figuras de mayor rango en la administración de Trump relacionadas con el medioambiente o la energía pertenecen a la clase dominante de los republicanos, por lo que niegan el cambio climático y las evidencias científicas en general.

La negación del cambio climático se basa por lo regular en teorías conspiratorias como las de Limbaugh. Después de todo, existe un abrumador consenso científico que dice que las actividades humanas están calentando el planeta. Cuando los políticos conservadores y los críticos desafían el consenso, no lo hacen sobre la base de la consideración cuidadosa de las evidencias, sino poniendo en duda los motivos de miles de científicos de todo el mundo. O sea: todos insisten, motivados por la presión de sus pares y las recompensas financieras, y están falsificando los datos y suprimiendo las opiniones contrarias.

Son opiniones insensatas, pero son las que acepta la derecha moderna, las que priman entre los críticos —incluso los que están contra Trump— y también entre los políticos.

¿Por qué los conservadores estadounidenses están tan dispuestos a desacreditar a la ciencia y a los científicos y aceptar como válidas teorías conspiratorias paranoicas? Parte de la respuesta es que se están proyectando: así es como funcionan las cosas en su mundo. A algunos republicanos desilusionados les gusta hablar de una época de oro del pensamiento conservador, en cierto momento de la historia. Hubo un tiempo en el que algunos intelectuales conservadores tenían ideas interesantes e independientes. Esos días quedaron en el pasado hace mucho: el universo intelectual de la derecha de hoy, tal como lo conocemos, está dominado por mercenarios que en esencia hacen propaganda y no investigan.

Y los políticos de derecha acosan y persiguen a los investigadores de verdad cuyas conclusiones no les gustan, un esfuerzo que cuenta con un tremendo respaldo ahora que Trump está en el poder. El gobierno de Trump está desorganizado desde muchos frentes, pero se deshace sistemáticamente de la ciencia ambiental y sus científicos cada vez que puede. Así que, cuando gente como Limbaugh imagina que los liberales forman parte de una conspiración para fomentar ideas falsas sobre el clima y suprimir la verdad, les parece razonable porque así es como actúan sus amigos.

Sin embargo, también les parece razonable porque la hostilidad hacia la ciencia que sienten los conservadores ha crecido cada vez más. Las encuestas muestran un declive constante en la confianza de los conservadores en la ciencia desde los años 70, la misma que está claramente motivada por la política, pero esto no quiere decir que la ciencia haya dejado de funcionar. Es cierto que los científicos les han pagado con la misma moneda, puesto que tampoco confían en los conservadores: más del 80% de ellos son demócratas. Sin embargo, ¿cómo se puede esperar que los científicos apoyen a un partido cuyos candidatos presidenciales ni siquiera aceptan que la teoría de la evolución sea correcta?

El resultado final es que ahora nos gobierna gente que se ha alejado por completo no solo de la comunidad científica, sino de la idea científica: la noción de que una evaluación objetiva es la forma de entender el mundo. Esta ignorancia deliberada es profundamente aterradora. De hecho, podría acabar por destruir la civilización.

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