PAUL KRUGMAN

Comercio, trabajo y política

Hay muchas cosas sobre las elecciones de 2016 que nadie vio venir, y una de ellas es que es probable que la política de comercio internacional sea uno de los grandes temas de las campañas presidenciales.

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Acto político en apoyo a la campaña de Hillary Clinton. Foto: Reuters

Lo que es más, las posiciones de los partidos serán el revés de lo que se habría anticipado: es factible que los republicanos, quienes dicen representar a los libres mercados, elijan a un candidato que sea un proteccionista agreste, lo cual hará que los demócratas, con su escepticismo sobre los mercados sin límites, sean, de hecho, los defensores de un comercio relativamente abierto.

Sin embargo, ésta no es una situación tan peculiar como parece. Los dichos retóricos aparte, hace mucho que, en la práctica, los republicanos han tendido a ser más proteccionistas que los demócratas. Y existe una razón para esa diferencia. Es cierto que la globalización ejerce una presión descendente sobre los salarios de muchos trabajadores, pero los progresistas pueden ofrecer una diversidad de respuestas a esa presión, mientras que todo lo que la derecha tiene es el proteccionismo.

Cuando digo que los republicanos han sido más proteccionistas que los demócratas, no estoy hablando de un pasado distante, sobre las políticas de aranceles elevados de la Edad Dorada; estoy hablando de los presidentes republicanos modernos, como Ronald Reagan y George W. Bush. El primero, después de todo, impuso una cuota a las importaciones de automóviles que terminó por costarles a los consumidores miles de millones de dólares. Y Bush impuso tarifas al acero, en clara violación a los tratados internacionales, y tuvo que echarse para atrás cuando la Unión Europea amenazó con imponer sanciones en represalia.

De hecho, este último incidente debería ser una lección objetiva para cualquiera que habla duro sobre el comercio. El gobierno de Bush sufrió un ataque grave de idea delirante de superpotencia, una creencia de que Estados Unidos podía dictar los acontecimientos en todo el mundo. La falsedad de esa creencia quedó demostrada en la forma más espectacular con la debacle en Irak. Sin embargo, el ajuste de cuentas llegó mucho antes al comercio, un área en la que otros actores, Europa en particular, tiene tanto poder como nosotros.

Ni la amenaza de las represalias es el único factor que debiera impedir cualquier giro proteccionista duro. También existe el daño colateral que semejante giro infligiría a los países pobres. Probablemente no sea una política correcta hablar ahora sobre lo que una guerra comercial le haría, por decir, a Bangladesh. Sin embargo, un futuro presidente responsable tendría que pensar mucho en esos asuntos.

Aunque, pensándolo bien, podríamos estar hablando del presidente Trump.

Sin embargo, volvamos al tema más general de cómo ayudar a los trabajadores presionados por la economía mundial.

Un análisis económico serio nunca ha sustentado un punto de vista panglosiano del comercio como una situación en la que todos ganan, popular en los círculos de la elite: el comercio en aumento puede, en efecto, perjudicar a muchas personas, y es probable que, en las últimas décadas, en promedio, la globalización haya sido una fuerza depresora para la mayoría de los trabajadores estadounidenses.

Sin embargo, el proteccionismo no es la única forma de combatir la presión descendente. De hecho, muchas de las cosas negativas que asociamos con la globalización en Estados Unidos fueron decisiones políticas, no necesariamente consecuencias que no sucedieron en otros países avanzados, aún cuando éstos enfrentaron las mismas fuerzas mundiales que nosotros.

Por ejemplo, se puede considerar el caso de Dinamarca, que es famoso que Bernie Sanders puso como ejemplo a seguir. En tanto miembro de la Unión Europea, Dinamarca está sujeto a los mismos tratados comerciales mundiales que nosotros, y si bien es cierto que no tiene un tratado de libre comercio con México, hay bastantes trabajadores que reciben salarios bajos en el este y el sur de Europa. No obstante, en Dinamarca la desigualdad es mucho menor que la nuestra. ¿Por qué?

Parte de la respuesta es que los trabajadores en Dinamarca, dos tercios de los cuales están sindicalizados, todavía tienen mucho poder de negociación. Si las corporaciones estadounidenses pudieron usar la amenaza de las importaciones para aplastar a los sindicatos, fue solo porque nuestro entorno político apoyó su eliminación. Ni siquiera Canadá, nuestro vecino, ha visto algo parecido al colapso sindical que sucedió aquí.

Y el resto de la respuesta es que Dinamarca (y, en menor grado, Canadá) tiene una red de seguridad social mucho más fuerte que la nuestra. En Estados Unidos, se nos está diciendo constantemente que la competencia mundial significa que ni siquiera podemos darnos el lujo de pagar la red de seguridad que tenemos; por extraño que parezca, pareciera que otros países ricos no tienen ese problema.

Lo que todo esto significa, como dije, es que el candidato demócrata no tendrá que hacer amenazas por el comercio. Ella (sí, todavía parece abrumadoramente factible que sea Hillary Clinton) expresará, con razón, su escepticismo sobre futuros tratados de comercio, pero podrá abordar los problemas de las familias trabajadoras sin hablar en forma despreciativa e irresponsable sobre el sistema del comercio mundial. No así el candidato republicano.

Y en esto hay una lección que va más allá de estas elecciones. Si, en general, usted apoya a los mercados mundiales abiertos, lo cual debería hacer, principalmente porque el acceso al mercado es muy importante para los países pobres, es necesario que sepa que cualquier cosa que puedan decirle los políticos que se adhieren a una ideología de libre mercado rígida no están de su parte.

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