JORGE CAUMONT - ECONOMISTA

Mucho para hacer en esta ciudad

En los viajes al extranjero, muchas ciudades latinoamericanas no ya desarrolladas, sorprenden a los uruguayos. Se observa en ellas que las obras comunales crecen aceleradamente y se multiplican, y que la limpieza y el cuidado del entorno y la iluminación son envidiables.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Destacada: la rambla es elogiada por visitantes que dieron su opinión en TripAdvisor.

Todo ello va en el sentido de elevar la satisfacción de sus usuarios que, en definitiva, son los contribuyentes. La sorpresa aumenta cuando se conoce el relativamente escaso esfuerzo pecuniario que a ellos se les exige.

Obras.

En general son obras y servicios que apuntan a brindar lo básico en esa naturaleza, a cualquier contribuyente de una nación. La envidia que se transmite a los locales surge al comprobar que el esfuerzo en dinero que deben realizar para tenerlas y sentir satisfacción, es notablemente menor que el que se realiza en Montevideo para recibir servicios sensiblemente peores.

Un ejemplo es el de las obras de infraestructura vial. Por doble motivo: porque en Montevideo no hay obras nuevas que hayan acompañado al crecimiento de la economía y del parque automotor y porque las que existen presentan un estado en muchos casos desastroso. En el primero de los casos por dos razones. Porque además de poder circular a un costo explícito sumamente alto —la patente de rodados— que no acompaña el valor de los automóviles que se utilizan, los contribuyentes deben soportar otro costo, éste de oportunidad. Se trata del costo del tiempo que pierden por la ausencia de vías de tránsito adecuadas a un parque automotriz sumamente crecido y que encuentra fenomenales tranques de circulación. Si sumásemos el costo que para cada conductor tiene desplazándose en sus traslados laborales y de ocio debido a la falta de alternativas de movilidad vial, observaríamos el altísimo costo social que existe por la ausencia de las obras. Y asimismo, las externalidades que aumentan los costos del contribuyente por mayor consumo de combustible, más exposición a colisiones, y otros efectos secundarios negativos por el estilo.

Se pueden argumentar acerca de la falta de esas obras: su alto costo, ausencia de recursos comunales y otras razones tal vez menos visibles u ocurrentes. Pero son o serían todos argumentos descartables para personas racionales: ¿acaso no existe el financiamiento privado disponible para concesiones de obra como la de Avenida Italia con peaje y colectora para un inicio de solución? ¿Acaso no existen obras desechables, sin valor para el contribuyente y costosas —alguna en la rambla— que pudieron y pueden evitarse para solucionar el problema de los semáforos en horas pico, como puentes peatonales en lugares estratégicos y otras alternativas con igual fin?

Pero al margen de las obras de infraestructura, es observable un deterioro impresionante de las calles de Montevideo, no solo las más transitadas sino las que menos ocupación reciben. Y al deterioro y falta, no relativa sino prácticamente absoluta, de mantenimiento se agrega el retraso en la realización de las que se concretan. Los "marcianitos" naranja abundan en la ciudad y se aquerencian en numerosas calles de cada barrio. No es difícil encontrar casos de muchos de estos elementos rodeando fallas minúsculas de la calzada, y durante mucho tiempo.

Es evidente que los contribuyentes no reciben el servicio de infraestructura vial por el que pagan y como hace ya muchos años que esto pasa, la interrogante que surge es si ello ocurre por la ineficacia en la realización de las obras —no se logra lo que se quiere como lo hemos comprobado con algún corredor vial—; por la ineficiencia en esa realización —lo poco que se logra es a un costo altísimo— o por simple inexistencia de interés comunal que valora más derivar los recursos pagados por los contribuyentes a otros fines, como a salarios alejados del valor de la productividad, a actividades que duplican las que ya provee la administración central, o aún a otras.

Servicios.

Pero tampoco los contribuyentes de la comuna reciben buenos servicios de iluminación y alumbrado y, sobre todo, de limpieza, en contrapartida de lo que pagan. La contribución inmobiliaria y las tasas adicionales son también notablemente más altas que las de ciudades relativamente similares. Y la contrapartida que reciben tampoco es comparable. La ciudad vive buena parte del año sin el servicio de limpieza que merece. La detención de las tareas para brindar ese servicio, por razones de naturaleza variada (paros, huelgas, falta de equipamiento), se refleja en nuevos costos explícitos y de oportunidad de los contribuyentes que se suman al también explícito de las tasas que pagan. Costos adicionales para el retiro particular de basura, tiempo que se utiliza para el retiro que no se usa para negocio o para ocio y además externalidades negativas como la polución sin descartar a la visual, efectos nauseabundos y peligros de contaminación de enfermedades y de ataques de roedores.

La nueva administración comunal tiene, en su inicio, un amplio espectro de tareas a realizar, construcción de obras y servicios a brindar, minimizando el costo de los contribuyentes, muy castigados por la realidad. Cualquiera sabe que el costo explícito e implícito de los servicios que hoy recibe es sensiblemente mayor a la utilidad que le deriva de ellos.

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