Producir más alimentos sin perder de vista minimización de efectos negativos

Bregar por la intensificación sostenible

En 2001 Uruguay alimentaba 9 millones de personas, hoy produce para 30 millones; en 2055 serán 50 millones

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Ingeniero Agrónomo Mario Mondelli. Foto: Archivo El País

Con una clase media que crece en todo el mundo y demanda más alimentos, la posibilidad de Uruguay de ampliar su participación en la oferta de proteínas es un elemento de tensión con la necesidad de preservar las condiciones ambientales del país. Para el Ing. Agr. Mario Mondelli, director de Opypa, la intensificación sostenible es un aspecto clave en la estrategia nacional, tendiente a aprovechar esas oportunidades de mayor producción y velar al mismo tiempo por evitar efectos no deseables en el suelo, el agua y el aire. Esa política se enmarca en el concepto de "Uruguay Agrointeligente", que además de expandir y preservar, apuesta a agregar valor al producto. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Es posible pensar en un país intensivo en su producción y sustentable al mismo tiempo?

—Es un gran desafío no solo de Uruguay; en este momento es el tema central en todas las actividades a nivel mundial que tienen que ver con agricultura y alimentación. Vivimos una época de incremento de la demanda de los alimentos por una expansión creciente, por una mejora de los ingresos y una clase media que crece especialmente en Asia y que consume alimentos no solo en más cantidad sino también de más calidad.

Eso hace que los países que tenemos ventajas en términos de recursos naturales y producción de alimentos, contemos con la buena oportunidad de expandir nuestra producción. Y Uruguay multiplicó su producción en todas sus cadenas productivas de exportación en los últimos diez años, pero viene asociado a ello una mayor presión sobre los recursos naturales.

El paradigma de intensificación sostenible que estamos consolidando con el esfuerzo público y privado, tiene que ver con la manera de aprovechar esas oportunidades de mayor producción pero al mismo tiempo velando y cuidando de cerca los efectos no deseables, sobre todo los irreversibles, en el medio ambiente.

Estrategias.

—¿Cuáles son las estrategias a seguir?

—Apuntamos esencialmente al cuidado del recurso suelo, la calidad y el aprovechamiento del agua, el campo natural y el monte nativo.

Uruguay se ha convertido en un caso de referencia a nivel internacional, un país que ha reaccionado de forma rápida en adaptar políticas y estrategias público-privadas para acompañar esa intensificación con estrategias de mayor sostenibilidad ambiental. Un claro ejemplo es la política de uso de suelos, diseñada en pocos años, con una base científica y de información para el monitoreo, una política que no viene a paralizar burocráticamente las decisiones de los productores privados, pero sí muy preocupada y alineada con limitar una erosión a lo tolerable, de acuerdo con investigación validada (el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca exige a los productores un Plan de Uso y Manejo Responsable de Suelos, que hoy regula el 95% del territorio agrícola nacional, teniendo en cuenta: los suelos del predio, las prácticas de manejo, la secuencia de cultivos, y la erosión tolerable estimada).

Lo que está pasando en Uruguay es de interés a nivel internacional, porque en el mundo entero se vive el mismo fenómeno, la actividad agrícola extendiéndose hacia regiones que quizás no tenían las mejores características naturales, y por tanto hay una gran incertidumbre sobre cuáles podrían ser los efectos en el mediano plazo.

Por ese motivo, existe una iniciativa global que está siendo lanzada actualmente por Naciones Unidas, una red de soluciones de desarrollo sostenible. ¿Cómo alimentar a los 9.300 millones de personas que se proyecta que habitarán la tierra de aquí a pocos años, sin tener efectos irreversibles en el medio ambiente?

—Y Uruguay se ha convertido, en medio de esa iniciativa, en un caso de estudio…

—Cierto. Un país con 3 millones y poco de habitantes que en 2001 producía alimentos para 9 millones de personas, en 2015 lo hace para 30 millones y se estima que en 2055 estará alimentando a 50 millones de personas en todo el mundo. ¿Cómo cuida sus recursos un país que intensifica de tal forma su producción?, esa es la gran pregunta.

La iniciativa global a la que hacía referencia la lidera el economista Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, conocido por incorporar tempranamente en la agenda de análisis académico la interacción producción-ambiente y todo lo relacionado con desarrollo humano y acceso a la alimentación. Hay un grupo de trabajo impulsado desde el Instituto Rothamsted de Inglaterra (donde surge la investigación agronómica en el mundo en el siglo XVIII) y el director de ese programa, Achim Dobermann, quien ha estado en Uruguay vinculado a la investigación de arroz y estrategias de intensificación sostenible, invitó al país para que hagamos un modelo de caso, con la intención de derivar, a partir de ello, recomendaciones de intensificación sostenible para otros países.

Escalable.

—La pequeña escala es una característica que ayuda…

—Sin dudas, el atractivo es, primero la posibilidad de poder hacer cosas en forma rápida, y también la disponibilidad de datos, que caracteriza a Uruguay. La red de soluciones de desarrollo sostenible está trabajando con un método que para nosotros es muy atractivo que tiene que ver no solamente con monitorear los efectos ambientales, sino incorporar acciones que lleven a esa intensificación sostenible. Trabaja con una idea distinta a lo tradicional, que se apoya en la predicción, algo muy difícil de establecer.

Aquí es a la inversa, se trabaja en base a metas: por ejemplo, cómo visualizamos Uruguay en 2030 en términos de ese equilibrio de intensificación productiva y sostenibilidad, cuánto vamos a estar produciendo de carne pero con qué efecto ambiental. En base a esas metas, derivamos hacia atrás una hoja de ruta y definimos las acciones: para llegar a ello deberíamos seguir determinada estrategia en lo tecnológico, diversas acciones en materia de reestructura de los incentivos ambientales, los mecanismos de regulación y monitoreo, y la inversión que deben hacer las empresas. Con un objetivo claro de dónde queremos llegar, alinear acciones públicas y privadas para cumplir con esa meta. Queremos intensificar, aumentar las exportaciones, incrementar el valor de la producción uruguaya pero que eso no tenga consecuencias irreversibles desde el punto de vista ambiental. Hay malos ejemplos de países que han sufrido esa trayectoria.

—¿Hablamos de producción controlada?

—Yo no diría "controlada". Es una iniciativa de acciones público-privadas coordinadas. Si miramos la estrategia de conservación de suelos, no le decimos a cada productor lo que tiene que hacer. Le decimos que tenemos base científica de que con un determinado manejo va a haber erosión por encima de lo que ese suelo es capaz de reincorporar en materia orgánica. Que el productor haga lo que crea más conveniente, defina económicamente su estrategia de producción, pero no sobrepase niveles de erosión que van a ser irreversibles y terminarán afectando la capacidad productiva del suelo. Ese enfoque es algo distinto a una postura que presupone que desde el Estado sabemos qué es lo mejor que se debe hacer. No lo sabemos, hay factores como precios, capacidades humanas, gestión, una cantidad de combinaciones que es muy difícil establecer. Hemos aprendido de los errores de las economías planificadas y por tanto no hablamos de control. No es ese el camino, pero por otra parte sabemos que incentivos de corto plazo en lo económico pueden ser muy importantes, pero totalmente ineficientes en la cuenta de largo plazo. Por lo tanto, hay que tener cuidado.

Intensivo.

—Dentro de la proyección de la producción intensiva, hay números que resultan muy elocuentes. Ustedes dicen que en 1940, un productor cubría la alimentación para 19 personas, en 1970 para 73 y en 2010 para 155 personas, es una evolución enorme…

—Esa evolución tiene mucho que ver con la intensificación sostenible. Hasta ahora hemos avanzado en términos de productividad. Hacia delante, tenemos dimensiones adicionales a incorporar en la investigación. El cambio va a ser también en términos de un modelo que nos permita desarrollar tecnologías de manejo, de modo que los efectos ambientales sean controlables. Y uno de estos desafíos tiene que ver con que las tecnologías que más fácil se difunden son aquellas que tienen mayor capacidad de apropiación privada, como insumos, semillas, etc., donde hay un gran cambio técnico, porque hay incentivos económicos.

Pero muchas de las tecnologías que nos van a llevar a avanzar en sostenibilidad ambiental no tienen una clara apropiación privada, porque son mejoras de manejo, de monitoreo, pero no necesariamente asociadas a un cambio de paquete tecnológico. Entonces, el gran desafío es cómo incorporamos esas tecnologías y que lleguen al productor.

—¿Cómo hacerlo?

—Ello demanda mucha mayor articulación entre los sistemas de investigación, las políticas públicas y los productores. Lo que vimos con la política de conservación de suelos fue una extraordinaria respuesta del sector privado. Visualizaron muy bien la necesidad de esas medidas, lo que tenemos que hacer es establecer los espacios para difundir y discutir esas tecnologías.

Por un lado está la regulación, pero también hay mucho para avanzar por el lado de las buenas prácticas. Muchas veces existen espacios de ganar-ganar, donde se pueden utilizar otras tecnologías, que tendrán otros efectos con un beneficio ambiental ya su vez no generan mayores costos, pero tenemos que conocerlo y difundirlo.

No obligamos al productor a adoptar tecnologías ineficientes; una vez que el productor internalice esa información, el resultado va a ser mejor. Simplemente por la vía de buscar lo más eficiente podemos ir transitando por una agenda en intensificación sostenible. Y luego hay un área de incentivos, a partir de la matriz de impuestos y las distintas posibilidades de exoneración, donde se puede estimular a cumplir con determinadas políticas. El caso del bosque nativo es un ejemplo en Uruguay. Ha tendido a incrementarse a partir de incentivos fiscales.

El agua.

—Con el uso del agua venimos un escalón más atrás…

—Es un área muy relevante para nosotros. Tenemos lugares más sensibles por la interacción entre la producción y los reservorios de agua para el consumo de la ciudadanía. Eso requiere mayor interacción entre ministerios para tener medidas más efectivas que las obtenidas hasta ahora. Nosotros podemos tener un modelo de intensificación sostenible en términos generales, pero en algunos lugares determinados debemos tener medidas más específicas, porque los efectos son mucho más sensibles.

Eso en cuanto al cuidado del agua, pero también tenemos problemas en cuanto al aprovechamiento del recursos. Las precipitaciones medias anuales andan por los 1.300 milímetros, y el 40% de esa agua se escurre libremente por ríos y arroyos. En ese aspecto, el ministerio de ganadería se ha embarcado en los últimos años en el diseño de una propuesta de riego suplementario, es decir regar soja, maíz, pasturas. Uruguay, tiene por sus características, posibilidades muy buenas de la utilización del agua, y con efectos positivos para el medio ambiente. El desafío es aprovechar ese recurso y transformarlo en insumo de producción, tanto para mejorar la productividad como la variabilidad productiva.

Debemos utilizar mejor el agua, con una estrategia a quince años, de duplicar el área de riego suplementario. Podemos hablar de estrategias prediales, individuales, de otras más asociativas —que no son sencillas de organizar— y también de represamientos de mayor envergadura.

Es una agenda muy exigente en el cambio de hacer las cosas, cómo financiarlas y como mantener la calidad de las aguas y respetar las condiciones de las tierras que se inundan para el represamiento.

—Respetando los criterios de sostenibilidad, ¿cuánto más podemos incrementar nuestra producción?

—Tenemos algunas estimaciones. En el caso de ganadería de carne estamos hablando, a partir de la brecha tecnológica existente, de que se puede aumentar 30-40% la producción en un plazo de 10-15 años cuidando el tema de la intensificación sostenible.

En el caso de granos, el crecimiento vendrá por el lado del riego y ahí las diferencias de rendimiento son arriba del 50%. Los productores tienen un nivel de productividad que no está muy lejos de lo que ha avanzado la investigación, han incorporado muy bien los distintos paquetes tecnológicos. El principal limitante que les queda es la capacidad de riego.

Por otro lado, en la lechería se ha visto un crecimiento sostenido de 4/5% anual en los últimos años, que es posible mantener. A diferencia de países como Nueva Zelanda, hay mucho para expandirse, el techo de producción está muy lejos aún. Pero va a depender mucho de los precios internacionales del producto.

Un país que apuesta a la "agrointeligencia"

—El Uruguay agrointeligente es un concepto que va bastante más allá de la intensificación productiva…

—Sí, porque queremos producir más y cuidar el ambiente, pero también agregar valor a lo que producimos. En carne vacuna tenemos una trayectoria marcada de agregado de valor muy clara. Hace unos años exportábamos a precios menores a nuestros competidores, y hoy estamos por encima o en la misma línea que los principales productores. Allí jugó un rol muy importante la trazabilidad. La desarrollamos con un objetivo sanitario, de inocuidad, pero hoy nos está sirviendo también para lograr competitividad a través de la mejora genética de los animales, y la mejora de la trasmisión de información al consumidor.

—¿Qué otras estrategias apuntan al país agrointeligente?

—Para agregar valor necesitamos mejor manejo de la información, una mejor toma de decisiones, promover la adaptación a la variabilidad climática, incorporar seguros por índice, todas cosas que se han comenzado a hacer en los últimos años. Una agricultura más intensiva en conocimiento y en el uso de las informaciones y las comunicaciones, pero también hacia adelante, en la cadena, empresas intensivas en conocimiento que se acoplan a la base productiva del país que es la agropecuaria, a través de la genética, la bioinformática, etc. Se trata de escalar en la cadenas de valor, y ahí son un entramado de empresas que se comienzan a combinar con un objetivo común que es el procesamiento y la comercialización de alimentos.

Hay un concepto análogo a nivel internacional y que se está discutiendo en Europa; se llama bioeconomía: la visualización estratégica de los países de que las cadenas de base agropecuaria son la oportunidad de un renacimiento industrial. Una industria más intensiva en conocimiento, en innovación, generando empleo mucho más calificado, y todo eso es posible con una base de producción agropecuaria.

Ficha técnica.

Mario Mondelli es Director de la Oficina de Programación y Política Agropecuaria (Opypa) del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Es Ingeniero Agrónomo por la UdelaR, Máster en Economía por la Universidad de San Pablo (Brasil), y Doctor en Economía Aplicada por la Universidad de Missouri (Estados Unidos). Es investigador del Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) y docente en la Universidad ORT y la UdelaR y asesor académico en la Universidad de Buenos Aires, Argentina.

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