Isaac Alfie - Economista

Brasil, Mercosur y después

La semana pasada un influyente Senador brasileño, perteneciente al partido que le da soporte y la mayoría al gobierno de Dilma Rousseff, expresó claramente el sentir de una muy importante porción de los políticos, trabajadores y empresarios de su país, "terminemos con el Mercosur y busquemos acuerdos de comercio libremente con todos los que entendamos conveniente".

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El presidente del Senado, Renan Calheiros se defiende de las sospechas. Foto: AFP

Enseguida sonaron las alarmas, las cancillerías se agitaron aterrorizadas por la posibilidad de concreción de tal impactante anuncio. Rápidamente se logró una declaración en contrario y el alma volvió al cuerpo, "le ratificaron la confianza" al acuerdo y todo se calmó (por un tiempo).

Primero lo anecdótico.

El Senador no dijo vayámonos del Mercosur o, pidamos autorización para tener libertad en nuestro accionar sino, terminemos con el mismo. Ese es el sentir profundo de los brasileños respecto al resto, mucho más desde que "el enano molesto" (nosotros), que le dábamos la pátina de seriedad a este bloque, dejamos de ser molestos, es decir de tener posiciones propias y no dar el consenso requerido para las resoluciones cuando estábamos en desacuerdo —recordemos el episodio de suspensión de Paraguay— para ser serviles de los designios de Itamaraty o la Presidencia de Brasil. Expresamente, el Presidente Mujica lo dijo en más de una oportunidad y a tal extremo fue que en una ocasión que viajó a Brasilia lo justificó diciendo "que iba a pedir unas chapas a Dilma", en lugar de exigir comercio libre para el progreso. Cierto es que la actual Administración Vázquez-Nin intenta cambiar y volver a nuestra historia, pero no les resulta sencillo.

Luego lo profundo.

Desde hace un tiempo en Brasil crece el apoyo a una mayor liberalización comercial y la firma de Tratados de Libre Comercio con actores relevantes del mundo. La idea no sólo está difundida en el ambiente empresarial, sino que se ha expandido al sistema político y cierta porción de los trabajadores. El convencimiento de que la autarquía no funciona es una "imposición" de la realidad. Cuando el año pasado la Unión Europea le quitó las preferencias que todavía conservaba por el SPG, además de la incuestionable conveniencia de tener acuerdos, aparece la necesidad porque los mercados se le cierran en términos relativos y los productos brasileños comienzan a pagar mayores aranceles para entrar.

La actual traba que impide no firmar acuerdos es Argentina; en el pasado se llamó Brasil durante un tiempo y luego, Brasil y Argentina al unísono.

Desde esta columna y en otros ámbitos, he sostenido que Uruguay debía negociar acuerdos de libre comercio con terceros países, con o sin el Mercosur, que para ello debía pedir una dispensa a éste y, en caso no obtenerla cambiar de estatus dentro del bloque o abandonarlo. Pocos meses atrás, el Canciller Nin, concurrió con el Presidente Vázquez a una reunión en Brasilia y a su retorno hablaron en términos bien sensatos; habría acuerdo con Europa y, de ser necesario, a distintas velocidades para cada país. Era el equivalente a la dispensa, sólo que para negociar con una única contraparte y no en general como deberíamos propugnar. Sería un comienzo y como tal habría que tomarlo e iniciar el camino, los hechos luego hablarían por sí solos. Además Europa sigue siendo muy importante en el mundo. Todo indica que Argentina trancó las cosas y alguien, hartado, lo expresó en público. En mi opinión, es obvio que Brasil algo hará, el grito no puede ser casual, ni producto de una improvisación o desvarío "de un loco suelto". Cuando eso pase, nosotros debemos aprovechar la oportunidad, única en los últimos 15 años para hacer lo que debimos hacer hace mucho. En el año 2000, se abrió la puerta para tratados con México, Uruguay terminó siendo el único en firmarlo, en el futuro próximo seguramente se abra para otro u otros, Brasil lo necesita. La circunstancia es además propicia para decirle a Brasil, si ustedes no quieren más Mercosur no tenemos problema, pero firmemos un tratado bilateral de comercio donde rijan las mismas preferencias que ya rigen entre nosotros. Nos liberamos del arancel externo común y con eso el avance es superlativo. Luego, cada uno verá qué hace y cuántos TLC firma, si es de manera conjunta con Brasil mejor, sino solos.

Números.

En materia de comercio de bienes, el origen y razón del acuerdo de 1990, el Mercosur, significa poco; la mayor influencia de nuestros vecinos está en el comercio de servicios y la inversión directa, ambos por fuera del tratado. Argentina redujo notoriamente su peso a lo que era 15 años atrás, Brasil también pero menos. En el 2000, del total de exportaciones, sin considerar las realizadas desde zonas francas (*), 18% tenían destino Argentina, 23% Brasil y 4% China. Ya en 2004, con exportaciones 28% mayores a las de cuatros años antes, esos porcentajes habían variado claramente: 7,6% iban a Argentina, 16.5% a Brasil, mientras que China se mantenía en 3,9%. El año a junio 2015 nos indica que el 4,8% van a Argentina, 16,8% a Brasil y 13,8% a China. La importancia relativa de Brasil, si quitamos China del medio, aumentó en estos años pero la de Argentina siguió bajando. Por eso, esta postura de Brasil es el mejor de nuestros mundos alcanzable en plazos cortos.

Tengo la sensación que se trata de una enorme oportunidad; en lugar de poner el grito en el cielo, deberíamos trabajar para concretarla. Libertad para comerciar, mantener el acuerdo con Brasil (y Paraguay), libertad en nuestro arancel externo común para no autoinflingirnos daño adicional y trabajo duro para integrarnos al mundo.

(*) Desde las zonas francas hoy, celulosa mediante, se exportan unos US$ 1.200 millones, muchos de ellos con destino China, cuando en el 2004, apenas superaban los US$ 200 millones.

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