PAUL KRUGMAN

El auge de Barack Obama

¿Se recuerda al "auge de Bush"? Probablemente, no. De cualquier forma, el gobierno de George W. Bush comenzó con una recesión, seguida por una prolongada "recuperación sin empleos".

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"Estamos unidos contra esta amenaza", dijo Obama. Foto: AFP

Para el verano de 2003, no obstante, la economía empezó a agregar empleos otra vez. El ritmo de la creación no fue nada especial según estándares históricos, pero los conservadores insistieron en que los logros, en cuanto al trabajo después de la depresión, representaban un triunfo enorme, la reivindicación de los recortes fiscales de Bush.

¿Así es que, qué debería decirse de la trayectoria de Obama en cuanto al empleo? El empleo en el sector privado —las cifras relevantes, como lo explicaré en un minuto— llegó a su punto bajo en febrero de 2010. Desde entonces, se ha dado un aumento de 14 millones de empleos, una cifra que me impactó hasta a mí, de aproximadamente el doble de la cantidad de empleos que se añadieron durante el supuesto auge de Bush, antes de que se convirtiera en la gran recesión. Si eso fue un auge, esta expansión, lo supera por amplio margen.

¿El presidente Barack Obama merece el crédito por estos logros? No. En general, los presidentes y sus políticas importan mucho menos para el desempeño de la economía de lo que imagina la mayoría. Los tiempos de crisis son la excepción, y el plan de estímulos de Obama, que entró en vigor en 2009, marcó una gran diferencia positiva. Sin embargo, ese estímulo se desvaneció rápido después de 2010, y tiene muy poco que ver con la situación actual de la economía.

El punto, no obstante, es que los políticos y especialistas, sobre todo de la derecha, insisten en que las políticas presidenciales importan mucho. Y, en particular, se ha atacado a Obama por sus políticas en cada etapa de su Presidencia, de las que sus críticos alegan que "liquidan al empleo"; en una ocasión, el expresidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, utilizó esa frase siete veces en menos de 14 minutos. Así es que el hecho de que el récord del empleo de Obama sea tan bueno como lo es habla sobre algo de la validez de esos ataques.

¿Qué hizo Obama que se suponía que acabaría con los empleos? Bastante, de hecho. Firmó la reforma financiera Dodd-Frank en 2010, que, según los críticos, aplastaría al empleo al privar de capital a los negocios. Incrementó los impuestos sobre los ingresos elevados, especialmente muy hasta arriba, donde el promedio de las tasas tributarias aumentó alrededor de 6,5 puntos porcentuales después de 2012, una medida que los críticos dijeron que destruiría los incentivos. Y aprobó una reforma sanitaria que entró totalmente en vigor en 2014, en medio de aseveraciones de que tendría efectos catastróficos sobre el empleo.

No obstante, no se ha materializado ninguna de las funestas consecuencias que se pronosticaron sobre estas políticas. No es solo que la creación de empleos en general, en el sector privado —que era lo que supuestamente estaba eliminando Obama—, ha sido fuerte. Exámenes más detallados de los mercados laborales tampoco muestran ninguna evidencia de los efectos dañinos que se pronosticaron. Por ejemplo, no hay ninguna evidencia de que el Obamacare condujera a un cambio de los trabajos de tiempo completo a los de medio tiempo, ni ninguna evidencia de que la expansión de Medicaid llevará a grandes reducciones en el suministro de fuerza de trabajo.

¿Entonces, qué aprendemos del impresionante fracaso de fracasar? Que la ortodoxia económica conservadora que domina al Partido Republicano está muy, pero muy equivocada.

En cierto sentido, eso debió haber sido obvio. Ya que la ortodoxia conservadora tiene un punto de vista curiosamente contradictorio respecto de las capacidades y motivaciones de las corporaciones y de los individuos acaudalados; me refiero a los creadores de empleos.

Por una parte, se presume que esta elite es un montón de superhéroes económicos, capaces de producir prosperidad universal con solo convocar a la magia del mercado. Por la otra, se los describe como flores increíblemente sensibles que languidecen frente a la adversidad si se les aumentan los impuestos un poco, si se les somete a unas cuantas regulaciones o, para el caso, si se hieren sus sentimientos en un discurso o dos, y dejarán de crear empleos y, enfadados, se meterán en sus carpas o, más probablemente, en sus mansiones.

Es una doctrina que no tiene mucho sentido, pero transmite el mensaje claro de que, qué tal, resulta que es muy conveniente para la elite: me refiero a que la injusticia es una ley de la naturaleza, por lo que más nos vale no hacer nada para hacer que nuestra sociedad sea menos desigual, ni proteger de los riesgos financieros a las familias comunes. Porque si lo hacemos, insisten los sospechosos habituales, nos castigará gravemente la mano invisible que hará que colapse la economía.

Los economistas pudieron y lo hicieron, argumentar que la historia demuestra que esa doctrina está equivocada. Después de todo, Estados Unidos logró un crecimiento del ingreso rápido y, en efecto, sin precedente en los 1950 y 1960, a pesar de las altas tasas fiscales más allá de los mejores sueños de los progresistas modernos. Es más, hay países, como Dinamarca, que combinan impuestos elevados y generosos programas sociales con un desempeño muy bueno del empleo.

Sin embargo, para quienes no saben mucho sobre historia, ni sobre el mundo fuera de Estados Unidos, la economía de Obama ofrece una poderosa lección en el aquí y el ahora. Desde un punto de vista conservador, Obama hizo todo mal, afligiendo a los cómodos (ligeramente) y reconfortando a los afligidos (mucho), y nada malo pasó. Resulta ser que, después de todo, podemos hacer mejor a nuestra sociedad.

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