ISAAC ALFIE

Los atajos de la irresponsabilidad fiscal

El manejo ortodoxo de las cuentas públicas es siempre la clave en la estabilidad de toda sociedad, cualquiera sea el tiempo de la historia. Ésta está plagada de episodios donde los desequilibrios fiscales —léase déficits de montos excesivos por largos períodos— terminan con gobiernos, sean éstos democracias o dictaduras, como antes lo hacían con los imperios.

Nada ha cambiado desde el fondo de la historia. La piedra Rosetta contiene algunos decretos del Faraón donde concede exoneraciones de impuestos y donaciones de plata y granos a ciertos templos. A partir de ella se descubren otros escritos donde se protesta contra el aumento de los impuestos del Faraón.

Es sabido que Roma termina cayendo cuando envilece su moneda debido a graves problemas fiscales. Éstos llevaron a la primer inflación que se tiene registro. El imperio emitía moneda con cierto contenido metálico y eso reflejaba su "valor". La cantidad de metal es finita pero los gastos y el despilfarro hacía que los impuestos no alcanzaran para financiarlo, entonces se ideó una "trampa", comenzaron a limar las monedas para reducirle su contenido metálico por debajo del comprometido.

Cuando la gente percibe que hay más monedas en circulación de las que desea —más emisión de dinero—, comienza a desprenderse de ella y los precios aumentan. Nace la inflación, el descontento popular, y el mayor y más poderoso imperio conocido hasta entonces, cuya cultura aun hoy nos ilumina con las bases del derecho, desaparece. La revolución inglesa nace para controlar los gastos del Rey; en la americana, la suba del impuesto al té (de allí el Tea Party), fue el catalizador de la insubordinación que se venía gestando. Mucho más cercano en el tiempo, la URSS cae porque no puede aguantar más el desequilibrio fiscal pese a sus inmensas riquezas.

En las modernas economías donde las democracias liberales y republicanas son la norma, las cosas se resuelven de manera menos "dramática", se cambia el gobierno. El desequilibrio fiscal se debe financiar de alguna manera y, hasta ahora, sólo se conocen tres; contratando deuda, disminuyendo las reservas (que equivale a aumentar la deuda neta) y emitiendo moneda por parte de los bancos centrales.

En general el orden en que se utilizan las fuentes de financiamiento como principales es ese, deuda —reservas— moneda. La norma es que cuando se llega a la moneda suele suceder que prácticamente se han agotado las dos primeras y, entonces, la inflación viene a solucionar lo que el sistema político no supo, se animó o pudo hacer. Se tomó el atajo para devolver cierto equilibrio a las variables reales, pero se entró en otro problema, se pierde la estabilidad de precios que conduce a menores tasas de inversión y crecimiento, dada la inestabilidad que generan, abriendo paso al aumento de la pobreza y la desigualdad.

Lo que sucede en Brasil y Argentina son ejemplos claros, aunque diferentes. Ambos tiene déficits fiscales insostenibles, más de 9% del PBI Brasil y en el entorno de 7% Argentina. Brasil por el momento se sigue endeudando y restringe la emisión tanto como puede, pero el camino que le queda para evitar la escalada inflacionaria es reducir los gastos y aumentar los impuestos, o congelar nominalmente los gastos por un tiempo y dejar que la inflación haga su trabajo. Con una inflación del orden de 10%, en menos de dos años el gasto real habrá caído lo suficiente para ordenar las cuentas. Políticamente parece más fácil este camino que el planteado por su Ministro de Finanzas.

En Argentina la situación es diferente, la etapa de deuda y reservas para el gobierno que se va ya se cumplieron, siendo la venta de algunos activos expropiados a los fondos de jubilaciones y la emisión de dinero del banco central quien financia la brecha. La inflación se reprime con controles, cepos y otros mecanismos que únicamente generan más distorsiones, escasez y freno a la actividad económica. A diferencia de Brasil, en Argentina el déficit está explicado en gran medida por los enormes subsidios a la energía y el transporte. A su vez, si normaliza su relacionamiento con el mundo y muestra un cambio de conducta es posible que pueda endeudarse y comprar tiempo para hacer las cosas que debe hacer.

No será fácil convencer a la gente que le preste a alguien que cada tanto no paga y alardea de ello, pero lo cierto es que el nivel de endeudamiento en bajo.

En esta zona del mundo a quienes se muestran preocupados por tener cuentas públicas saneadas se los suele descalificar pero al final del camino siempre se termina recurriendo a ellos cuando la situación es insostenible. Los elevados déficits fiscales conducen al endeudamiento y, cuando éste es excesivo, atajo mediante, a la inflación. Hay una relación causal directa.

Las autoridades económicas de nuestro país bregan por evitar el atajo, pero políticamente no parecen encontrar el eco adecuado dentro de su propio partido donde son minoría.

Uruguay goza de una bien ganada buena reputación y consigue endeudarse para financiar su desequilibrio —la última emisión de deuda es prueba de ello—, esto le concede tiempo para hacer el ajuste que debe procesar sin grandes traumas, pero para ello debe encararlo. Lamentablemente no percibo que se esté haciéndolo, más allá de ciertas acciones laterales vía tarifas públicas. El tiempo es ahora, luego, si el dinamismo de la economía no es el necesario, será tarde.

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