PAUL KRUGMAN

La arrogancia económica

Según la prensa, el gobierno de Trump está basando sus proyecciones presupuestarias en el supuesto de que la economía estadounidense crecerá muy rápidamente en la próxima década; de hecho, casi el doble de rápido de lo que esperan instituciones independientes, como la Oficina Congresal del Presupuesto y la Reserva Federal.

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Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto: Reuters.

Hasta donde podemos decir, no hay ningún análisis detrás de este optimismo; más bien, la cifra se metió para hacer que el panorama fiscal se viera mejor.

Yo supongo que solo podía esperarse esto de un hombre que sigue insistiendo en que el crimen, que, de hecho, está en niveles bajos casi récord, está en un nivel elevado récord; que la culpa de que haya perdido el voto popular la tienen millones de boletas electorales ilegales, y así sucesivamente: en el trumpmundo, los números son lo que uno quiere que sean, y todo lo demás son noticias falsas. Sin embargo, la verdad es que la arrogancia injustificada sobre la economía no es trumpespecífica. Por el contrario, es la moderna norma republicana. Y la pregunta es, ¿por qué?

Antes de llegar a eso, algo sobre por qué es injustificado el optimismo extremo sobre el crecimiento. Al parecer, el equipo de Trump está proyectando el crecimiento entre 3 y 3,5% para una década. Eso sí tendría precedentes: la economía estadounidense creció a 3,4% durante los años de Reagan y 3,7% con Bill Clinton. Sin embargo, es poco probable que haya una repetición de ese desempeño.

Para empezar, en los años de Reagan, la generación de la posguerra seguía ingresando a la fuerza laboral. Ahora, van de salida y el aumento en la población en edad de trabajar ha bajado al nivel del suelo. Este solo cambio demográfico, si otras cosas permanecen igual, debería restarle cerca de un punto porcentual al crecimiento estadounidense.

Más aún, tanto Reagan como Clinton heredaron economías deprimidas, con el desempleo muy por arriba del 7%. Esto significó que había mucha distensión económica, lo que permitió un crecimiento rápido cuando los desempleados retornaron al trabajo. Hoy, en comparación, el desempleo está por debajo del 5% y otros indicadores sugieren una economía cercana al empleo pleno. Esto deja muchas menos oportunidades para un crecimiento rápido.

La única forma en la que podríamos tener un crecimiento milagroso sería un enorme arranque en la productividad. Sin embargo, no se puede decir que sea algo que se debiera suponer para una proyección de referencia. Y, sin duda, que no es algo con lo que uno debiera contar como un resultado de las políticas económicas conservadoras.

Como dije, la creencia en que las reducciones fiscales y la desregulación van a producir en forma confiable un crecimiento increíble no es exclusiva del gobierno Trump-Putin. Le oímos decir eso mismo a Jeb Bush; también de republicanos congresales, como Paul Ryan. La pregunta es ¿por qué? Después de todo, no hay nada —nada en absoluto— en los registros históricos que justifique esta arrogancia.

Sí, Reagan presidió un crecimiento bastante rápido. Sin embargo, Bill Clinton, quien le aumentó los impuestos a los ricos, en medio de proyecciones seguras de la derecha de que ello causaría un desastre económico, presidió un crecimiento todavía más rápido. El ex presidente Barack Obama presidió un crecimiento muchísimo más rápido que el de George W. Bush, aun si se deja fuera el colapso del 2008. Es más, dos de las políticas de Obama que la derecha odió por completo— el aumento en los impuestos de los ricos en el 2013 y la implementación en el 2014 de la Ley de atención asequible— no produjeron ninguna disminución en la creación de empleos.

Entre tanto, la creciente polarización de la política estadounidense nos ha dado lo que equivale a experimentos de política económica en el ámbito estatal. El gobierno de Kansas, dominado por los verdaderos creyentes conservadores, implementó drásticas reducciones fiscales con la promesa de que con ello se echaría a andar un crecimiento rápido: se generó una crisis presupuestaria. La semana pasada, los legisladores de Kansas tiraron la toalla y aprobaron un gran aumento fiscal. Al mismo tiempo, la mayoría demócrata, recién dominante en California, aumentó los impuestos. Los conservadores lo declararon "un suicidio económico", pero, de hecho, al estado le está yendo muy bien.

La evidencia, entonces, no concuerda en absoluto con las aseveraciones de que la reducción de impuestos y la desregulación son los maravillosos fármacos económicos. Entonces, ¿por qué un partido político completo continúa insistiendo en que son la respuesta a todos los problemas?

Sería bueno fingir que todavía sostenemos una discusión seria y honesta, pero no es el caso. En este punto, tenemos que ser realistas y hablar de a quiénes corresponden los intereses que se están atendiendo.

No importa si recortar los impuestos de los multimillonarios mientras se les da libertad a los estafadores y contaminadores para estafar y contaminar, es bueno para la economía en su conjunto. Dado que el financiamiento de las campañas electorales es lo que es, se crea un claro incentivo para que los políticos sigan apoyando una doctrina fallida, que los organismos de investigación sigan inventando excusas nuevas para esa doctrina y más.

Y en tales asuntos, Donald Trump realmente no es peor que el resto de su partido. Desafortunadamente, tampoco es mejor.

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