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Vivir del lado correcto

Las expresiones inclusivas y no discriminatorias se colaron en la vida cotidiana, aunque levantan resistencias y cuestionamientos.

Lo políticamente correcto despierta polémica entre defensores y académicos.
Lo políticamente correcto despierta polémica entre defensores y académicos.

"Maricones y tortas acá no pueden bailar", sentenció el hombre. Las dos jóvenes que habían cruzado a la Plaza Fabini aquel domingo de noche para bailar un tango en el espacio de "Milonga del Entrevero" lo miraron atónitas. Florencia y Lucía, las dos protagonistas de la anécdota, intentaron defenderse pero fue en vano. Pronto una mayoría de los presentes comenzó a apoyar a viva voz a quien había intervenido en primer término. Tuvieron que irse. De nada valió la intervención del director de la sala Zitarrosa, Jorge Schellemberg, que terminó igualmente corrido por un grupo de enfurecidos "veteranos".

Esto ocurrió en marzo de 2015 y dio lugar a una encendida polémica a la luz de los derechos vulnerados de las dos jóvenes. La Intendencia de Montevideo suspendió el espacio e intimó a los organizadores a "que hagan público el reconocimiento del error cometido" y que participen "de acciones de formación en políticas de género e inclusión, las cuales serán coordinadas por la Secretaría de la Mujer" de la comuna.

El episodio es uno de los tantos que puso en el tapete los usos y términos discriminatorios frente a lo que, en general, podría denominarse como lo políticamente correcto. Y, como en toda discusión, el uso de los términos pasa a ser central.

"Puede definirse la corrección política como la actitud o conducta orientada a lograr cierta igualdad entre las diversas minorías étnicas, políticas, ideológicas y culturales que componen una sociedad multicultural y multiétnica; pero revirtiendo el equilibrio de poder —lo que se llama discriminación positiva— en favor de las autodefinidas como minorías oprimidas: negros, mujeres, homosexuales, emigrantes, etcétera", señala Fundéu BBVA, que cuenta con asesoramiento de la Real Academia Española (RAE).

Lo cierto es que la corrección política atraviesa buena parte de los términos del habla y la escritura cotidiana. La utilización de la fórmula "todos y todas" al iniciar una alocución es habitual en los discursos oficiales. Estos desdoblamientos se prolongan en enumeraciones del tipo de los "funcionarios y las funcionarias", "los niños y las niñas", "los maestros y las maestras", entre otras referidas a precisiones de género. También se aplican o recomiendan expresiones no discriminatorias desde el punto de vista étnico, como el término afrodescendiente.

Sin embargo, lejos de ser formas que se han impuesto en el habla diaria hay posiciones encontradas acerca de su uso y de los efectos que estos tengan en la sociedad. Activistas, académicos, estudiosos de la lengua, tienen puntos de vista opuestos.

Visibilizar.

El uso de desdoblamientos, la sustitución de los artículos masculinos y femeninos por neutros son defendidos por feministas y, en general, los militantes de lo llamado políticamente correcto."Creo que al menos está llamando la atención, al instalar la polémica sobre si es correcto o no expresarse de tal manera u otra", opina la socióloga Teresa Herrera, también activista.

Herrera reconoce que si bien estas expresiones inclusivas ayudan a visibilizar un problema de fondo pueden, a la larga, resultar reñidas con las reglas del lenguaje. "Quiero aclarar que si bien soy partidaria del uso de expresiones inclusivas y no discriminatorias, esto es siempre y cuando no genere dificultades en la comprensión de un texto", puntualiza.

A su juicio, el debate que debe darse la sociedad en cuanto a cuestiones de equidad de género se ve apoyado por la aplicación de una terminología adecuada.

"Lo que logra toda esta discusión es echar luz sobre cuestiones que antes dábamos como totalmente naturalizadas, cuando no lo son. De manera que más allá de la polémica sobre si está bien o está mal, nos hace reflexionar sobre estos temas, sobre la necesidad de cambiar y de ponerle nombre a las cosas", sostiene.

Ponerle nombre a las cosas, un punto en el que coincide la docente y activista Lilián Abracinskas, de la organización Mujer y Salud del Uruguay (MySU).

"El lenguaje comunica, nombra, incluye o excluye, pacifica o agrede. Por lo tanto, creo que planteárselo como problema nos ayuda a visibilizar algo que está pasando en la sociedad", opina Abracinskas.

El ejemplo que le viene a la mente enseguida es el término "todos" para las generalizaciones. "Pensemos que lo general es masculino, ¿pero por qué usamos el masculino y no el femenino? Hay que preguntarse por qué hablamos en masculino, después de todo podríamos ponernos de acuerdo y usar el femenino", dice.

Una discusión que el académico español Ignacio Bosque intentó zanjar hace cinco años cuando publicó su trabajo Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer.

"Nadie niega que la lengua refleje, especialmente en su léxico, distinciones de naturaleza social, pero es muy discutible que la evolución de la estructura morfológica y sintáctica dependa de la decisión consciente de los hablantes o que se pueda controlar con normas de política lingüística", escribió Bosque.

No obstante, las múltiples referencias sexistas recogidas en el Diccionario de la Real Academia Española ha minado la confianza de las feministas que terminan por cuestionarlo y exigir cambios.

"Los integrantes de la Real Academia son los que conformaron el sexismo, utilizando expresiones tan discriminatorias como las de hombre público, para referirse por ejemplo a un político. En cambio cuando se utiliza mujer pública se están refiriendo a una prostituta. Entonces se trata de una forma de utilización del lenguaje que tiene doble moral", argumenta Abracinskas.

Lo cierto es que, más allá del trabajo de Bosque, la propia RAE como tal ha recomendado en forma explícita desechar las formas pretendidamente inclusivas.

"Los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas. Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto", señala la aclaración de la RAE.

Cuestión de términos.

"Estas iniciativas me hacen acordar a aquellas que surgieron en la década de los 70 cuando quisieron prohibir la palabra tupamaros y otro conjunto de palabras. Evidentemente fue una medida que no sirvió para nada, y con esto pasa algo similar", dice el profesor Juan Justino Da Rosa, lexicólogo y exdirector del Departamento de Lenguas y Literatura de la Academia Nacional de Letras.

Da Rosa observa que la aplicación de términos supuestamente inclusivos abarca no solo cuestiones de género, sino también discapacidades o aspectos raciales y generalmente proviene de organismos oficiales. "Lo que ocurre es que el lenguaje no puede obedecer a una normativa impuesta desde organismos extra lingüísticos. Fíjese que ni siquiera la Real Academia ha tenido éxito cuando ha querido imponer una determinada norma", señala.

El lexicólogo analizó lo ocurrido con un término planteado como forma de evitar la discriminación racial. "Pasa con verdaderos eufemismos como el término afrodescendiente, es un caso clarísimo. En primer lugar no es correcto y luego es utilizado por las elites, cuando se empezó a hablar de esto los propios negros me llamaban para preguntarme cómo tenían que denominarse a partir de ahora, ya que siempre se habían denominado y reconocido como negros, una larga tradición cultural que lleva el uso de esta palabra", asegura.

Da Rosa señala que el lenguaje debe ser visto como un organismo vivo que evoluciona de acuerdo con sus propias leyes. "La lengua obedece a la libre inter-relación entre las personas, es un organismo muy complejo que no obedece a normativas o a viejos sistemas que caducaron y perdieron total eficacia", añade.

A conclusiones parecidas llegó el psicólogo Gabriel Eira, docente e investigador del Instituto de Psicología Social, que basó su tesis de doctorado en la Universidad de Córdoba en una investigación sobre cuestiones de género en locales nocturnos. "Puede decirse que el lenguaje revela los modos de vida de quien lo utiliza, y genera una realidad. A modo de ejemplo, cuando yo estoy prometiendo algo estoy produciendo una realidad", explica el investigador.

"Yo creo que el eufemismo es el mayor problema que tenemos. Por ejemplo, cuando decimos adulto mayor lo que está pasando es que mientras lo decimos estamos pensando que es lo mismo que decir viejo. Porque las reglas no se logran cambiar por decreto, sino por el balance de fuerzas semiótico-políticas", apunta.

Otro ejemplo de cómo se ha logrado cambiar algunos términos con éxito es el uso de la palabra presidenta. En un principio el uso del femenino para el término fue rechazado por razones lingüísticas, aunque continuó usándose por la fuerza de los hechos, sobre todo cuando tres países sudamericanos tenían primeras mandatarias mujeres. En 2011 la fundación Fundéu BBVA, publicó una extensa argumentación en favor del uso de la palabra presidenta.

"Nada en la morfología histórica de nuestra lengua, ni en la de las lenguas de las que la nuestra procede, impide que las palabras que se forman con este componente (ente) tengan una forma para el género femenino", concluía.

Y agrega más adelante: "Para que una lengua tenga voces como presidenta, solo hacen falta dos cosas: que haya mujeres que presidan y que haya hablantes que quieran explícitamente expresar que las mujeres presiden". Con ello y por la fuerza de los hechos el tema pareció quedar laudado.

La lucha contra los estereotipos, los calificativos degradantes con ribetes sexistas, homófobos, racistas, xenófobos y todas las expresiones de violencia real que han germinado instalaron una era de lo políticamente correcto.

Sin embargo, algunas iniciativas de este tenor continúan levantando encendidas polémicas. El manual publicado por el Mides —Comunicación y discapacidad. Guía de buenas prácticas para trabajadoras y trabajadores de la comunicación— es una de ellas (ver página 1).

Con batallas ganadas y terrenos aún disputados, la corrección política continúa sobrevolando varios de los temas más sensibles de la agenda pública. Algunos expertos creen que estas iniciativas cumplirán un ciclo, en tanto que sus defensores están convencidos de que llegaron para quedarse.

El manual dirigido a periodistas

La Guía de buenas prácticas para trabajadoras y trabajadores de la comunicación publicada por el Mides y dirigida a informar sobre personas con discapacidad ofrece algunas recomendaciones generales y sobre uso de términos. En este terreno, el manual contiene una tabla de expresiones adecuadas y prohibidas. Por ejemplo, propone en vez de "confinado a una silla de ruedas", "persona que se traslada en una silla de ruedas". O en vez de "corto de vista", "persona con baja visión". En vez de "el ciego, o invidente, o cieguito, o no vidente" propone "persona ciega".

Afrodescendiente, negro y la “intencionalidad”

Isabel Oronoz es periodista y asesora en comunicaciones del Correo uruguayo. Pero por mucho tiempo fue la encargada de comunicaciones de la organización Mundo Afro. Alejada de las organizaciones de la comunidad negra uruguaya Oronoz tiene una visión crítica en torno al uso de términos como “afrodescendiente”. “En 2001 se hizo la Conferencia Mundial Contra el Racismo en Durban, y siempre se dice que entramos como negros y salimos como afrodescendientes”, recuerda. “Entiendo que está bien su uso, pero en determinadas circunstancias, por ejemplo si estoy hablando de la música o la poesía afrouruguaya, ahí necesito el término”, explica. “Tradicionalmente la palabra ‘negro’ o ‘negro de mierda’ ha sido un insulto. Pero, depende de cómo lo diga, también afrodescendiente puede ser un insulto”, apunta. “El hecho de que tú utilices una palabra no cambia la intencionalidad del emisor”, concluye Oronoz.

Opinión


RENZO ROSSELLO
Palabras que trajo el viento


La neolengua (newspeak) es una forma de habla que creó el escritor George Orwell para su novela más célebre, 1984. El objetivo de esta nueva forma de expresión era, en la historia que narra Orwell, abandonar las viejas formas del habla por términos nuevos y autorizados por el régimen. Así, por ejemplo, bienpensadamente (good- thinkwise) quiere decir a la manera ortodoxa. Las intenciones del régimen eran las de crear un pensamiento único basado en este nuevo lenguaje. Si bien las intenciones de la corrección política son bien distintas, terminan por abonar formas de pensamiento uniforme. Combatir las peores taras de la sociedad -el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia- implica cambios profundos que empiezan por una educación adecuada. Y requieren, además, consensos muy amplios, algo muy distinto a la intervención de organismos oficiales que dicten normas de manera centralizada. Como todo cambio debería reflejarse en el lenguaje, parece ser una enorme tentación para quienes pretenden dirigir grandes procesos de reforma o quienes lideren en forma autoritaria el incidir sobre él. Cualquiera con más de cinco décadas recuerda lo que pasó con intentos similares en este país. Intentos más recientes sorprenden, como cuando una Secretaría de Estado produce una “Guía de buenas prácticas para trabajadores y trabajadoras (sic) de la comunicación”, que, además de violentar las reglas del castellano, busca imponer unas determinadas formas de expresión que, casi invariablemente, son eufemísticas. Decir “todos y todas” no abrirá mi conciencia más que observar la falta de equidad que todavía domina entre hombres y mujeres. Evitar el uso cariñoso de “negrito” o “negrita” porque puede parecer discriminatorio termina siendo un sinsentido. A la luz de los hechos, la era de lo políticamente correcto parece haber levantado más ampollas que sanado viejas heridas. Y, verdadera paradoja, el nuevo lenguaje inclusivo termina por ser excluyente para la mayoría.

opinión


FABIÁN MURO
No querer acomodar el cuerpo

“No estoy a favor de la discriminación/el racismo/el machismo/la homofobia, pero...”. Casi nunca fallaba. Lo que venía luego del “pero” era o a favor de todo eso o -más probablemente- una atenuación argumental de todos los efectos y las consecuencias de esas estructurales (o sistémicas) injusticias.
Los detractores de la corrección política, las más de la veces, hacían control de daños. Ya no lo necesitan. Luego del inapelable triunfo electoral y cultural de Donald Trump, cayó también esa careta, y lo que aflora ahora son rostros de -por lo general- hombres enojados que insultan, a veces amenazan, o se burlan. Burlarse de alguien parece ser el goce supremo de quien codicia la calificación “políticamente incorrecto”. A veces ocurre, también, que ese que se burla de una mujer por su apariencia u orientación sexual (o de un rasgo físico como la nariz de un afro o de un judío), se victimiza. Casi al mismo tiempo. Es una operación cerebral y moral absolutamente fascinante: el matón que se autopercibe como víctima. “¿¡Cómo no le voy a poder decir negro/yegua/judas/puto!?”, exclama consternado y denuncia censura, dictadura, pensamiento único, y mucho más. ¿Tal vez haya una necesidad de sentir que hay un grupo que la está pasando peor que uno mismo?
Creo, sin embargo, que es principalmente comodidad. Es muy cómodo ser hombre, heterosexual y con una profesión conseguida en base a una educación formal (si es paga, mucho mejor). Desde luego que es muchísimo más cómodo ser blanco que negro.
Percatarse que hay nuevas voces que se expresan, que exigen respeto, un lugar con más visibilidad y poder incidir sobre sus condiciones de vida, le reclama a ese incorrecto empezar a limpiar en casa, encargarse de esos molestos y demandantes gurises, reprimir ese comentario lascivo o denigrante. Mucho laburo, por lo visto. Demasiado. Pero qué alivio para ellos: está de moda ser políticamente incorrecto. Uruguay will be great again.

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