NOMBRES

La vida entre costuras

Kathryn Sargent es la primera mujer cortadora en jefe en la Savile Row en Londres, famosa por sus talleres de sastrería.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Kathryn Sargent, sastre y empresaria británica.

El objeto más preciado de un sastre son sus tijeras (shears como son llamadas en inglés) y las de Kathryn Sargent —41 años, soltera, sastre y empresaria— descansan sobre uno de los magníficos mesones de trabajo en su atelier. Son las tres de la tarde de un soleado día y la luz inunda cada rincón, cada libro, cada traje, en su estudio en el exclusivo barrio de Mayfair, en el centro de Londres. Tanto Kathryn como sus preciadas shears, se dan un respiro de la jornada de corte que realizan cada mañana.

"Ningún día es igual al otro", recalca, mientras se acomoda para contestar a una pregunta que solo ahora se atreve a responder, seis años después de haber marcado un hito: ¿Qué se siente ser la primera mujer cortadora en jefe y formar parte de la historia de Savile Row?

"Cuando fui nombrada cortadora en jefe en el 2009, no pensé en la importancia de este logro. Lo viví más como un premio a mi esfuerzo que como un hecho relevante. Hubo mucho revuelo en la prensa, lo que me dio un poco de vergüenza. ¡Pero ahora me encanta! Le he tomado el peso a lo que realmente significa y me siento muy orgullosa de lo que he conseguido con mi trabajo".

Llegar a ser cortador en jefe (head cutter) en una satrería cualquiera, es un logro. Llegar a ser cortador en jefe en una sastrería de Savile Row, es un honor. Y ser la primera mujer en lograrlo en una de las sastrerías más icónicas de Inglaterra, es hacer historia. En los más de 200 años de existencia de esta calle londinense, que hospeda a las más exclusivas sastrerías del mundo, nunca una mujer había asumido un cargo de esta naturaleza. Botoneras, bordadoras, encargadas de terminaciones o hasta asistente de ventas ha habido unas cuantas. Encargadas de hablar con el cliente e interpretar sus requerimientos, tomarle las medidas, sugerir y seleccionar las telas a usar, cortar los patrones y el material... eso no lo había hecho ninguna mujer hasta el año 2009. Entonces apareció Kathryn.

"Llegué a Savile Row cuando aún estaba en la universidad, en el último año de Diseño de Vestuario", recuerda Kathryn. Sabía que quería hacer la práctica ahí porque su intención era aprender las técnicas de la costura. Y qué mejor lugar que Savile Row, donde todos los sastres aplican el conocimiento que han aprendido trabajando en el oficio. Un conocimiento que se ha ido pasando generación tras generación.

El campus Epsom Fashion de la University for the Creative Arts en Surrey (a una hora de Londres) fue su alma máter. Originalmente de la ciudad de Leeds, en el norte de Inglaterra, Kathryn sabía que mientras más cerca de Londres estuviera, más posibilidades tendría de desarrollar una carrera en el diseño de vestuario masculino. Esta decisión la tomó apenas ingresó a la universidad, a comienzos de los 90. De los 60 alumnos que entraron en su generación, solo cinco optaron por diseño de vestuario masculino. Ella era la única mujer. "Quería destacar. No sabía nada de costura, ni cómo usar una máquina de coser. Quería aprender todo eso y optar por confeccionar ropa de hombre fue un verdadero desafío autoimpuesto".

Una cosa llevó a la otra, y pronto Kathryn se encontraría golpeando a las puertas de las sastrerías más exclusivas del mundo, en busca de una oportunidad para hacer su práctica profesional. Esta llegó de la mano de la emblemática Gieves & Hawkes, que establecida en 1771 cuenta con una historia rica en tradición, calidad y prestigio.

"Fue a mediados de los 90 cuando comencé mi práctica en Gieves & Hawkes, en Savile Row. En ese entonces, no había cosa más uncool y retrógrada que vestir ropa hecha a medida. Pero yo quería aprender las técnicas ancestrales y tuve la suerte de aprender del mejor: Robert Gieves, quinta generación de sastres de la familia Gieves. Aprendí todo lo que sé de él. Era una fuente de conocimientos".

Sin embargo, el camino no fue fácil para Kathryn. Desde las constantes preguntas —"¿estás segura que quieres hacer esto?"—, hasta ser puesta a prueba con mayores exigencias, ella reconoce que fue un duro aprendizaje, pero nunca se sintió discriminada. Y valora cada uno de los momentos vividos, incluso uno que aún recuerda. "En toda mi carrera, solo un cliente se rehusó a que le tomara las medidas por ser mujer: ¡y fue precisamente una mujer! Me dijo que por qué no mejor me dedicaba a ser cosmetóloga o vendedora. Me afectó mucho, pero no lo vi como un ataque personal sino como alguien tradicional que prefería ser atendida por la misma persona que siempre la había atendido".

Irónicamente, en 1998 y gracias a sus creaciones de vestuario femenino, Kathryn fue galardonada en la renombrada competencia Golden Shears (algo así como los Oscar británicos de la sastrería) que premia a estudiantes en práctica y talentosos aprendices. Organizada por Merchant Taylors Company (asociación que agrupa a sastres y sastrerías del Reino Unido) la competencia ha visto un incremento en las mujeres galardonadas.

Diversidad y gusto.

Quizás esto sea una clara señal que en el mundo sartorial lo que importa es el talento y no el género. Todo lo demás forma parte del anecdotario del oficio. Y Kathryn lo tiene claro. Después de todo, fue formada en uno de los lugares donde las historias son parte integral de todo. Eso sí lo que sucede en The Row (como también es conocida) se queda en The Row. Cualquier cuento o nombre filtrado a la prensa es mera coincidencia y no representa los valores de prudencia y discreción de Savile Row. "Por respeto a mis clientes, prefiero no dar detalles. Solo puedo decir que son personas del ámbito político, hombres de negocios, actores. También puedo decir que el más joven tiene 21 años".

Kathryn ni siquiera reconocería si se ha dirigido personalmente a la reina Isabel de Inglaterra o a la familia real, aunque haya estado sentada a metros de ellos en el almuerzo celebratorio de los 60 años en el trono de la monarca, realizado en 2012 en la sede del congreso inglés. "Fui invitada al evento por la Merchant Taylors Company en representación de los sastres de Savile Row. Fue todo un honor. Recién había abierto mi propio atelier y yo creo que me eligieron como una forma de demostrar que The Row y el mundo de la sastrería en general está cambiando de acuerdo a los tiempos, que están evolucionando. Que ya no es un se permiten solo caballeros, sino que hay espacio para la diversidad".

Como apasionada de lo hecho a medida, las repisas, los mesones de trabajo y los escaparates de su atelier fueron fabricados de acuerdo a sus requerimientos. "Todo pensado para crear un espacio cómodo, donde mis clientes puedan venir, sentarse, tomarse una café y relajarse mientras discutimos lo que quieren", cuenta orgullosa Kathryn.

Con precios que van desde casi 4.500 dólares por una chaqueta y un poco más de 5.400 por un traje, los clientes de Kathryn saben que pueden exigir lo que deseen. Como por ejemplo, pedir verdadero hilo de oro para adornar un abrigo o el uso de paño hecho de lana de vicuña peruana, lo más exquisito en lana que se puede conseguir por el momento.

"Todos los materiales van incluidos en el precio, lo mismo que la mano de obra que es de alrededor de 50 horas por persona para un traje. Estamos hablando de entre tres y cuatro meses de trabajo, desde la consulta inicial, la toma de medidas, las pruebas y la entrega. El resultado es una hermosa pieza hecha para durar. Hay familias en que una chaqueta ha sido usada por tres diferentes generaciones. Esa calidad solo la puede entregar una prenda de sastrería bespoke".

Básicamente, la sastrería bespoke se diferencia en que para cada cliente viene cortado un patrón único de acuerdo a sus medidas y requerimientos especiales, y todo es hecho y cosido a mano. De ahí la importancia de la labor de Kathryn como (maestro cortador) en su atelier, aunque reconoce que prefiere participar en cada una de las etapas que conlleva.

"La moda masculina evoluciona más despacio que la femenina. Aunque estoy pendiente de lo que está in y out, no creo mucho en lo que es moda sino más bien estilo. Se pueden elegir materiales más trendy o colores o accesorios, pero la hechura del traje tiene que hacer lucir bien a mi cliente, no seguir una moda. Yo busco crear piezas que identifiquen a mis clientes y los hagan lucir radiantes y sofisticados". *EL MERCURIO/GDA

Medidas hasta en avión.

Con clientes que la siguen desde los tiempos de Gieves & Hawkes y un equipo de tres talentosos sastres (dos mujeres y un hombre), Kathryn comienza el proceso con la consulta inicial. Dependiendo si es un cliente nuevo o no, esta puede durar desde 30 minutos hasta un par de horas.

"Necesito saber el estilo de vida de mi cliente y dónde pretende usar la ropa; dónde vive, cómo es el clima, así podemos elegir juntos el estilo y los materiales que se ajusten mejor a sus necesidades", comenta.

Provenientes de Norteamérica, Europa, Medio Oriente, Asia y últimamente Rusia, todos los clientes de Kathryn son vistos previa cita, y si los compromisos les prohiben visitarla en su atelier londinense, ella se embarca en un avión y va donde la necesiten.

Son entre 25 y 30 medidas las necesarias para clientes nuevos. Para los antiguos basta usar los datos y patrones del archivo. Cuando la hechura, la tela y las medidas han sido definidas, se corta el género y se hilvana para la primera prueba. Ahí, con el cliente parado frente al espejo por alrededor de una hora, se hacen las modificaciones necesarias para obtener el calce y movimiento deseados. El proyecto de traje es enviado nuevamente a los sastres para las alteraciones específicas, de modo que esté listo para la próxima prueba. Todo este proceso tarda de unas seis a ocho semanas.

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