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Un viaje hacia el pasado: Kyoto en solo 24 horas

Si tiene apenas un día, ni lo piense: tome el tren bala en Tokyo y experimente estas postales de la antigua capital japonesa, en un paseo para deslumbrarse con templos, geishas y mucha paz.

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Tiene más de 200 templos y una veintena son patrimonio mundial.

Tras poco más de dos horas en un tren de alta velocidad, el traslado es en el tiempo y el espacio. De la híper moderna y fascinantemente sofisticada Tokyo, se llega a la antigua capital, Kyoto, hoy centro cultural e intelectual de Japón, donde se conservan tradiciones más que centenarias de este país. Desde templos hasta geishas, pasando por comidas y jardines de otras épocas y esplendores, mezclados siempre con la modernidad de estos días. Y eso se puede ver desde el comienzo.

La estación de trenes de Kyoto, inaugurada en 1997, es la segunda más grande de Japón y, con sus 15 pisos, es como una ciudadela en sí misma: tiene tiendas, cafés y restoranes gourmet de última generación. Sin embargo, basta tomar un taxi o bus hacia el barrio de Gion para ver el Kyoto que uno espera. El que fuera sede de la corte imperial entre los años 794 y 1868, que hoy alberga un millón y medio de habitantes, y que continúa atrayendo a millones de turistas que la recorren en busca de tesoros patrimoniales y —también— de la calma que se respira.

Construida de acuerdo a los principios del feng shui, y rodeada con las flores emblema —cerezos, azaleas, acer o camelias—, aquí hay belleza y paz en todas partes. Como dice la cronista de viajes Lauren Elkin, en Kyoto "la paleta de colores me hizo sentir profundamente tranquila; todo verde y gris profundo... Kyoto es vivible, manejable, estéticamente interesante y, sobre todo, un lugar para caminar".

Caminar.

Justamente un buen comienzo para un recorrido exprés por esta ciudad es caminar por las callejuelas del barrio de Gion, uno de los más famosos —o el más famoso— sobre todo porque aquí es posible ver a las famosas geishas.

Subiendo por sus calles se aprecia la arquitectura de pequeñas casas de madera, de fines del siglo XIX, además de innumerables tiendas de té, souvenirs, dulces tradicionales o kimonos de algodón llamados yukata (los que se usan para estar en la casa). Se va ascendiendo casi sin darse cuenta y así se llega a uno de los templos más bellos de Kyoto, Kiyomizu-dera, que también es el más popular. Si tiene solo 24 horas, o menos, vale la pena partir por aquí.

Contemplar.

En esta zona hay dos mil templos o santuarios, y una veintena de ellos son Patrimonio de la Humanidad.

Kiyomizu-dera está al Sur de Gion, en el distrito de Higashiyama. Es un templo budista de 1.200 años que cuelga, literalmente, de la ladera de una de las colinas de la ciudad. A la belleza de su construcción y sus espléndidos jardines, suma una tradición local que indica que hay que beber agua del manantial sagrado y rezar ante la diosa Kannon Bosatsu, cuya imagen se encuentra en una capilla subterránea, muy oscura, a la cual se baja en silencio total.

El templo es un lugar para recorrer sin prisa, y adentro uno puede encontrar sitios para comer noodles con verduras, muchos sitios de descanso y otros donde también se pueden ver geishas sentadas en grupos, entre los jardines.

Dicen aquí que el espíritu de la ciudad misma vive en los preciosos y delicados espacios verdes del templo, que mantienen la armonía perfecta para observar el paso de las estaciones —es decir, del tiempo— en paz. Y aquí está uno de los más bellos jardines del mundo. El ruido del agua, los pájaros, la hermosa vegetación que nutre los sentidos, hacen que rezar o contemplar en este templo sea una experiencia inolvidable.

Observar.

Ellas prefieren que las llamen geiko o, a las más jóvenes, maiko. Pero todo el mundo las conoce simplemente como geishas, sinónimo universal en Occidente de la mujer objeto y sumisa. Pero verlas en persona es otra historia.

Con sus kimonos de seda llenos de colores y peinados perfectos, van moviéndose con una extraña gracia por calles empinadas, usando zapatos incómodos, todo sonrisas, todo discreción.

De estas acompañantes japonesas (se supone que su conversación y modales "refinados", o tan solo verlas sirviendo el té en la ceremonia aquella, eran suficiente para lograr que hasta los hombres más poderosos se relajaran en su presencia) solo quedan unas pocas. Algunos calculan que en Kyoto ya no son más de 100 geishas y 80 maikos. Y que en todo Japón no debe haber más de mil. Se comprende: su preparación es tan exigente como anacrónico y bizarro es su rol. Y siempre hay un halo de misterio que las envuelve. Especialmente acerca de hasta dónde llegan en su relación con los clientes.

El peak de su fama y de la curiosidad que despertaron globalmente llegó tras la novela —y luego película— Memorias de una geisha, escrita por Arthur Golden, que ganó millones gracias a las revelaciones de una de ellas, Mineko Iwasaki, quien luego demandó al autor por difamación e incumplimiento de contrato: según ella, el pacto incluía mantener su anonimato. Lo definitivo es que él la decepcionó, pues no dejaba claro que era una ficción. Y Mineko no era una geisha cualquiera, además. Según un reportaje del diario The Independent, en Gion se decía de ella que era una de las geishas que solo aparecía cada cien años.

Mucha leyenda tras su imagen. También hay muchas reglas. Se supone que no hay que perseguirlas ni hablarles ni pedirles fotos. Pero el grupo que veo en estos jardines parece amable. Sonríen, posan para la cámara como en una coreografía mil veces ejecutada. Y luego se despiden a paso grácil, en un movimiento curiosamente rápido, considerando su indumentaria.

Más abajo, en la calle, hay un lugar donde por cerca de cien dólares ofrecen la experiencia de ser vestida, maquillada y preparada como geisha. El ritual completo también puede incluir una caminata por Gion caracterizada como tal. Entonces me pregunto si las sonrientes maikos que vi no serían turistas disfrazadas simulando, o eran verdaderas herederas del oficio más extraño del mundo. El que, por lo demás, también es pura simulación.

Despedirse.

A la hora de la comida, la apariencia puede ser mucho más importante que el sabor. O una parte sustancial del mismo. La presentación, el rito, el gesto al servir, valen más que el solo bocado que uno se echa a la boca.

Es raro ver a un japonés gritar o mostrar emociones, pues todo descontrol es considerado una falta de respeto. La forma es el fondo. Y en los platos, perfectos y justos, sin pérdida, en cantidades exactas, esta idea se hace realidad. De hecho, hay decenas de restoranes con estrellas Michelin en el país. Y Chihana es uno de ellos: tiene tres estrellas de la famosa guía francesa y muchos fanáticos. Se puede comer aquí en menús de degustación, con varios tiempos, aunque para eso hay que disponer de más de dos horas.

En sitios gastronómicos más simples, probar el tofu en sus múltiples versiones también termina siendo un rito obligado, aunque a primera vista pueda parecer insulso. Y están también los simples y gruesos noodles con carne, para comer con palillos, y que resultan un bálsamo tras tanta caminata.

El café o el té verde se pueden tomar en sitios muy bien diseñados. Una galería de arte con un jardín trasero maravilloso es Koma Gallery Cafe, en Higashiyama-ku. Una larga mesa de madera llena de arte, luz cálida y evocadora, hace de la caída de la tarde un espectáculo. En tatamis en el suelo se pueden sentir los ruidos de la noche, y ver la magnífica iluminación que a esta hora resalta algunos de sus templos.

Más abajo, en el mismo barrio, Violon ofrece café y vinos de alto nivel, de distintas zonas y muy bien elegidas por su dueño. Otra buena escala para terminar un recorrido con bienestar, a la manera de Kyoto, justo antes de volver —tren bala mediante— al siglo XXI. *EL MERCURIO/GDA

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