Cabeza de Turco

Trump y Pepe

El asunto de los "códigos" es algo que nunca terminaré de entender demasiado en esta perra vida.

WASHINGTON ABDALA

Los chorros tenían códigos por los cuales había cosas que un buen delincuente no hacía jamás ("afaná papi pero no mates"); los políticos tienen códigos de lo que saben unos de otros y no lo cuentan porque eso es quebrar con su pertenencia a la clase política (no puedo batir lo que sé de Juancito porque es amigo flaco); los de la televisión tienen códigos sobre lo que no hay que afirmar jamás de un colega (¿alguna vez viste a algunos que se dieran con un caño por no creer en el trabajo de otros?); los jugadores de fútbol saben que es mejor no hablar de cierta cosas y los sindicalistas tienen códigos que si los quebrás, sos un traidor a la causa superior de los intereses del proletariado. Así, los Richard Read o los Fabián O’Neill, por ejemplo, son respetados por algunos pero mirados de canto por los grupos de donde provienen. Todos sabemos que esto es así.

El asunto de los "códigos" es algo que cuanto más intensamente aparece más distancia genera con la gente. Por alguna razón, más "bergsoniana" que otra cosa, el ciudadano percibe, comprende, intuye y decodifica cuando le están vendiendo "sarasa".

Nadie entiende como un personaje excéntrico, frontal, guaso y agresivo como Donald Trump tiene tanto éxito en los Estados Unidos. Es como acá, nadie comprendía como un tipo como Pepe, que habiendo participado de una lógica revolucionaria (en la que se mataba gente de lo lindo) pero que sinceró su relato a extremos inusitados, llegaba, y llegó, a conquistar el poder en base a un discurso con respaldo popular. Básicamente, ambos, son tipos que rompen códigos, que se paran por fuera de las organizaciones a las que pretenden representar (sus partidos políticos los aceptan a regañadientes) y luego los usan como escalera hacia el poder. Eso sí, dicen cosas incómodas, hablan con sentido populista y demagógico, no temen decir brutalidades y "provocan" constantemente con lo cual se autoalimentan en los medios masivos. Ellos se incendian la pradera a sí mismos. Los resultados están a la vista cuando se llega al poder: el mundo peperil fue un descontrol donde varios ineptos terminaron quemando recursos públicos porque nadie controlaba nada. Se juzga solo el burrerío evidente. Patético es poco.

Se me dirá que Trump y Pepe son incomparables y antinómicos. ¡Jariola! Todos los que se paran desde lugares extremos en sus relatos se tocan en las puntas y terminan siendo parecidos, de derecha o izquierda, da igual. Las metodologías peperiles (recuerden por favor) son iguales a las metodologías del rubio platinado: dice frontalmente lo que muchos piensan con proverbial ignorancia, habla desde lo políticamente incorrecto, es histriónico, exagera a propósito para provocar, va para adelante y para atrás, y ama las cámaras. Pepe hasta dice "estupideces", como con tanto amor se lo recuerda el Presidente Vázquez parado desde su pedestal creyéndose Pasteur.

Eso sí, nos gustarán más o menos, pero estos perfiles se pelean con el protocolo, de ellos se oirá lo que quiere escuchar mucha gente, a diferencia de sus contrincantes que deambularán entre agencias de publicidad, idiotas con cara de monos sabios y trepadores que solo hacen el cálculo de sus negocitos electorales para expresar "lo atinado". Allí está la clave: el que rompe códigos es un retador impredecible. Jode. Eso no garantiza nada excepto pantalla y micrófonos. O sea visibilidad. No es poco para gente que de entrada uno nunca imaginaría en la cima del poder.

Pepe y Trump son mucho más parecidos que diferentes, se pasan la vida teatralizando monólogos, creen cada vez que hablan que el mundo se detiene a oírlos, tienen sentido mesiánico, cultivan el humor autocrítico y saben "titularse" de manera periodística. Y si les pegás, repito, se autoalimentan como el enemigo del Hombre araña que crecía y crecía. Solo el tiempo los delata. Claro, mientras tanto te podés comer un garrón como el que nos comimos acá. En fin, es un problema de Hillary dominar a ese niño, ya bastante tenemos nosotros como para amargarnos por lo que no es nuestro. Me voy a pegar una zambullida, hace mucho calor.

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