Laetitia d'Arenberg

"Con cada tropiezo me fui haciendo más fuerte"

Nació en el medio de la guerra, se atrevió a romper con los mandatos familiares, tocó fondo y consiguió reinventarse como empresaria de éxito en Uruguay.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Laetitia no se separa de su perra Frida, a quien lleva a casi todos lados.

DÉBORAH FRIEDMANN

En medio de la Segunda Guerra Mundial una mujer decidió que no quería cumplir con el mandato de quedarse en casa mientas su marido peleaba como capitán del quinto regimiento marroquí. Se enroló entonces en la Cruz Roja bajo un nombre falso, consiguió encontrarse con su pareja en el Líbano y esconder un incipiente embarazo. Camino a Siria una mina la tiró a un barranco y, poco después, lo que parecía ser un fuerte dolor de barriga se convirtió en el nacimiento de su primera hija. En una letrina, con la ayuda de un panadero y un carnicero, llegó la pequeña de 800 gramos, que fue envuelta en diarios, lo único que tenían a mano. Horas más tarde su padre la miraba orgulloso: "¡Qué alegría!", dijo. Y la llamaron Laetitia que es, justamente, alegría en latín.

Esa niña que sobrevivió casi de milagro está sentada hoy, 74 años después, en su casa de Carrasco entre muebles suntuosos que contrastan con la simplicidad de su trato. Con una vida tan cinematográfica como su nacimiento, Laetitia dArenberg dice estar dispuesta a hablar de todo. "No tengo nada que esconder", sentencia con convicción. Y en una hora y media de conversación queda claro por qué esta princesa que vive en un país sin realeza suele conquistar a quien tenga adelante. Quizás, porque mucho más allá de su dinero, sus empresas, sus excentricidades y sus títulos nobiliarios, transmite un entusiasmo y una preocupación por el otro difícil de encontrar en este Uruguay a veces demasiado chato y cada vez más individualista.

Primero, el deber.

Si algo parece haber signado la vida de Laetitia fue la educación y los mandatos sociales que llegaron a partir de sus cinco años, tras la muerte de su padre y el nuevo matrimonio de su madre. Lo que por fuera podía verse como una vida rodeada de lujos en residencias de distintas ciudades europeas, por dentro se traducía en una educación recibida solo en su casa, con reglas extremadamente rígidas. Eran tiempos de no sentarse a comer a la mesa con sus padres —salvo para Navidad, Pascuas y algún cumpleaños—, de hablar a los mayores solo cuando le preguntaban algo —aunque se tocaban todos los temas sin tapujos—, de aprender todas las cosas de la casa, desde lavar y encerar pisos a tender todos los días su cama. "Detrás de eso, la filosofía era que para más adelante poder dar una orden, primero debía saber hacer las cosas", explica. A eso se sumaba el compromiso de hacer algo por los más necesitados, con tareas como leerle a ciegos o ayudar a las personas con dificultades para caminar. Y todo, sin demostrar sentimientos.

De esa época puede reconocerse hoy a una mujer que invierte buena parte de su tiempo en ayudar a los demás, en obras como Fundapass (apoyo a los perros guías), el Cottolengo Femenino Don Orione y el Proyecto Renacer (rehabilitación de drogodependientes), y a la que todavía le cuesta mucho, muchísimo, llorar. "De chicos no podíamos llorar, nos decían que la gente como nosotros no podía demostrar sentimientos. Siempre primero estaba el deber: familia, religión, la bandera y la casa". También han estado presentes durante su periplo personas que se acercan a ella solo por interés.

—¿Cómo maneja esa situación?

—Desde que yo tengo uso de razón me decían: La gente está con usted no por usted sino por quién es. Estoy segura de que hay gente que si yo me rompo una pata le importa un rabanito. Yo siempre le doy la oportunidad a todo el mundo y me he llevado cada golpe, ¡cada golpe! Pero no me importa. ¿Sabés por qué? Porque he aprendido a ser más fuerte, cada tropiezo me ha hecho más fuerte.

Y Laetitia sabe de tropiezos. Quizás el más duro fue cuando a principios de los 70 decidió separarse de su marido y hacer su vida "como todo el mundo". Define ese período como un "verdadero desastre". La echaron de su casa y tuvo que dejar a sus dos hijos pequeños, Sigismund y Guntram. Partió solo con un almohadón y su perro, y se metió de lleno en el jet set europeo, un mundo de superficialidad, de gente que "lo único que hace es gastar plata" y de drogas. Fue ahí que su vínculo con el alcohol —que recién lograría abandonar ya instalada en Uruguay— se complicó.

—¿Se preocupa mucho por el qué dirán?

—Me importa tres pepinos. Desde muy chica han hablado, más mal que bien. Me decían "vos que tenés todo", y yo nunca tuve todo. Y al principio sufría mucho. De grande nunca me importó. Después de que cerré la puerta de mi casa nada me importó, sino no lo hubiera hecho y a los tres días habría estado pidiendo perdón de rodillas.

—¿Y qué sí le preocupa?

—Poder ayudar a la gente y el futuro del país. Cuanto más grande me pongo más pienso en el futuro, porque yo ya fui..... Pero veo la desidia de la gente, la poca importancia que le dan a todo. Por el otro lado tenés gente que quiere hacer tantas cosas. Falta algo, falta que la gente empiece a pensar un poco no solamente en "mi casa", "mi chacra".

Metas que salvan.

La primera vez que Laetitia vino a Uruguay tenía 10 años. Ante la Guerra de Corea y una tercera Guerra Mundial en ciernes, el duque Eric dArenberg (marido de su madre, de quien tomó el apellido y a quien se refiere como su padre) decidió vender todas las propiedades y parte de su dinero lo invirtió en el país. Desde ese momento empezó a pasar temporadas regulares en Punta del Este. Y cuando un buen día decidió decir basta al jet set, buscó a su padre y le pidió solo una cosa: un campo un Uruguay. El hombre primero se descolocó, pero luego accedió al pedido de Laetitia, que quería desesperadamente levantarse. "En la vida siempre te podés equivocar, siempre hay un momento en que todos descarrilamos y siempre hay un momento de arrepentimiento. Si te das cuenta a tiempo, estás a tiempo de dar vuelta la página y enderezarte. Eso se lo debo a la educación que yo recibí".

Así se hizo primero con Los Fresnos, a los dos años con Santo Tomás y poco después con Las Rosas, "el sueño" de su vida y denominación que engloba hoy a todos los establecimientos. La actividad que allí se realiza es difícil de resumir: incluye la producción de leche, carne, lana, genética y productos agrícolas. En 2014 hizo historia cuando su caballo árabe Excalibur se consagró como el mejor del mundo. A su vez, desde 2007 está al frente de Lapataia, un clásico paseo para las familias que veranean en Punta del Este que, a su vez, comercializa una amplia gama de productos con el dulce de leche como materia prima fundamental.

Quienes trabajan para la princesa destacan su interés por el otro y una fuerza interior difícil de encontrar. Conoce el nombre de cada uno de sus empleados, para ella un gesto de cariño y el inicio de un vínculo en el que busca que estén cómodos, que avancen. La mujer de un capataz, por ejemplo, mostró interés por los perros que trabajan con las ovejas y "hoy es la número uno" en Uruguay y Brasil con esto. "Yo solo le di la oportunidad. Y eso es lo que falta a la gente, darle oportunidades", dice, y sus ojos brillan.

Vuelven a brillar cuando cuenta que no sabe quedarse quieta, que duerme muy poco, que va con su perra Frida a todos lados —la lleva en un cochecito para no molestar a algunas casas, aclara—, que sufre todavía los kilos que ganó por haber dejado de fumar y que a esta altura de su vida se proyecta solo a un año. Proyectarse, dice, es uno de sus secretos. "Tenés que poder sentarte, como un buda o como quieras y decir: Mi meta es esta, porque el día que tenés una meta sos una persona salvada porque no dejás de pensar en eso e ir mejorando. Si no hay sueño...".

—¿Y cuál es su sueño?

Poder seguir ayudando, hablando con la gente, aprendiendo cosas todos los días. Poder opinar y poder abrir horizontes a gente que no ve más allá de la punta de su nariz.

Del cáncer al amor

"Yo estaba con cáncer de la piel horrible en la cara, tengo 95 puntos, y había vuelto de haber hecho toda la quimio. Estaba hecha un palo, pesaba 36 kilos, quería descansar, pero mi madre me pidió que la acompañase a un evento por la regata Whitbread y accedí", cuenta Laetitia. Valió la pena. En esa ocasión conoció a John Anson, su compañero de ruta desde hace 25 años. "Es un divino, un inglés al que le debo mi vida, le debo mucho, porque él nunca trató de cortarme las alas. Siempre me entendió. Y ayudó a que yo me diera cuenta de que me había equivocado". Ella cree que el éxito de su relación se basa mucho en el respeto mutuo y en que comparten los mismo valores, algo que para la princesa no tiene precio. "Pensamos igual en muchas cosas, en el respeto a naturaleza, el respeto hacia el otro". En estos años ella también aprendió otras lecciones, sobre todo en lo que a relaciones se refiere. "Hay que saber esperar, porque todo llega a su debido momento. No corras atrás porque cuando se te cierran puertas por algo es... No le eches la culpa al otro, porque si son dos personas la culpa es de dos. Hay que hablar, el ser humano está hecho para hablar".

SUS COSAS.

Su fe.

Laetitia es muy creyente. "Católica, apostólica, romana", dice ante la pregunta. "Voy a misa, no todos los días ni todas la semanas, pero sí cuando puedo. Me gusta entrar en una iglesia, no me importa dónde. Yo me levanto de mañana y doy las gracias por pensar, estar, caminar".

Su día más feliz.

Elegir un solo día más feliz de su intensa vida no le es fácil a Laetitia dArenberg. Por eso pide permiso para quedarse con cuatro: el día que nacieron cada uno de sus hijos, Sigismund y Guntram, el que compró su primer perro —ama a todos los animales desde su infancia—y cuando logró adquirir su primer campo.

Su proyecto.

A sus 74 años Laetitia se considera muy privilegiada por poder hacer planes. Uno de los que ocupa muchas de sus energías es construir la casa de sus sueños. "Una casa práctica, sin escaleras, para recibir a toda la gente que quiero, en un solo plano, que le voy a dejar a mi hijo Guntram".

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