EDUCACIÓN

Transmitir el horror

Abordar exterminaciones masivas es un desafío para docentes y padres. Enseñar el Genocidio Armenio es un libro de autores uruguayos que brinda valiosas herramientas.

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Las preguntas deben ser respondidas de acuerdo a la edad y actitud.

¿Desde que edad se le puede hablar a un niño de genocidio? ¿Cómo abordar el tema? ¿Qué decir y, sobre todo, qué no decir? ¿Cuáles imágenes mostrar? ¿Qué hacer respecto a las teorías negacionistas? ¿De qué modo es mejor que puedan comprender el alcance de lo que pasó?

En el aula y también en charlas familiares hay algunos temas que presentan mayores desafíos para docentes y padres. Quizás por eso, Enseñar el genocidio armenio. Teoría, metodología y práctica (Ediciones de la Plaza), libro que acaba de publicarse, trasciende ese exterminio masivo y se convierte en una herramienta útil para abordar otros genocidios dentro y fuera del aula.

Marcelo Desena y Andrés Serralta, profesores de historia y expertos en el tema, son autores de este libro y también de Genocidio Armenio 1915-1923. Antecedentes, perpetración y consecuencias (2015), que se convirtió en la primera publicación académica sobre este tema en Uruguay que el Codicen sugiere a Educación Inicial, Primaria, Secundaria, Técnico Profesional y de Formación en Educación incluir en la bibliografía de sus cursos. Con este nuevo libro prevén seguir el mismo proceso administrativo para que también quede incorporado.

"Las preguntas deben ser respondidas con claridad a toda edad. Si un estudiante pregunta es porque en él o en ella surgió la necesidad o curiosidad por saber acerca del tema", señala Serralta a Domingo. Lo que es clave, y brinda este texto, son pautas para adaptar las respuestas según la edad. "Ello no significa ocultar, sino proporcionar de manera acorde a la edad y capacidad de compresión del estudiante la información necesaria. Contrariamente a lo que comúnmente se cree, se puede enseñar acerca de un genocidio sin mostrar ninguna imagen, video o representación artística de muertes. Ese tipo de información debe ser suministrada solamente cuando la sensibilidad y capacidad cognitiva del estudiante puede procesarla sin traumatizarse, en forma gradual", agrega.

Cuando se van a seleccionar las imágenes, lo primero a tener en cuenta es, justamente, cuántos años tienen los alumnos o los chicos en casa. Las fotografías que se muestran tienen que evitar generar un trauma o un shock, aconsejan los expertos en el libro. Sí deben sacarlos de la indiferencia y la apatía. "Ello puede ser logrado sin necesidad de exhibir multitud de cadáveres o cuantiosas imágenes de escenas de muerte y destrucción", señalan Desena y Serralta.

A la hora de enseñar sobre genocidio, hay algunas precauciones a tener en cuenta: para empezar, ser preciso y cuidadoso con el vocabulario y utilizar terminología correcta y científicamente aceptada, señala el texto. Como es lógico, cuanto más chicos son los niños a los que se tiene de interlocutor en ese momento, menos complejos deben ser los términos, aunque hay que evitar deformar el estado original.

Otro aspecto a considerar son los tiempos verbales: hay que ser cuidadoso y no utilizar el presente sino el pasado. "El genocidio no está ocurriendo, ya aconteció", destacan los autores.

A su vez, el contexto pasa a ser una herramienta clave para mejorar la comprensión. En este caso, por ejemplo, transmitir que el Genocidio Armenio se produjo en el marco de la Primera Guerra Mundial y en la Guerra de Independencia Turca son cuestiones básicas. Además, Desena y Serralta insisten en que es necesario evitar actividades de simulación del proceso genocida y las dinámicas de tipo lúdico.

Protagonistas.

A la hora de abordar a los protagonistas, los profesores y expertos brindan pautas claras. Todo proceso genocida involucra víctimas, perpetradores, salvadores y observadores pasivos. En este punto hacen algunas advertencias, entre ellas, no asumir el papel de ninguno de ellos. "Aunque pueda parecer útil a primera vista es contraproducente, ya que está llevando un proceso real, histórico y concreto, al terreno de la fantasía", señalan.

En cuanto a los perpetradores, el modo de presentarlos debe ser como lo que fueron: "Personas comunes que eligieron conscientemente cometer crímenes contra las víctimas. Eran individuos, con ocupaciones, una familia, integraban una comunidad, tenían metas, deseos, objetivos. Eran perfectamente conscientes de sus actos, los cuales organizaron y llevaron a la práctica en uso de razón", señalan Desena y Serralta en este libro. Y destacan: "No estaban locos ni eran monstruos, eran personas que decidieron efectuar esas acciones con objetivos concretos. No eran irracionales".

Además, desaconsejan centrar la responsabilidad en la cúpula dirigente del Estado; es necesario tener en cuenta que no era materialmente posible la ejecución del genocidio sin la colaboración activa de un importante número de personas dispuestas a exterminar al grupo objetivo.

Aquí hay también que acordarse de otros protagonistas, a veces olvidados: son los observadores pasivos. La ausencia por su parte de oposición o complicidad en los crímenes "es uno de los elementos que hicieron factible" que se concretara el genocidio, sostienen en Enseñar el genocidio armenio.

En contrapartida, también hubo salvadores, en donde es preciso remarcar que hubo quienes no permanecieron indiferentes ante el dolor y el peligro que sufrieron los demás y encararon un rol activo para ayudar a otros a refugiarse, escapar o sobrevivir.

Respecto a las víctimas, por un lado es importante hacer hincapié —más allá de si sobrevivieron o no— de que eran parte de una comunidad, una familia y que desarrollaban una vida personal como todos. Y que ese "trayecto vital, fue interrumpido por el proceso genocida".

En este grupo cobra especial importancia el testimonio, que sirve para que los chicos puedan internalizar que las víctimas fueron seres humanos, reales, dotados de una identidad propia. A su vez, las vivencias particulares logran generar empatía; si esto se logra "se romperá la barrera de la indiferencia y la frialdad frente a un proceso de violencia acontecida a otra persona".

A su vez, es importante tener en cuenta que no es posible juzgar a las víctimas en términos de acierto o error, con base en sus decisiones para salvar vidas, escapar, refugiarse o sobrevivir.

En clase.

En este libro los autores proponen diversas técnicas para enseñar —a través de textos, recortes de prensa y caricaturas—. A su vez, además de una cronología y fotografías, plantean ejemplos de propuestas didácticas para diferentes asignaturas —Informática, Matemática, Idiomas y Literatura, Arte y Arquitectura, Ciencias Biológicas y Geografía— y según el nivel del estudiante. También brindan ejercicios para abordar el tema del negacionismo, dinámicas con recortes de prensa y caricaturas, e información para abordar la inmigración en el Uruguay, en particular la armenia.

"Las diversas actividades propuestas están enfocadas hacia los diferentes estadios de desarrollo cognitivo de niños, jóvenes y adultos. Atendiendo su especificidad, cada actividad permite un involucramiento del estudiante con el aprendizaje desde la interacción de la teoría con la práctica. De esta forma, se proponen relevamientos escultóricos de la ciudad, entrevistas con familiares, interpretación de caricaturas, entre otras múltiples actividades para realizar dentro y fuera del aula", señala Desena.

Impulso e interés

En Uruguay el Genocidio Armenio no está incluido en forma expresa en la currícula de Primaria ni de Secundaria. La temática sí puede ser abordada cuando tratan temas que están, como la Primera Guerra Mundial, y al enseñar las consecuencias de ese conflicto a escala planetaria, afirma Andrés Serralta, coautor de Enseñar el Genocidio Armenio. "En síntesis, actualmente en Uruguay, la enseñanza del Genocidio Armenio depende del impulso e interés de aquellos que bregan por su difusión y reconocimiento", agrega.

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