CABEZA DE TURCO

Trae mala suerte

Hay palabras malditas en todas las casas. Esto me lo enteré hace mucho tiempo. Palabras que no se deben pronunciar porque traen mala suerte al que lo hace (apellidos de gente fúnebre por ejemplo).

Lo mismo sucede con la sal de mesa que si la pasás de mano en mano sobrevienen tragedias familiares. Yo la deposito en la mesa y que otro la tome, nunca va de mano en mano. Algo parecido pasa si dejás el pan dado vuelta, con la colita para arriba. ¡Mil años de mala suerte! No creo en nada pero, por las dudas, respeto todas estas locuras. El resultado es que me paso la vida evitando maldiciones, palabras y movimientos. O sea, me he transformado en un esclavo de este infierno.

De chico tenía un gatito negro y me decían que por su color traía mala suerte. ¡Joder pobrecito! Se llamaba Raulito (en serio). Yo iba con mi gato por el barrio y las viejas rajaban como si vieran al demonio. Aún recuerdo cómo una vecina me lo envenenó al pobre bicho. Si semejante acción sucediera hoy, le hacía una denuncia, salía en un noticiero y fundaba una oenegé.

Un sobrinito tiene una tortuga y su madre no entra más a su cuarto porque dice que si la mirás a la cara (a la tortuga) sucederán cosas horribles. Yo la miro y la tortuga me retira la cara. Parece que el que trae cosas horribles soy yo. Es una tortuga que le pusieron de nombre "Lucrecia" (sí, por Borgia, son sádicos mis sobrinitos.)

Otra tía mía dijo siempre que "romper un espejo" trae siete años de mala suerte. Yo rompí varios y aquí estoy, así que eso era un bolazo. Lo mismo dicen de guardar zapatos viejos. Tengo varios y me gustan. No los voy a regalar y me importa un pepino que me digan que son de la época de Churchill.

Tocarle la cabecita a un candidato presidencial trae buena suerte si el candidato tiene chance, de lo contrario se transforma en una maldición para el toqueteador. En este país viene brava la mano porque se está pudriendo el asunto y no se sabe qué cabecitas tocar para tener suerte.

En el gobierno hay que andar con cuidado porque hay mucho calvo y si le tocás la cabeza a un pelado, o a alguien muy entrado en años, podés ir en cana. ¡Ah! Y vieron que se empezaron a anotar jóvenes de cincuenta y pico. ¡Hermosa la juventud! (¡ay este país!)

En la oposición se empezó a pudrir el asunto y se llenó de microcandidatos por todos lados, con lo cual no sabés si le tocás la cabeza a un candidato en serio o a un portero del edificio del barrio (todavía te podés ligar un trompazo por gil).

Al que me gustaría despeinar un poquito es a Tabaré, creo que nunca lo vi despeinado en toda mi existencia. Jimmy Fallon se sacó las ganas con Donald Trump, le movió todo el pelo y eso quedará para la antología de semejante personaje. Voy a plantear que por una minuta de aspiración del Parlamento me permitan toquetearle el pelo (revolvérselo, digamos) al próximo presidente. Que lo pidan mis amigos así intentamos que haya suerte para todos. Yo me ocupo de semejante sacrificio.

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