Cabeza de Turco i washington abdala

Todos somos ella

Estuve leyendo una versión de los hermanos Grimm de La bella durmiente en el bosque porque mi hijo menor me obligó a ayudarlo en esa tortura por orden del colegio. Gente retorcida los hermanitos escritores, cien años dormida la nena a consecuencia de un embrujo y maldiciones varias que no permitían romper el hechizo.

WASHINGTON ABDALA

Todos sabemos como termina la historia: pasada la centuria, un príncipe valiente llega, se adentra en el castillo y al besar a la princesa —que parecía muerta pero solo era un estado catatónico temporal— la revive y así se enamora del joven aspirante a monarca. Final feliz. Cae el telón.

Ahora, de grande, me doy cuenta la razón de este relato. Es tan obvio que no sé como no se me había ocurrido antes. Para mí que todos queremos que alguien, algún día, nos resuelva la vida, que nos arregle los problemas, que lo haga rápido hasta con un beso y listo. Más freudiano no podía ser el planteo. Eso eran nuestros padres para la mayoría de nosotros, más aún para los latinos. Eso somos las parejas adentro de las parejas. Eso son algunos amigos. Esos son muy pocos vínculos que tejemos en la vida.

La Bella durmiente en el bosque somos "todos" los que queremos que alguien nos rescate y nos salve de la jungla en la que estamos. No creo que los hermanos Grimm supieran a ciencia cierta lo que estaban escribiendo en el plano del "inconsciente colectivo", pero de forma intuitiva, quizás, estaban describiendo el imaginario que todos los humanos aspiran: que alguien de alguna forma los "salve". No hay anhelo más profundo que ese. Los juegos de azar se nutren de ese sueño porque creemos que una fortuna nos resuelve la existencia y nos otorga la seguridad que buscamos. Todos alguna vez quisimos ganar un 5 de Oro o la lotería. En la vida real sucede exactamente lo mismo.

Esta idea vale aún más hoy, en estas sociedades donde la frialdad es la reina, y donde tanta gente se siente perdida, o con los afectos devaluados porque el vil metal enloquece el alma de los mortales y distrae de lo central, y el antiguo tiempo que compartíamos haciendo "nada" —con personas que queremos de verdad— se diluye por detrás de las metas, objetivos y misiones que debés ostentar como "producto" de lo que —se supone— que sos en un tiempo competitivo y psicótico. No estamos en el posmaterialismo: este es el materialismo más crudo que la humanidad jamás imaginó. Todo lo que sucedió con Milvana en estos días demuestra que hay gente que es capaz de cualquier cosa, que se mueve por lógicas que asustan y que puede llegar a conculcar la libertad del otro por objetivos mezquinos y miserables. El hombre es el lobo del hombre.

Los Juegos del Hambre son el anverso de Tomorrowland (las dos flojas), pero ambas películas temen por un futuro angustiante para el ser humano. Hacen bien. Por eso, quizás, en el presente irrumpe tanta violencia y guerras supuestamente "religiosas" cuando parece que nada le queda por perder a mucha gente, y cuando el propio "sin sentido" cotidiano gana terreno y la locura asesina se cuela como el último capítulo. Y no estoy justificando nada, al contrario, solo trato de entender el caos que estamos viviendo porque no me gusta este presente en el que si tomás un tren en Madrid, o en Londres, podés volar en mil pedazos porque un islamista radical creyó que ese "es" el camino de la salvación global. Un horror, y suena loco pero este es nuestro mundo, él de acá nomás (a dos horas) embarcado en el Buquebús, donde si te bajas en Buenos Aires, allí mismo voló la AMIA de un bombazo, quedando esa imagen atroz como un recuerdo perenne de que todo delirio puede pasar en cualquier lado. O la presencia repugnante de estos secuestros extorsivos de acá que vinieron para quedarse. Este es nuestro mundo. Feíto.

En fin, no tengas vergüenza entonces de esperar que venga tu príncipe (o princesa). Es casi un deseo natural para estar vivo (o salí a buscarlo). Y si ya arribó semejante personaje a tu vida, no lo dejes partir, serías muy burro (o burra) si te perdés ese tren. Y, entiéndaseme bien: el príncipe puede ser un amigo, un novio, un padre, una madre, una hija, una vecina afectuosa y hasta el portero del edificio que es malhumorado, vago y se baña una vez por semana. No nacimos para soportar todo esto solos. De veras que no, es demasiado.

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