Pablo Fabregat

"Todos nos reímos de cosas distintas"

Pata dura con la pelota, soñaba con ser periodista deportivo. Vueltas de la vida, se convirtió en un humorista que deja todo en la cancha, sea la radio, la tele o el living de tu casa.

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"El Tío Aldo tiene muchas cosas mías y otras que son antagónicas", dice.

Los viernes son días intensos para Pablo Fabregat (34). Arranca con la reunión de producción para preparar el programa de esa noche de Sonríe, te estamos grabando (Canal 12). Le sigue un almuerzo frugal en su casa y una tarde de radio en Océano, que arranca con Segunda pelota y termina con Abrepalabra. La noche vuelve a estar destinada a Sonríe..., pero no termina ahí. Después lo esperan uno, dos, tres shows del Tío Aldo. Esa es la ecuación mínima, ya que siempre se puede sumar algún imprevisto, como lo fue, el último viernes, la entrevista con Domingo. Y a todo el periodista, comunicador y humorista, suele decir que sí. Esta vez no fue la excepción.

"Ese es un problemita que he tenido", reflexiona y lanza la primera de muchas carcajadas estruendosas. "Se ve que por un tema de juventud, de la situación económica que pasó mi familia, momentos embarazosos en la crisis de 2002, para el trabajo siempre es un sí. Si tengo cinco shows y me llaman para un sexto y entra, lo hago. No tengo problema. Si tengo que hacer una jornada de 18 horas en un día, como me pasa los viernes, no tengo problema, no me quejo ni termino destrozado. Es más, termino olímpico. ¿Cómo? A huevo, a veces no tengo tiempo ni para cenar. Porque puede pasar que el primer show sea en Florida, el segundo en Toledo y termino en Carrasco. Mucha gente debe pensar que lo hago por la guita. Y la plata es importante, pero mucho más grande es la satisfacción de no fallarle al que me contrata".

Esa adrenalina es, justamente, una de las cosas que Pablo más disfruta de ese combo de oficios al que llegó casi sin darse cuenta. El menor de una familia con mayoría de hombres —salvo su madre y dos primas—, todos hinchas de Nacional, siempre soñó con ser periodista deportivo. A los seis años escribía sus propias crónicas ilustradas, que, siempre que podía, vendía por unos pocos pesos a algún piadoso amigo de su padre. Por ese entonces ya se había dado cuenta de que en el papel era mejor jugador que en la cancha. En el colegio Stella Maris Christian Brothers —en aquellos años solo para varones—, Pablo era suplente del cuadro B. "En lo único que me defendía era en bala, era la desidia...".

A la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Católica llegó en una apuesta por tener una formación más amplia que la meramente deportiva. "Nunca hacía los trabajos sobre fútbol, al punto que después de cuatro años de carrera ningún profesor sabía que yo quería ser periodista deportivo. Y así también surgieron las primeras opciones laborales, que tampoco tuvieron nada que ver con eso". Fue Gustavo Rey, su profesor de radio, quien vio al gracioso por sobre el tímido. Cuando todos los alumnos eran "de cerámica" —por lo "espantosos"— a Pablo no le molestaba ocupar el rol de conductor. "Así fui agarrando confianza, tiré algunos bocadillos graciosos que la clase festejó y se ve que Gustavo tuvo la idea de que podía hacer algo con él en la radio. Eso fue en 2003 y en Océano estaba Petinatti, empezaba Justicia infinita, estaba Caras y más caras... era como que te llamara un cuadro grande cuando vos no habías hecho ni inferiores".

A partir de allí subió a "una calesita" de la que no se bajó más, ni siquiera hoy, diez años después. Pequeñas participaciones al aire, producción, co-conducción, café concert, teatro, televisión, shows privados. "Fue progresivo. Antes de Sonríe... yo ya había hecho varios pilotos, porque todos los que trabajamos en comunicación tenemos más proyectos que realidades". Y suena una nueva y ruidosa carcajada, la misma que algunos fans —"gente que evidentemente no está bien", dice con sincera incredulidad— tienen de ringtone en su celular. En junio, Pablo redobla la apuesta y se suma a "meter cuchara" en Desayunos Informales, el nuevo programa de la mañana del 12.

Escuelas varias.

Si hay algo en lo que Pablo es experto es en capitalizar. Siempre alerta, cualquier dato que escucha o lee es un insumo en potencia. En ese sentido, su primera escuela fue su casa. Cualquiera de sus tres hermanos —13, 11 y 10 años mayores que él— son tipos graciosos. "Mucho más que yo", asegura. "De hecho, mis cuñadas dicen que yo no les hago reír porque es como estar en una comida familiar". Formar parte de una generación de 60 varones en el Christian también funcionó como un curso intensivo de supervivencia. "Aunque el concepto de bullying no estaba tan desarrollado como ahora, había un clima salvaje. Los hombres entre hombres somos muy bobos, y eso en la adolescencia se potencia", recuerda. Pablo no era el divertido ni el payaso de la clase; en cambio, supo ser el "autor intelectual" de algunas de las bromas más pesadas. "Siempre estaba metido en la elucubración, pero no participaba del bullicio ni era de los que resultaban sancionados. Lo mío siempre fue más el comentario cortito, gracioso y listo". Ya en la facultad, las enseñanzas fueron otras: aprendió a convivir con las mujeres. "Los primeros seis meses era una ameba, sentadito ahí, con vergüenza de hablar, olvidate de novia, de ganar con una mujer… ahí me fui formando en ese aspecto, naturalizando algo que es natural pero que yo no lo tenía".

Un poco de cada una de esas experiencias tomaron forma en el Tío Aldo, su alter ego y personaje estrella. Cabellera enrulada, traje blanco, lentes de sol y un humor entre soez y costumbrista, el Tío Aldo es —sin lugar a dudas— su mejor creación.

—¿Cuánto tiene de vos el Tío Aldo?

—En la conformación del personaje hay muchas cosas mías y varias antagónicas. Es un juego clásico que le da más credibilidad. También tenía incorporada mucha información de los años 80 por mis hermanos y la aproveché. Hice que el Tío Aldo fuera hijo único cuando yo no lo soy, aunque casi... Vive en Punta Gorda, donde yo vivía. Él es de Sudamérica y ahora de Nacional, como yo. Es mujeriego y se cree ganador, yo tuve una sola novia que es mi esposa. Tiene auto, yo hasta hace poco andaba en ómnibus. Le gusta Raphael, El Puma, Julio Iglesias, artistas que yo no escucho. Pero a veces el personaje me contamina a mí, y ahora hay varias canciones de ellos que me gustan.

En los últimos diez años Pablo fue "generando y degenerando" otros personajes, como el sexólogo Alessandro Lapolla o el periodista deportivo Bienvenido Amado. Y aunque cada uno tiene un perfil definido, en todos su principal aliado es la improvisación. Es que Pablo no arma un guión. Para los shows que desde hace años tiene en Movie, el punteo que oficia de estructura pocas veces supera las cuatro carillas. "Como todo se dio casual, yo no tengo formación. Y no me vanaglorio al decirlo, me parece pésimo. Estaría bueno tener el apoyo de un texto o un director. Pero yo soy un kamikaze y lo armo todo solo. Tengo varios monólogos y los voy cambiando según la ocasión. Al final, la repetición va conformando un guión". También tiene, aunque no califica como formación formal, horas frente al televisor mirando a Alberto Olmedo en No toca botón, el Show de Benny Hill y a Ricardo Espalter en Decalegrón.

—¿Qué es para vos el humor?

—A mi gusto es una herramienta de vida para superar bajones, autoestimas, egos. El humor da la posibilidad de decir las cosas más directas y fuertes de la mejor forma posible. Y lo bueno es que todos nos reímos de cosas distintas, esa es una gran ventaja.

Gajes del oficio, Pablo se ríe bastante. Sin embargo, reconoce ser portador de una visión negativa de la realidad que, siempre que puede, aprovecha para hacer humor. Mucho menos ordinario que en sus comienzos, su speech versa sobre la cola en el supermercado, las puteadas del guarda de Cutcsa, los oficios de moda. "Yo dejo la vida en cada show, me quedo sin garganta... Pero a veces hacés un monólogo pensando que es gol y no es gol. Hace poco me pasó que en un evento para 400 personas a los diez minutos entró el locutor y me sacó para afuera. Pero no me fui deprimido". El tiempo, dice, le fue dando oficio. "Agarrás músculo para estar preparado para distintas situaciones, que la novia se desmaye o que alguien se levante y se vaya".

Sin manager ni redes sociales —dos "axiomas editoriales" que no piensa modificar— es capaz de hacer 60 shows en un mes. Y todavía disfruta esa sensación de que cada evento es un partido que arranca cero a cero. "¡O a veces tres cero abajo! Cada vez que llego a un show reconfirmo que no soy nadie. Soy un ignoto o un payaso disfrazado que tengo que hacer reír a la gente. ¿Y si no sale bien? Tengo el casete terraja del jugador de fútbol: Hice todo lo posible, dejé todo en la cancha, si no funcionó fue por un cúmulo de factores". Lo dice y ríe, una vez más.

SUS COSAS.

Pasión tricolor.

Pablo va a ver a Nacional casi como parte de un acto de fe. "Sigo yendo por esa cuestión de costumbre social, es como ir a misa. Seguro que pasaría mucho mejor haciendo cualquier otra cosa, pero voy igual". Además, va solo, y se sienta siempre en el mismo lugar. Aunque se reconoce hincha "enfermo", cuando hace humor le "pega parejo" a manyas y tricolores.

Los diarios.

Con trabajos varios, son pocos los tiempos libres de su agenda. Por eso, cada vez que puede dedica las mañanas a desayunar leyendo el diario. Una vez que prende la computadora y abre su casilla de mail sabe que la avalancha de información es imparable. Dos veces por semana intenta "meter" algún Fútbol 5. "Eso me hace recontra feliz".

Eber Ludueña.

Su personaje de ficción preferido es Eber Ludueña, el futbolista patadura y metedor interpretado por el humorista argentino Luis Rubio. Lo vio por primera vez en Mar de Fondo (TyC) contando sus anécdotas de antihéroe de la mano de Alejandro Fantino. Y hace algunas semanas lo disfrutó en vivo, en Movie. "Puede ir porque era martes, sino...".

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