VIDAS

Toda una vida de colección

Un veterano profesor de literatura ha dedicado décadas y décadas a las antigüedades, que cuida y restaura para darles uso cotidiano.

Rodolfo Pansacchi dedicó su vida a las antigüedades. Foto: Fernando Ponzetto
Giuseppe Garibalid, "lo admiro por ser un hombre de varios mundos". Foto: Fernando Ponzetto
Un aljibe completo e integrado a la antigua casona del Centro. Foto: Fernando Ponzetto
El Fauno, una de las tantas máscaras que adornan las paredes. Foto: Fernando Ponzetto
Las partituras de La Cumparsita publicadas a poco de su estreno. Foto: Fernando Ponzetto
Un peculiar busto, con aires gardelianos, luce junto a una muestra del arte de Torres García. Foto: Fernando Ponzetto
Una obra del dandy montevideano Roberto de las Carreras. Foto: Fernando Ponzetto
El despabilador, adminículo utilizado para descabezar cabos de vela. Foto: Fernando Ponzetto
Un pequeño santuario dedicado a la cultura japonesa. Foto: Fernando Ponzetto
Netzuke, una miniatura japonesa en marfil que representa a una rana. Foto: Fernando Ponzetto
Pinturas de Lacy Duarte, Solari, Musso y Seveso en las paredes. Foto: Fernando Ponzetto
Hipatia e Hildegarda, dos de las tres siamesas que conviven con Rodolfo. Foto: Fernando Ponzetto
Pansacchi restaura y mantiene cada una de las piezas que tiene. Foto: Fernando Ponzetto
Primeras ediciones, títulos inhallables son parte del tesoro. Foto: Fernando Ponzetto
La biblioteca guarda primeras ediciones de Felisberto, Falco, Herrera y Reissig. Foto: Fernando Ponzetto
También la cocina fue acondicionada hasta el último detalle. Foto: Fernando Ponzetto
La platería se mantiene intacta gracias a los cuidados diarios. Foto: Fernando Ponzetto
Pansacchi en la sala principal de la casa. Foto: Fernando Ponzetto

Cada vez que cierra la puerta de calle Rodolfo Panzacchi (67) entra al 1900. No es que la vida se haya detenido en aquel lejano principio de siglo, sino que de algún modo vuelve a resplandecer tal y como se veía por entonces cualquier casa de la burguesía montevideana.

Panzacchi es un coleccionista nato, aunque en realidad se considera un "recuperador" de esos pequeños fragmentos de historia que mantiene limpios y relucientes, como el primer día. "Las cosas en silencio siempre hablan si se las sabe escuchar", sentencia.

Su pasión por la historia y por las letras es algo que trata de transmitir a sus alumnos de sexto de bachillerato en el Liceo 26, donde imparte clases de literatura desde hace años. "Tengo la mejor opinión de los estudiantes, son tan cariñosos, tan receptivos, por lo que yo digo que el problema no son los jóvenes, son las orientaciones, si vos los dejas en la superficie del mundo todo el tiempo… y mirá que yo soy austríaco, muy severo", apunta.

Rodolfo vive en compañía de sus tres gatas siamesas: Hipatia, Hildegarda y Dulcinea. "Yo no sé si ellas saben que se llaman así", comenta con humor.

Su pasión por las antigüedades lo hizo primero un cuidadoso restaurador y luego en exigente decorador de interiores. Cada objeto está ubicado en un lugar preciso, sin invadir al otro y siempre bajo una luz adecuada. Tanto en la amplia sala de estar, como en cada una de las cuatro habitaciones de la antigua residencia sobre la calle Hermano Damasceno, relucen las superficies, la platería, los bustos restaurados por él mismo y las pinturas. Y en las paredes cuadros de Lacy Duarte, Luis Solari, Javier Gil, Carlos Musso, Cecilia García Capurro y Carlos Seveso.

En una de las dependencias se encuentra la biblioteca que, por supuesto, guarda algunos tesoros bibliográficos. Algunas obras de Roberto de las Carreras, publicadas en el 1900; cuentos de Felisberto Hernández publicados en pequeños y delgados volúmenes sin tapa; varias ediciones de época de las partituras de Gerardo Matos Rodríguez.

Un busto de Beatrice de Portinari, el amor imposible de Dante Alighieri, reina en la biblioteca. Pero también allí hay lugar para un verdadero altar a la cultura oriental presidido por un Buda, la cejijunta figura de un samurái y un pequeño carrusel musical con figuras del Japón feudal. En un pequeño pedestal se luce el Libro del Té, una primorosa versión en castellano de la ceremonia más tradicional.

Panzacchi ha dedicado su vida a las antigüedades, pero no ya como un mero coleccionista, su casa luce prácticamente igual a la de una residencia de principios del siglo XX. "Aquí todo se usa, si se rompe, no me amargo", dice.

Genealogía.

"Yo vengo de una familia muy modesta, nunca se hablaba mucho de la familia en Italia, a veces mi padre hablaba de un platero del rey y poco más", cuenta Panzacchi. De hecho, no fue sino hasta muchos años después que logró averiguar que contaba entre sus ilustres antepasados al poeta y crítico Enrico Panzacchi, fallecido en Bolonia en 1904.

Pero como muchos inmigrantes de la primera mitad del siglo XX el padre de Rodolfo se ganaba la vida como hojalatero.

"A mí siempre me quedó eso de juntar cosas, mi padre era hojalatero, yo salía con él en el carro: Fierros viejos compro, camas viejas compro (vocea). Y yo siempre me quedaba con una jarra vieja, alguna caldera", recuerda Pansacchi.

Y cuando se le pregunta por qué le gustaba desde tan temprano guardar esos objetos, entrecierra los ojos y dice: "Porque las cosas en silencio hablan, a veces en el alma del metal aparece ese brillo que aparenta ser opaco y descubrís algo".

Y así, cada domingo vuelve como en un ritual a la feria de Tristán Narvaja. Allí encontró la mayoría de los objetos que atesora en su casa. Recorre cada puesto con el ojo atento, capaz de descubrir entre polvorientos objetos alguna de esas "joyas". Y luego se queda por horas charlando con sus amigos los libreros. Y cada domingo descubre algo nuevo.

Una puerta al pasado.

Rodolfo Panzacchi ha dedicado su vida a las antigüedades, aunque no para dedicarse tan solo a coleccionarlas sino a vivir en su compañía. Su principio es que prácticamente todo objeto que se encuentra en la casa puede ser utilizado para sus funciones originales. "Si se rompe, no me amargo", sentencia. Su mayor consuelo es cerrar la puerta de calle y olvidar el vértigo de la vida moderna y sus sinsabores y revivir la historia de sus antepasados.

El hombre de los lápices.

Algunos coleccionistas alcanzan la fama por la peculiaridad de su afición. Es el caso de Emilio Arenas, un coloniense de 71 años que batió el récord Guiness más de cinco veces por su inigualable colección: 16.600 lápices de grafito. Arenas posee lápices de todas partes del mundo y de todos los tamaños, por ejemplo se precia de tener el lápiz más pequeño del mundo: un ejemplar de apenas 17 milímetros de largo y uno de diámetro. Periódicamente recibe nuevas partidas.

Despabilador.

El despabilador de velas era un instrumento imprescindible a fines del siglo XIX y principios del XX cuando este era el principal medio de iluminación. El encargado tenía que recortar el pabilo (cabo) de la vela para evitar que al ser encendido ahumara y provocara el característico mal olor en ambientes cerrados. Instrumento indispensable en las salas de teatro, parroquias y grandes salones de la época, aquí junto a los candelabros.

Partituras.

Dos partituras de la época para La Cumparsita, el himno del tango creado por el uruguayo Gerardo Matos Rodríguez. El notable músico y compositor creó esta melodía sobre finales de 1915. A principios del año siguiente recibió los arreglos de Roberto Firpo y fue ejecutada por su orquesta por primera vez en público. Matos Rodríguez, por entonces un estudiante de arquitectura, compuso el tema como una marcha.

Santuario japonés. 

Un samurái y una geisha flanquean el carrusel del centro, una caja musical que despliega sus placas ilustradas con imágenes del Japón feudal mientras gira y suena la melodía. Más atrás puede verse el recipiente destinado al incienso y a un lado el Libro del Té, con las estrictas reglas de etiqueta de la milenaria ceremonia del té en una cuidada versión en castellano. En la parte superior (fuera del cuadro de la foto) una imagen de Buda.

Belle Epóque.

La sala principal, totalmente acondicionada por Rodolfo Panzacchi, donde luce una parte de los objetos. Pinturas, esculturas de varios tamaños, jarrones, plaquetas, lámparas ornamentadas y al fondo el busto de Giuseppe Garibaldi restaurado por él mismo, quien se declara un admirador de la figura del líder político italiano. "Yo siempre lo admiré porque fue un hombre de varios mundos", sostiene.

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