Viajes

Tierra de dioses, sol y surf

Mito turístico del sudeste asiático, tierra hinduista en un país musulmán, Bali es un destino que combina playas y olas soñadas con enigmáticos templos y arrozales.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Bali es la isla más famosa de Indonesia y es definida como un paraíso.

Al kosala kosali suelen definirlo como el feng shui balinés. Además de sonar muy bien es un término profundo y refiere a los principios de la arquitectura tradicional en la isla indonesa de Bali, el orden y las características adecuadas para los distintos componentes de un hogar.

Una tradicional vivienda balinesa es un pequeño complejo de construcciones independientes dentro un predio común, que incluye habitaciones, cocina, almacén y, en especial, un templo, todo cuidadosamente dispuesto y orientado según los preceptos del kosala kosali.

Pero no sólo las casas sino prácticamente todo en Bali parece diseñado según sabios criterios estéticos, de acuerdo con un equilibrio superior: los grandes templos sobre acantilados, los altares mínimos en cualquier rincón, las terrazas de arroz y los enormes barriletes que las sobrevuelan; un plato de comida, una coreografía, las series armónicas de los ensambles de gamelán.

Bali es una entre las 16 mil islas que integran Indonesia, el cuarto país más poblado en el mundo. Pero Bali no es una más en ese montón, sino una de las pocas islas con población mayoritariamente hinduista (mientras el resto del archipiélago es musulmán) y con una identidad muy local, con su marcada espiritualidad y talento para las buenas artes, de la danza a los textiles, pasando por la escultura. Dicen que los habitantes de Bali son más balineses que indonesios.

Además, Bali es, lejos, el principal destino turístico de Indonesia. Uno de los muchos nombres junto a los que el marketing turístico escribe la palabra paraíso y uno de los pocos que amerita semejante exageración. Con su combinación de playas y surf, espiritualidad y verde, hotelería premium y ritmo rural, gastronomía y noche. En fin, kosala kosali.

Denpasar, la capital, queda en el extremo sur. Allí viven 500 mil de los cuatro millones que pueblan la isla, visitada cada año por el doble de turistas (la mitad, extranjeros), en una temporada alta casi constante. Prácticamente pegada a Denpasar está Kuta, la playa y el pueblo del que hoy nadie adivinaría un pasado humilde y pescador. En la villa de Kuta se concentran los grandes hoteles de la isla, acompañados por infinidad de bares y negocios, especialmente sobre la siempre congestionada calle Legian. El lugar indicado para salir de noche, alojarse en un hotel Hard Rock, escuchar reggae en vivo con tragos 2x1, comprar suvenires baratos y hasta someterse durante quince minutos a un masaje de peces, con los pies metidos en un tanque.

Serpientes en Tanah Lot.

Basta con moverse un poco de Denpasar y Kuta para dejar atrás el ruido y descubrir otra Bali, aunque el excesivo tránsito de combis y scooters rara vez se descomprime totalmente.

Bali es conocida como la isla de los dioses por su acentuada religiosidad y por sus miles de templos hinduistas. Siete de las construcciones sagradas más impactantes se elevan en distintos puntos de la costa en el sudoeste del territorio, no muy lejos de Kuta. Se supone que desde cada uno de ellos siempre es posible ver el próximo, en una mística cadena de vigías marítimos.

Tanah Lot es uno de los más visitados, por su espectacular emplazamiento y por su cercanía con la capital (20 kilómetros). Ciertamente es un lugar sublime. Pero la espiritualidad de Bali no se expresa sólo en construcciones monumentales. Más bien aparece en todas partes, por los rincones menos pensados, depositada en compactas ofrendas (pétalos de flores, incienso, arroz, alguna fruta, incluso galletitas) que los balineses preparan con prolijidad o compran por un dólar, listas para usar. Las dejan cada mañana en infinidad de altares, en sus casas, en negocios, en la calle. También en pasillos de hoteles.

En cualquier rotonda vial hay un dios, aunque poco puedan hacer Ganesh o Brahma para mejorar el tránsito. Y en Bali hay muchas rotondas y también kilómetros de talleres de esculturas especializados en deidades, uno al lado del otro. Bali es un gran exportador de estas artesanías, que marchan a ritmo industrial.

Temporada de surf.

Al dejar atrás Kuta se ven más y más talleres especializados en altares de piedra a cada lado del camino. Pronto, la ruta es más angosta y zigzagueante. El paisaje cambia, se pinta de un verde intenso y aparecen las terrazas de arroz, alimento fundamental en la dieta (y la economía) balinesa. Extensas plantaciones escalonadas con un sistema de riego de centenaria efectividad y custodiadas por más templos y altares, ahora dedicados a Dewi Sri, diosa del arroz. Los cultivos más famosos son los de Jatiluwih, con sus espectaculares vistas, declaradas Patrimonio Cultural por la Unesco. Caminar entre estos arrozales y canales es una de las experiencias imperdibles en la isla.

Muchos australianos y algunos latinoamericanos no aterrizan en Bali por sus dioses ni por el arroz, sino por el surf. Las olas allí son tan legendarias como Tanah Lot y Jatiluwih. "Mi playa favorita para surfear y dormir es Balangan, en la península de Bukit —dice Daniel Margaride, surfer e instructor de snowboard—. Olas perfectas y una playa hermosa, tranquila y rodeada de naturaleza y gente relajada. La gran mayoría va a esa zona para surfear o hacer retiros de yoga. El pasaje en avión es caro, el viaje es largo, pero el alojamiento y la comida son muy baratos".

A menos de media hora del aeropuerto, Balangan es el sueño de cualquier surfista. Los principiantes, sin embargo, suelen quedarse en la extensa playa de Kuta, que concentra un buen número de escuelas de surf y lugares donde alquilar tabla. Canggu, Medewi, Nusa Dua y Serangan son otros puntos destacados, casi siempre en la costa del sudoeste y con fuerte acento australiano. *LA NACIÓN/GDA

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