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Una tierra de contrastes

Desde 2010 hasta ahora la cantidad de uruguayos que visita Tailandia por año se triplicó. Un país que ofrece playas, lugares paradisíacos y cultura, todo a precios más que accesibles.

Foto: Déborah Friedmann
Foto: Déborah Friedmann
Vendedores ambulantes en la playa de Koh Samet. Foto: Déborah Friedmann
Vendedores ambulantes en la playa de Koh Samet. Foto: Déborah Friedmann
Es habitual que los tailandeses ingresen al mar con ropa. Foto: Déborah Friedmann
Es habitual que los tailandeses ingresen al mar con ropa. Foto: Déborah Friedmann
De noche, con más de 30°, comer sobre la playa es la mejor opción en Koh Samet. Foto: Déborah Friedmann
De noche, con más de 30°, comer sobre la playa es la mejor opción en Koh Samet. Foto: Déborah Friedmann
Los espectáculos con juegos son típicos en Tailandia. Foto: Déborah Friedmann
Los espectáculos con juegos son típicos en Tailandia. Foto: Déborah Friedmann
Con 20.000 visitantes por día el Palacio Real en Bangkok es el punto más visitado. Foto: Déborah Friedmann
Con 20.000 visitantes por día el Palacio Real en Bangkok es el punto más visitado. Foto: Déborah Friedmann
Turistas en el Palacio Real de Bangkok. Foto: Déborah Friedmann
Turistas en el Palacio Real de Bangkok. Foto: Déborah Friedmann
Wat Pho alberga un gigante Buda reclinado de 46 metros de largo y 15 de alto. Foto: Déborah Friedmann
Wat Pho alberga un gigante Buda reclinado de 46 metros de largo y 15 de alto. Foto: Déborah Friedmann
Khao San Road, calle de mochileros y compras en Bangkok. Foto: Déborah Friedmann
Khao San Road, calle de mochileros y compras en Bangkok. Foto: Déborah Friedmann
Al costado de Khao San Road, bien vale la pena hacerse un masaje. Foto: Déborah Friedmann
Al costado de Khao San Road, bien vale la pena hacerse un masaje. Foto: Déborah Friedmann
Las imágenes del rey y la reina de Tailandia aparecen en casi todos lados. Foto: Déborah Friedmann
Las imágenes del rey y la reina de Tailandia aparecen en casi todos lados. Foto: Déborah Friedmann
En Chiang Mai, las pagodas del rey y la reina. Foto: Déborah Friedmann
En Chiang Mai, las pagodas del rey y la reina. Foto: Déborah Friedmann
Los jardines de las pagodas del rey y la reina son de lo más hermosos del paseo. Foto: Déborah Friedmann
Los jardines de las pagodas del rey y la reina son de lo más hermosos del paseo. Foto: Déborah Friedmann
Maesa, el campo de elefantes más grande del Norte de Tailandia. Foto: Déborah Friedmann
Maesa, el campo de elefantes más grande del Norte de Tailandia. Foto: Déborah Friedmann
El 94,6% de los tailandeses practican el budismo. Foto: Déborah Friedmann
El 94,6% de los tailandeses practican el budismo. Foto: Déborah Friedmann
En Tailandia el año nuevo, que se festeja en abril, viene con guerra de agua. Foto: Tourism Authority of Tailand
En Tailandia el año nuevo, que se festeja en abril, viene con guerra de agua. Foto: Tourism Authority of Tailand

DÉBORAH FRIEDMANN*

Un monje sumerge una flor de loto en agua en la puerta de un templo, deja caer unas gotas sobre su cabeza; se irá bendecido. Una madre entra corriendo vestida al mar transparente y cálido; lleva a su hijo en brazos. Una chica posa para una selfie y le pide opinión a una amiga; luce lo último de la moda europea. Una campesina separa las mejores flores para vender; volverá con dinero a casa. Un hombre se detiene en uno de los diez mil puestos de un mercado; se hace un masaje. Tal vez por sí solas cada una de estas escenas no diga mucho, pero juntas muestran el principal encanto de Tailandia: su diversidad.

Es que en este país, puerta de entrada al Sudeste asiático, la combinación de paisajes, gente, naturaleza, arte, cultura y tradición forma un mosaico difícil de igualar. Allí la comida parece ser la metáfora perfecta de todo lo demás. Cada plato es una síntesis de cinco sabores— amargo, agrio, salado, dulce y picante, mucho picante— pero combinados de un modo sutil, donde diferenciarlos se hace casi imposible.

Con esa misma naturalidad conviven modernos rascacielos, shoppings que albergan las tiendas más exclusivas de Europa y hoteles lujosos con ranchos que les cuesta mantenerse en pie, albergues económicos y mercados donde se hacen maravillas con un par de dólares.

Quizás por eso, Tailandia reúne varias características que derriban estereotipos con los que un viajero occidental puede llegar. Para empezar, al menos en buena parte de Bangkok y Chiang Mai, la segunda ciudad del país, las calles no están sucias, el tráfico es ordenado —incluso se escuchan pocas bocinas— y los pasajeros forman prolijas filas para ingresar al BTS, tren elevado en la capital, limpio y con aire acondicionado. Tampoco es frecuente encontrar personas que pidan limosna por la calle ni que persigan a los turistas para venderles algo. Sí escuchará varias veces una característica que es orgullo nacional: Tailandia es la única tierra en su región que nunca fue colonizada.

Otros aspectos posiblemente llamen la atención de los recién llegados a este país, primer productor mundial de discos duros, caucho natural, azulejos de cerámica y atún enlatado: el conductor se ubica a la derecha del vehículo (al revés que en Uruguay), para comer solo utilizan palillos si el menú es pasta —sino apelan al tenedor y la cuchara, nunca al cuchillo—, en hoteles, tiendas y restaurantes es habitual que transexuales trabajen en la atención al público y la homosexualidad es ampliamente aceptada.

Además, una imagen los acompañará en todo su viaje: la del rey Bhumibol Adulyadej y su esposa, la reina Sirikit, cuyos retratos están presentes en todos lados, desde los centros comerciales hasta en restaurantes o en plena calle. Se trata del monarca con más años en el trono —lleva 69—, aunque las fotografías muestren a un hombre de unos 50 o 60 años y no su rostro actual. Tailandia es una monarquía constitucional, gobernada por una Junta Militar desde 2014, que promete llamar a elecciones el año próximo. Un aviso: no se puede hablar mal del rey, conducta que puede ser penada con varios años de prisión.

Bangkok.

Sabai dii may kha, dice una mujer en la entrada del Palacio Real de Bangkok, al tiempo que sonríe, junta las palmas de sus dos manos e inclina ligeramente la cabeza. Ese saludo, que significa ¿cómo está usted?, recibe al viajero en todos lados, desde la recepción del hotel, hasta en cualquier tienda o persona a la que detenga para preguntarle algo por la calle. Poco afectos a dar la mano o saludarse con un beso —las demostraciones de afecto en público son escasas y no muy bien vistas—, los tailandeses apelan siempre a esa fórmula, en donde el de menor rango o edad es el que realiza la reverencia más pronunciada.

El Palacio Real es visita obligada para todo aquel que pase al menos unas horas en la capital de Tailandia, donde viven unos siete millones de personas de los casi 68 millones que habitan este territorio. Antes de ir, y sin importar lo caluroso que esté el día —en este mes de abril la temperatura puede rondar los 45°C— hay que tener en cuenta que solo se puede ingresar de pantalón o pollera larga (hasta el piso), camisa o remera con mangas y zapatos cerrados. En caso de olvidarse, en la puerta venden y alquilan la ropa adecuada. Otro consejo: llevar un paraguas pequeño consigo, es útil tanto para protegerse del calor como para resguardarse de la lluvia. La entrada, de 500 baht (equivalentes a 455 pesos uruguayos), bien vale la pena.

Aunque vaya temprano en la mañana —lejos, la mejor hora para ir— al llegar se encontrará con un gentío. Las 20.000 personas que lo visitan promedio por día (abre de 8 y 30 a 16 horas) hacen que esa sea la tónica del paseo. De todos modos, la inmensa superficie de esta pequeña ciudad que reúne en 218.000 metros cuadrados templos, capillas y palacios genera que, salvo en el ingreso, el público no abrume y se pueda disfrutar de los detalles de este complejo que muestra lo mejor de la arquitectura, pintura y decoración tailandesa, residencia real entre el siglo XVIII y mediados del XX.

Si bien hay varias atracciones como el Museo De Monedas y Medallas y la Gran estupa dorada (Phra Si Rattana Chedi), el santuario del Buda de Esmeralda (Wat Phra Kaew) es el sitio que no se puede dejar de ver. Es el templo más importante de Tailandia, país donde 94,6% de la población es budista. En su interior se encuentra el buda de esmeralda, una imagen tallada en jade de 66 centímetros de alto, que los turistas pueden observar solo de lejos y a la que el rey —ahora el príncipe heredero Maha Vajiralongkorn por la delicada salud del monarca— le cambia de vestimenta tres veces por año, de acuerdo a la estación. En términos formales el año se divide en invierno, verano y época de lluvias, aunque los tailandeses se refieren a ellas como "calor, más calor y calorísimo". Es que en ese país el termómetro llega a bajar solo hasta los 19°C.

En ese y otros templos como el Wat Pho —que alberga un gigante buda reclinado de 46 metros de largo y 15 de alto y cuya entrada cuesta 100 baht, unos 90 pesos uruguayos— es habitual cruzarse con decenas de monjes, algunos niños o adolescentes, aunque esto no quiere decir que esa sea una opción de vida. En Tailandia es costumbre que todos los jóvenes (solo los varones) hagan, en agradecimiento a sus padres, un servicio de tres semanas en algún templo. Además, en especial las familias humildes, suelen enviar a los pequeños a algún santuario durante las vacaciones como una forma de que ganen en disciplina (y de paso tengan la alimentación asegurada).

Después de haberse adentrado en la Bangkok espiritual, es hora de conocer un poco más la realidad de su gente. Para ello es ideal un paseo por los canales del río Chao Phraya, llamados klongs, que le dan a la capital el apodo de Venecia del Este (también se inunda como la ciudad europea cuando llueve demasiado). Hay varias modalidades para hacerlo, según cuántas personas vayan en el barco y el tiempo. Si cuenta con un buen rato, el de dos horas es el más recomendable. En el recorrido predominan las casas sobre el agua, algunas muy humildes y en franco deterioro, muchas con banderas del país. Los lugareños tratan de ganarse la vida con los turistas que pasan, tirando atadas cestas con pan para que los viajeros se lo compren, lo arrojen al agua y atraigan peces, o bien acercándose en botes para colocar algo de mercancía.

Y si de comprar se trata, y su hotel no está allí, vale la pena darse una vuelta por Khao San Road, la calle que reúne un número casi inigualable de mochileros por metro cuadrado —con hostels que van desde 3 dólares el día— y también pubs y tiendas, donde es posible conseguir ropa y regalos a excelentes precios, no sin antes regatear, aunque a veces los valores sean tan bajos que dé hasta vergüenza.

Son justamente los precios uno de los mayores atractivos de este destino. Se consigue una habitación individual con baño privado (limpia y donde da gusto alojarse) desde ocho dólares la noche y es posible almorzar o cenar por poco más de un dólar. Por supuesto se puede pagar mucho más pero, de todos modos, los bolsillos están de fiesta.

Chiang Mai.

A la hora de sentarse a comer es más fácil entender por qué en Tailandia no se ven personas pasadas de peso. La alimentación se basa en arroz —incluso lo desayunan—, al que acompañan con vegetales y carne: poca de vaca, algo de pollo y abundantes pescados y mariscos; las harinas y los productos industrializados son la excepción en la dieta. Además de lo especiada, la característica principal de la comida es el picante (se puede pedir not hot spicy, expresión que entienden en todos lados al igual que un inglés básico), que parece también explicar las delgadas siluetas, ya que la capsaicina que contiene es una sustancia adelgazante. Además, es característico que coloquen varios platos en el centro de la mesa y los compartan, que tomen agua o acompañen la comida con té (a veces helado).

Una familia disfruta de una cena en un típico restaurante en Chiang Mai, segunda ciudad del país a 700 kilómetros de la capital. Es domingo y el mercado parece interminable; son diez mil puestos en los que predominan los recuerdos para turistas. Antes, hay que cambiar dinero; conviene llegar al país con dólares pero en los comercios solo aceptan baht, la moneda local. Hay carteras (por unos 200 pesos uruguayos), distintos tipos de souvenirs por un dólar y artesanías (desde 100 pesos uruguayos). También se consiguen camisetas de fútbol, pocas de cuadros locales y muchas de los equipos que juegan la Champions League, el torneo más seguido en Tailandia, con la casaca de Luis Suárez del Barça incluida.

En Chiang Mai el costo de vida es un poco más barato que en Bangkok; también los salarios. Mientras que en la capital un mozo gana unos 12.000 baht libres de impuestos (10.850 pesos uruguayos) en esta ciudad el sueldo por ese puesto ronda los 9.000 baht (8.143 uruguayos). De todos modos, en cualquiera de los dos puntos el costo de vida es radicalmente menor que en Uruguay. Solo por poner un ejemplo: en Chiang Mai se puede alquilar una vivienda aceptable por 3.000 baht, unos 2.800 uruguayos.

En esta ciudad también los santuarios son uno de los puntos fuertes. Para empezar el día una buena opción puede ser el templo Wat Phra That Doi Suthep —conocido como Doi Suthep, la montaña donde está ubicado—, a 18 kilómetros del centro de la ciudad, a 1.073 metros de altura. Una vez allí y tras pagar la entrada de 30 baht (unos 27 uruguayos), se puede elegir entre dos opciones para llegar: subir 309 escalones flanqueados por las colas de dos dragones o tomar un ascensor. De todos modos, si al ingreso el esfuerzo parece demasiado grande, la bajada a pie lleva unos pocos minutos y es apta para físicos sin ningún entrenamiento. Arriba, el punto central es una pagoda dorada que alberga una reliquia con el hueso del hombro de Buda. En silencio, con una flor de loto en sus manos, los peregrinos caminan rodeándola. Además, hay una réplica del Buda de Esmeralda y una estatua del dios hindú Ganesh. También son un punto de atracción las campanas —dicen que tocarlas da suerte—.

Hay dos horarios recomendados para visitar este templo: temprano de mañana, cuando hay poco público, y sobre las 17 horas, momento en el que tampoco hay muchos visitantes y se puede observar el atardecer con una espectacular vista de la ciudad y el templo está iluminado, lo que resulta muy bello. A toda hora se verá a los tailandeses cubiertos para no broncearse, suelen gastar bastante dinero para protegerse de los rayos ultravioletas. Es más que un tema de salud. En el país la piel con rastros de sol suele ser percibida como de un estrato social bajo, asociado con los campesinos, por lo que muchos buscan diferenciarse.

Si se opta por ir al templo en el horario de la mañana, lo más típico para el resto del día es ir al campo de elefantes Maesa, el más grande del Norte de Tailandia, con casi cien ejemplares. Claro está que allí pueden surgir reparos: son animales en cautiverio, domesticados por mahouts, cuidadores que dedican su vida a ellos. Tradicionalmente, los elefantes eran utilizados en el país para trabajar en el campo; desde que ya no cumplen esa función son, sobre todo, destinados al turismo. Y si bien este tipo de prácticas pueden ser miradas con recelo desde los ojos occidentales, sitios como este —que incluso tiene una certificación de calidad— son vistos con naturalidad por los locales, quienes destacan que son fiscalizados por el gobierno y que allí los animales cuentan con alimentación adecuada y atención veterinaria de primer nivel.

Una vez allí, lo primero que se ve son varios mahouts montados en elefantes, mientras los animales toman agua y alguno coloca un sombrero en alguien del público, gracia que es ampliamente festejada. Una vez en el interior del campo todo el mundo circula hacia el "teatro", ya que pronto comenzará el espectáculo. Los elefantes bailan, juegan fútbol y finalmente, pintan. Sí, pintan. Sus cuidadores les ayudan a tomar un pincel en la trompa y ellos hacen obras —sobre todo paisajes— que son muy aplaudidos por el público y luego ofrecidas (y muchas veces compradas) al final de la función.

Después, vendrá para muchos la mejor parte: montar a un elefante (solo o en pareja). El paseo dura unos 15 minutos por senderos con demasiadas subidas y bajadas, que pueden hacer sentir algo de inestabilidad o, directamente, miedo de caerse del asiento, ya que cuando el animal se mueve da la sensación de escurrirse. Para terminar la visita a Maesa, se puede comprar bananas o bambú y darle de comer a los animales, ya para ese entonces encerrados a la espera del próximo espectáculo.

Si esta opción no convence, varios cronistas de viajes recomiendan, también en Chiang Mai, el Elephant Natural Park. La diferencia sustancial con los demás campos es que los animales no realizan shows ni excursiones, sino que se apunta a poder devolverlos a la vida silvestre o cuidar de los que no pueden hacerlo por sí mismos. Lo que allí se ofrece, además de una charla informativa, es poder alimentar a los elefantes con frutas, acompañarlos en un paseo y después poder ayudar a bañarlos y ver cómo disfrutan de esa experiencia.

Más allá de los elefantes, cerca de Maesa y a 90 kilómetros del centro de la ciudad el Parque Nacional Doi Inthanon es un sitio recomendable para visitar, que debe su nombre a Inthanon, séptimo príncipe gobernante de Chiang Mai, cuyas cenizas descansan cerca de la cumbre. El sitio alberga al Monte Inthanon que, con sus 2.565 metros, es el pico más alto del país. Una buena opción es empezar por arriba, adonde se puede llegar en auto. Allí, además de un cartel que felicita por haber logrado este objetivo, hay una preciosa vista y un pequeño circuito para recorrer. Pero lo mejor está por venir: seis kilómetros más abajo, a 2.100 metros, están las pagodas del rey y la reina —construidas para festejar su 60° cumpleaños— a las que se puede subir a pie o por escaleras mecánicas. Más allá de lo llamativo de sus interiores, quizás lo más impresionante son sus coloridos jardines, rodeados de saltos de agua, aunque los interiores, decorados con imágenes sobre la vida de Buda, bien valen la pena. En la del rey, un solitario monje mira cuidadosamente el altar desde la puerta, mientras varios fieles oran ensimismados. Da pudor sacar la cámara fotográfica e inmortalizar el momento. En un rápido gesto, el religioso saca de entre su ropa un celular de última generación y toma varias fotografías. Es que en los contrastes de Tailandia radica su mayor encanto.*Invitada a Tailandia por la Embajada Real de Tailandia en Argentina, concurrente en Uruguay y Paraguay

La reina que se ganó a los suyos.

Una de las personalidades más queridas por el pueblo tailandés es la reina Sirikit; incluso en su cumpleaños, el 12 de agosto, se celebra el Día de la Madre. Esta mujer se ha ganado el cariño de la gente a base de intentar mantener las costumbres tailandesas pero, sobre todo, por involucrarse personalmente en la atención a refugiados, en catástrofes y a la cabeza de la ayuda social, en particular dando oportunidades a personas que no las tenían, reconvirtiéndolas en expertos artesanos de artes tradicionales. Piezas hechas por programas que encabeza están expuestas en la muestra Art of the Kingdom, en Bangkok, que recibe 10.000 visitas por día.

Variedad, hospitalidad y precios bajos son sus mayores atractivos.

El turismo en Tailandia ha crecido en los últimos años: en 2015 llegaron a recibir casi 30 millones de viajeros, señaló Juthaporn Rerngronasa,

vicegobernadora de Marketing Internacional, a un grupo de periodistas de Uruguay y Paraguay. Del total, la gran mayoría proviene de Asia, mientras que América Latina representa una pequeña porción: 100.000 turistas, la amplia mayoría de ellos de Brasil (45.000), seguido por Argentina (35.000). En el caso de Uruguay, los viajeros acompañan la tendencia creciente, aunque a una escala acorde con el país. Mientras en 2010 viajaron a Tailandia 548 personas desde Montevideo, en 2015 fueron 1.822, según informó el Consulado General de Tailandia en Uruguay. Es necesario tramitar una visa, que cuesta entre US$ 40 y US$ 200 dependiendo de la cantidad de entradas y el tiempo de permanencia.

Para Rerngronasa hay tres razones principales por las que visitar el país: la variedad de productos (playas hermosas, rica cultura, naturaleza y shopping), la hospitalidad (Tailandia es conocida como la tierra de la sonrisa) y lo económico ("uno obtiene más de lo que paga").

El año llega con agua.

Tailandia se rige actualmente por el calendario occidental, por una cuestión más bien práctica para los negocios y el turismo. De todos modos, festejan a todo trapo el inicio de un nuevo año tailandés, cada 13 y 14 de abril. La fiesta, conocida como Songkran, es un momento muy divertido para lugareños y extranjeros. Todos consiguen algo con que tirar agua —venden una variedad impresionante de accesorios pero también se apela al tradicional balde— y desde la mañana a la noche hay guerra.

PLAYAS.

Paraísos turquesas.

Arena blanca, bien blanca y agua transparente, a la temperatura perfecta. Todo eso rodeado de una vegetación difícil de encontrar y un clima de tranquilidad que contrasta bastante con otros destinos de playa. Eso es lo que ofrecen cientos de islas de Tailandia, sin duda uno de los puntos más destacados de ese país.

Si bien el fuerte son las playas del Sur como Phuket, una opción más cerca de Bangkok, y también muy disfrutable si no hay tiempo suficiente para viajar más, es Koh Samet. A unos 200 kilómetros de la capital, es conocida por concentrar buena parte del turismo interno en la zona y no ser un sitio muy frecuentado por turistas.

De seis kilómetros de longitud, no son habituales allí los hoteles all inclusive sino que se paga por el alojamiento y separado por la comida (que es económica, al igual que en el resto del país). Con una estructura similar a los resorts del Caribe, lo que cambia respecto a ese destino es el ritmo. Hay reposeras de sobra para los turistas, poco ruido, posibilidad de hacer varios deportes acuáticos —los más pedidos son snorkeling y parasailing— y restaurantes y bares en la playa donde cenar se puede convertir en una experiencia inolvidable: los restaurantes, iluminados con luces turquesas y rojas, ofrecen espectáculos donde el fuego es el protagonista.

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