CABEZA DE TURCO i WASHINGTON ABDALA

Tanto para tan poco

No vi a Tinelli en su lanzamiento de temporada. Pensé que había ganado la batalla, que me había podido salvar. Me lo había propuesto porque leí algo por allí que seguía con lo de siempre y dije para mí: este año no.

Además, ahora que lo "hot" está por ser censurado por las feministas ultramontanas, la verdad, nada para que mire con demasiada atención (para ver bailar en serio miro a la Riccetto, capa esa dama, mis felicitaciones.) Sin embargo, vicho las redes sociales argentinas, veo que le hacen una nota bizarra a alguna de sus bailarinas gerontes y me prendo. Casi sin voluntad caigo entonces —por vía indirecta— en lo que no quería ver. Me atraparon. Soy re-gil, así que le dediqué algunos minutos a ver a Marcelo en la compu y consecuentemente a hacerlo más rico. Por un lado u otro me atraparon.

Seamos francos; sucede con Marcelo Tinelli pero pasa con todo. Se nos cuelan por cualquier lado y nos embocan.

Ahora entiendo los veganos y la gente que quiere comer sano: terminan siendo dogmáticos, semi-locos y enojados. Gente que tiene que ladrar, bramar y patalear para que no les metan comidas sintéticas y basuras de las que a diario ingerimos los que nos envenenamos a cotidianamente de manera feliz. Nada fácil salir de los químicos, de lo enlatado con fertilizantes dudosos y de lo que nos hace mal. Las batallas por la libertad hoy son más individuales que colectivas.

O sea, libres, libres de verdad, cuesta un milagro lograrlo. Vamos a empezar por reconocer lo obvio.

Lo que me calienta de mi relato es que suena a viejo. Parezco creer que todo tiempo pasado fue mejor. Y todas esas imbecilidades que repiten los reaccionarios que creen que su época de juventud fue la mejor del mundo. ¡Bueh! No pienso así. Creo que la expectativa de vida aumenta porque se avanza en el plano científico. Se alimenta más gente en el mundo (aunque no con lo que debería). Entiendo que estamos más conectados todos con todos. La ausencia de un ser querido por un viaje no deja a nadie llorando, solo hablás por Skype o Facetime y chiche bombón. O sea, este mundo es mejor que el que no tenía penicilina, no tenía Internet y no tenía conexión entre todos. A su vez, la globalización (en mi juventud era como hablar de Sofía Loren, algo inalcanzable) ya no es un dato para soñar con él, ya está, es comida diaria. Te digo más, la gente que hace negocios o política, solo viaja para verle los ojos al otro, para hablar en privado algo que así lo amerite, pero las conexiones ahora ya no hacen necesarias las misiones como las del ayer (de paso se podrían ahorrar algún pesito en tanto viaje bananeril).

Sin embargo no logramos dominar el mundo actual. Somos más dependientes, más agónicos ante la presión del otro (en las redes sociales se nota), más limitados y más peligrosamente frágiles ante embestidas que la propia sociedad dispara desde lugares que nadie domina. Los atentados terroristas de la posmodernidad no dan tregua y no son el final de nada sino el principio de algo más horrendo. Lo intuimos todos. El hombre que está perdido en su mente, sale a matar y cualquier excusa sirve para eliminar a otros: la guerra religiosa, el hambre y la marginación. Esos son los temas que la actualidad debería asumir sin efectismo, no haciendo la de Antón Pirulero.

El "humano-singular" de este tiempo ("Sapiens" lean ese libro) cree que tener éxito, popularidad, poder y trascender lo hace feliz. Por eso hemos vuelto al Coliseo romano en todo su esplendor. Claro, Julio César, ahora, somos todos. Increíblemente lo necesario es ajeno a los ojos: ser más feliz implica algunos equilibrios emocionales, cierta paz interna, alejar el miedo cotidiano de la violencia loca y hacer aquello que nos hace bien. Esos designios elementales y necesarios no se cumplen. No sabemos hacerlo. En parte por eso pasa lo que pasa. Día a día vivimos mirando dónde explota la bomba, dónde muere más gente y la única alegría es pensar que no nos embocó a nosotros semejante delirio.

Si eso es todo a lo que aspiramos, la verdad, estamos horrible. Nunca habíamos logrado tanto para aspirar a tan poco.

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