Generación espontanea / por hugo burel

Sinfonía de paraguas

"La marea humana bajo los círculos daba la sensación de ser una obra de arte abstracto que se movía".

Pero cuando el paraguas resiste y se multiplica como la otra tardecita en Buenos Aires y son miles los que lo llevan, ya no solo para cubrirse de la lluvia sino para convertir al práctico adminículo en símbolo de muchas cosas, el objeto protector deviene en signo, en retícula que al observarse desde arriba, puntos junto a puntos en abigarrada trama, dibuja en su conjunto un tapiz polícromo que vence el gris de la tarde. No es frecuente ver, qué se yo, ciento cincuenta mil paraguas todos juntos. Había mucha más gente allí, pero no todos iban munidos de paraguas. Seguro que muchos quedaron destruidos por el viento, pero la mayoría resistió y permaneció cubriendo a cada argentino que llegó hasta esa marcha que iba a ser del silencio y terminó en sinfonía de paraguas, en repiqueteo de gotas sobre ellos, en chapoteo incesante de pies caminando detrás de una reivindicación.

¡Qué metáfora formidable armó la gente y la lluvia que obligó a abrirse miles de paraguas! Por momentos, en las tomas de la televisión que mostraban a la multitud desde arriba, el lento moverse de la marea humana bajo los círculos coloridos o negros, daba la sensación de ser una obra de arte abstracto que se movía, que iba cambiando en extraña metamorfosis que acompañaba el imposible silencio de la consigna. No era sostenible ese silencio en términos absolutos: los paraguas convertían el golpe de las gotas en rumor asordinado de fondo, en miles de latidos líquidos que también marcaban presencia.

No voy a desglosar aquí los varios significados políticos que podrían atribuirse al aluvional "paraguazo" que se produjo el miércoles pasado en Buenos Aires. Eso es materia de analistas, sociólogos y hasta psicólogos. Lo que quiero destacar aquí es esa involuntaria resignificación del paraguas que las imágenes de la marcha impusieron.

Según una leyenda china, el paraguas fue inventado por Lu Mei, una joven que había retado a su hermano a idear algo que los protegiese de la lluvia. En una noche, Lu Mei construyó un bastón del que pendían 32 varillas de bambú cubiertas de tela. Lo cierto es que el paraguas ya existía en China en el siglo XI a. C. De allí pasó a Egipto y Grecia, donde fue usado como sombrilla. Tras la caída del Imperio Romano, desapareció hasta finales del siglo XV, cuando resurgió en Francia como objeto de lujo. El químico escocés Charles Macintosh presentó en 1823 el primero impermeable, que olía a caucho. Con ello fijó la utilidad definitiva del objeto que, pese a las mejoras en los materiales con los que es construido y el automatismo en su mecanismo de apertura, no ha cambiado casi nada desde hace casi dos siglos.

El paraguas cerrado puede servir de bastón y hasta de improvisada arma de defensa, como hemos visto en tantas películas. Abierto, protege de la inclemencia, pero una vez pasada la lluvia, a veces molesta porque ha quedado mojado y no sabemos dónde ponerlo cuando llegamos a algún sitio en donde todo luce seco.

Me pregunto qué hicieron los miles de ciudadanos que luego de la marcha del silencio regresaron a sus casas con el paraguas que, de alguna manera, se había convertido en un objeto heroico. Quizá muchos ya no lo usen más y lo atesoren como el arma de una batalla por imponer el silencio atronador de este histórico 18 de febrero.

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