CABEZA DE TURCO i washington abdala

Rowling vs Marx

Aborrezco a los intelectuales. Quizás deba afirmar que aborrezco al supuesto intelectual que habita dentro de un nicho plagado de individuos que consideran que su "eventual" sabiduría iluminará el destino de los simples mortales.

WASHINGTON ABDALA

Estos personajes que por leer tres libros o recitar dos canciones creen que tienen derecho a sentirse intérpretes de la masa son solo imbéciles importantes.

Es más, siento proverbial repugnancia ante los autoproclamados intelectuales al servicio de causas políticas. Esos mequetrefes convocan la ira del más moderado. Y me da igual si son de izquierda o de derecha, los de izquierda sacan pecho mientras los segundos suelen andar calladitos porque saben bien de la guillotina moral de los primeros. El patoterismo de la barra "gauche-caviar" es en serio: proscriben y al Sahara a vender arena.

Por supuesto que valoro y respeto al intelectual que nos sacude la cabeza con su genio. Cervantes, Dante y Shakespeare no eran intelectuales, eran genios. Los genios no tienen categoría, superan la tipología en la que los queremos ubicar. Punto. ¿Shakespeare producía literatura, teatro, filosofía de vida, humanismo, sentido común, axiología, capacidad de entretener o todo eso junto? Nadie lo sabe y poco importa. Superó la barrera del sonido.

En nuestra aldea está lleno de autoproclamados intelectuales, look "yo te explico todo", remeras con inscripciones que dicen lo que pretenden ironizar y ese tonito choto que expresa que todos los que no sintonizamos su mirada "revolucionaria" de la vida somos frívolos. Y lo paradójico es que siguen creyendo en la misma eterna ideología, aunque esa perspectiva no tuvo aterrizaje exitoso en ningún lado del planeta (sí, del socialismo real estoy pensando, de esa película porno que cuando nació solo concretó sangre y autoritarismo).

De lo que hablo es de lo fútil de aquellos que creen tener la palabra revelada porque entienden que sus proclamas van a cambiar algo de nuestras vidas. Pues no, no va a cambiar un pito, nada, no cambiaron una coma y no lo harán jamás. Son muy pocos los intelectuales que cambian el mundo. Hizo más J.K. Rowling con su Harry Potter que Carlos Marx con su falsa teoría de la dictadura del proletariado. Influyó más Stephen King que Galeano con sus lamentos hieráticos (y arrepentimientos tardíos). Y no hay debate sobre esto. Lo que importa es la evidencia.

Todos los tiempos tienen sus vanguardias y sus traductores. Estos tiempos twitteriles dicen mucho de cómo somos: una sociedad sintética, concreta, al grano, dura, con poca capacidad de abstracción, con tenue sentido lúdico —si no es ante una pantalla— y con una ansiedad que nos devora matando con una tizona al que se le antoja. Basta oír un poco algunas radios para captar que la atención del escucha se la enlaza con bravuconadas, griterío, zapping temático, criticas al por mayor y guaseríos varios. La música en las radios ya no es propiedad de las radios. ¡Uuups! Cada uno arma su lista y chau Pinela.

Los intelectuales uruguayos, además, tienen un tupé grandioso porque se consideran hijos de generaciones insignes de por vida. Como si el apellido influyera eternamente. Hay acá un mundillo "progre" y snob, donde fumar un porrito es obligatorio, leer a Benedetti una liturgia macanuda, creer que el Cabo Polonio es lo más y amar ir a Bahía para reencontrarse con el espíritu de Jorge Amado te eleva dentro de tu grupo de pares. Es verdad, Uruguay no tiene la dimensión activa de un Víctor Hugo Morales al servicio de una causa como lo era en el mundo Kirchner. Pero es paradójico, Uruguay creó a ese personaje. O sea, tenemos la génesis para cualquier explosivo. Está probado. ¡Mil disculpas Argentina!

Los supuestos intelectuales uruguayos, más berretas claro, ahora que la debacle se instala en escena (no hay un peso en el país) se llamarán un poco a silencio. Su vida de orugas abonadas con dinerillos públicos va llegando a su fin. Porque todo tiene un final y a todos se les cae la máscara en algún momento. A todos. Bienvenidos al realismo "no" mágico donde cualquiera los bajará de un hondazo dialéctico cuando menos se lo esperen. El cansancio lo puede todo. Todo.

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