CABEZA DE TURCO

Revolución

Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad…", así comenzaba una canción de Sui Generis de hace mil años. Eran, simultáneamente, tiempos oscuros con dictaduras latinoamericanas florecientes.

La "revolución" —por su parte— en sus versiones regionales era lo máximo. Muchos se sintieron seducidos por ella. Claro, Fidel Castro en 1959 era Dios. Luego se transformó en el portero salado de Cuba y todo cambió. Más de uno se comió la pastilla.

La "revolución" se exportó a todos lados y "obreros y estudiantes unidos y adelante" ganaba las calles de América del Sur (como si fueran dimensiones fáciles de empatizar).

Los intelectuales cretinos de Europa —con Sartre a la cabeza como el Mesías de la hora— empujaban a salir a las calles y jugarse la vida (mientras él seguía con Simone platicando y la sangre corría de forma cruenta; grandioso cínico.)

Por el barrio el "discurso revolucionario" se coló y en versiones locales iba decantando a su modo. La izquierda regional y local admiraba, soñaba con vivir la reconquista del poder que estaba en manos de los hijos del imperio a como diera lugar. Por allí anduvo alguno de los de la barra del gobierno de hoy, ahora más manso, más obeso y más aburguesado. Esa es la verdad.

La revolución que se le vendió a mucho joven de décadas atrás fue una engañifa feroz, un estado de emoción demencial —casi suicida— y desde allí se empujó hacia el odio colectivo. Por cierto, que los movimientos revolucionarios nada tuvieron de justicieros contra las dictaduras: nacieron antes, fueron criminales antes, usaron la violencia antes y no sirvieron para mucho. Mejor dicho: para nada. Solo frustraron generaciones en una utopía que no era ni siquiera tal. Un verso.

Sí, luego caímos en lo siniestro de la dictadura, pero ese es otro cantar deplorable que no tiene vinculación con la idea primigenia de revolución de los sesenta. ¡Que no nos confundan los tantos! Algunos que sacan patente de "héroes" por esa época no lo fueron. Fueron unos inconscientes que colaboraron en la erosión de la democracia. Esa es la triste verdad.

Hoy vivimos otra revolución, una revolución de consumos, de productos, de estilos idiotas y de formas de existir que le hacen creer a la gente que será más o menos feliz según lo que adquiera. Otro verso. Hasta la izquierda y sus connotados representantes (miren familias top de izquierda y verán lo que afirmo) asumieron qué indicadores de consumo "cheto" son vitales. ¡Se los fumó en pipa el capitalismo! O sea, aquel discurso de la austeridad de izquierda, solo Mujica dice que lo pregona porque los que lo rodean —los empresarios empípí— y la mayoría de la elite de izquierda-caviar criolla se copó con los gustos de la pequeña burguesía. O sea, el humano es mucho más débil de lo que todos creen (¿o más fuerte?). Por eso, la idea de "revolución" como cambio abrupto de paradigma social no funciona, porque ya no se la cree nadie y porque de instalarla, igual, nada bueno nos aporta. La historia nos muestra eso con elocuencia. Punto.

Me tiene harto ver gobernantes de izquierda inmersos en sus modus vivendi capitalistas extremos, plagados de gustos de la supuesta derecha, gastando dinero a lo Maradona y haciendo el verso de que ellos "son otra cosa".

Por eso Sendic está fundido, no por sus desatinos en Ancap o su no título, no por los cientos de millones que nos hizo perder con su inoperancia sino porque representa "la" contradicción más grosera, ofensiva y obscena hacia la sociedad. De él, justamente, no se esperaba eso. Y la tarjetita corporativa ratificó que es igual (o peor) a los mortales pecaminosos que declamaba no ser. Claro, el infeliz es el "cabeza de turco" pero es solo uno más de una barra que hace tiempo perdió la chaveta, que les gusta la mosca como locos, que quieren vivir la vida loca a lo Ricky Martin, tener el cero kilómetro en la puerta (si son dos mejor) y dale que va poroto (¿salimos para Miami con los nenes?)

La idea de revolución ya no la pueden mencionar nunca más, solo pueden mentir con ella a cara de perro y uno tiene que poner carita de choto para no gritarles una grosería.

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