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Las reliquias verdes

Su tamaño, antigüedad o significado histórico los pone más allá del crecimiento del cemento: por todo Montevideo se encuentran estos árboles que el progreso respetó.

El pino de la rambla de Pocitos y Martí. (Foto: Archivo El País)
El pino de la rambla de Pocitos y Martí. (Foto: Archivo El País)
La anacahuita de Colonia y Yaguarón (Foto: Archivo El País)
La anacahuita de Colonia y Yaguarón (Foto: Archivo El País)
El viejo ombú de Bulevar España (Foto: Archivo El País)
El viejo ombú de Bulevar España (Foto: Archivo El País)
La palmera del estadio de Danubio (Foto: Archivo El País)
La palmera del estadio de Danubio (Foto: Archivo El País)
Las nuevas palmeras de Sarandí: discutidas (Foto: Archivo El País)
Las nuevas palmeras de Sarandí: discutidas (Foto: Archivo El País)

LUIS PRATS

Cuatro o cinco imágenes, captadas por fotógrafos anónimos a lo largo de muchos años, lo tienen como protagonista central. A su alrededor todo va cambiando, pero él se mantiene enhiesto, desafiando el paso de los años. El ombú de Bulevar España y Luis de la Torre es una de las especies vegetales montevideanas que el progreso respetó.

Alguna vez brotó en un descampado lejano de los muros de la plaza fuerte colonial. Después vio surgir casas en la vecindad del pueblito de pescadores y lavanderas. Cuando se trazó el bulevar, las autoridades respetaron su figura y obligaron a que automóviles y tranvías lo rodearan. Y hoy asiste al crecimiento de edificios y torres en los alrededores.

Nadie sabe su edad, porque la madera de los ombúes no tiene anillos de crecimiento que permitan hacer mediciones. En todo caso, está allí más allá de la memoria de los vecinos.

Está bien, el ombú no es considerado un árbol, sino una hierba con vocación de grandeza, pero forma parte esencial del paisaje verde uruguayo. Y en una capital con casi 300.000 árboles según las cifras de la Intendencia, los ombúes representan una presencia siempre notoria. Como varios de ellos, otras especies de la flora sobrevivieron a aperturas de calles, demoliciones, incluso vandalismos.

Muchos tesoros verdes están protegidos por las normas de la Intendencia Municipal. El artículo D.537.25.23 del Digesto Municipal brinda una amplia lista de ejemplares protegidos, tanto en espacios públicos como en predios privados. Pero los árboles más antiguos de esta reseña superaron incluso los tiempos en que no existía la conciencia ecológico-histórica.

Centro y Pocitos.

Un caso emblemático es el de la anacahuita —también conocida como "árbol de la pimienta"— de Colonia y Yaguarón, a un paso de la avenida 18 de Julio.

Hasta hace dos décadas, esta especie era el centro de un playón de estacionamiento, surgido de alguna demolición. Cuando se proyectó la Torres de los Profesionales, en 1996, el entonces intendente montevideano Mariano Arana puso como condición para otorgar el permiso de construcción que no se derribara el árbol, que según las estimaciones ya era centenario. Y allí sigue hoy, con sus 15 metros de altura y siete y medio de circunferencia, en el patio interno del edificio.

Otro sobreviviente es el pino de la rambla y Martí, en pleno Pocitos. Allí había una vieja casona, que fue de las últimas en resistir el avance de la propiedad horizontal en la zona. La piqueta terminó con la casa, pero no con el árbol, gracias a una cláusula del contrato de venta establecida por los propietarios.

Un árbol con alcurnia es el gomero de la escuela Noruega de la calle Gabriel Pereira, en Pocitos, conocido como "el Árbol de la Enseñanza". Se afirma que fue plantado por el mismísimo José Pedro Varela en 1877.

Palmeras.

La ciudad también tiene numerosas palmeras, pero la mayoría fue plantada especialmente como parte del ornato público en calles o plazas, desde las 33 de la Plaza Independencia hasta las de Bulevar Artigas. Sin embargo, hay una que parece fuera de lugar, solitaria junto a la playa Pocitos. Fue dedicada en enero de 1968 a la poetisa Juana de Ibarbourou. La propia Juana de América asistió a la colocación de una placa de mármol que consagró la dedicatoria.

Y si se habla de resistencia, la palmera de la cancha de Danubio también es un ejemplo. Primero, se mantuvo allí cuando se construyó el estadio Jardines del Hipódromo (1957), aunque quedara en el medio de la tribuna visitante. Y más tarde escapó a un incendio provocado por hinchas rivales iracundos (2004).

Detrás de la Pista Oficial de Atletismo, en el Parque Batlle, existe un círculo de altísimas palmeras. Cuando se jugó el primer Sudamericano de fútbol, en 1916, allí se instaló provisoriamente un gran estadio de madera. Y las viejas fotos que ilustran la amplia concurrencia a los partidos dejan ver las mismas palmeras, muy jóvenes y apenas levantándose del suelo. Un recordatorio de la longevidad de las especies verdes, siempre silenciosos testigos de lo que va ocurriendo a su alrededor.

Ombúes.

Los ombúes seguramente siempre representaron algo majestuoso e inusual en el paisaje urbano como para quitarlos con la mera excusa de abrir una vía de tránsito. Incluso podría especularse que estaban allí cuando se establecieron los caminos casi espontáneamente y servían como referencia para los viajeros ("mi casa queda a una legua del ombú…"). Por eso se salvaron el de Bulevar España y el de Ramón Anador. Ambos siguen siendo referencias en la zona. También hay un ombú protegido en Camino Carrasco e Hipólito Irigoyen.

Otro ejemplar bajo protección es el ubicado en la estación de servicio de Ancap en la rambla y Solano Antuña, que se mantuvo pese a las diversas remodelaciones del local.

A ellos se pueden sumar algunos ombúes que crecen en parques. Por ejemplo, los dos de Villa Biarritz, en Leyenda Patria casi José Ellauri. El parque Juan Zorrilla de San Martín se estableció hacia 1930 sobre lo que fue un asilo para menores —dependiente de la Asistencia Pública Nacional— en un predio bastante arbolado. En realidad, permanecen varios viejos árboles, incluso algún otro ombú, pero los dos indicados son particularmente notorios.

La construcción del complejo Parque Posadas, sobre la antigua quinta de los Posadas, respetó también varios árboles añosos. Entre las torres siguen asomándose pinos, araucarias y otras especies.

El amplio predio de Cambadu, en la avenida Luis Alberto de Herrera, es abundante en árboles. Y muchos de ellos figuren en el Digesto Municipal: pinos, ficus, palmeras butiá, cipreses, araucarias y el infaltable ombú.

El Prado es profuso en árboles protegidos, tanto en el parque como en el Jardín Botánico, Y también los hay en predios privados, estos también sobrevivientes del tiempo de las amplias quintas que albergaba la zona. En cambio, ya no están los enormes eucaliptos de Buschental: en su caso, su avanzada edad no los perdonó y fueron cortados para evitar un hipotético riesgo de caída.

Debe preservarse la historia y el paisaje.

Montevideo debe proteger sus espacios verdes pero no agregar árboles donde nunca los hubo, afirma el arquitecto William Rey Ashfield, especialista en gestión de patrimonio.

Rey señala que Montevideo es "una ciudad muy verde, comparada con otras de la región, pese a que no está en un espacio de clima tropical" y destacó la política oficial de forestación, sobre todo a fines del siglo XIX y principios del XX, acompañada por el esfuerzo de particulares en sus jardines y quintas. "Incluso hubo una competencia entre las familias de buen pasar para traer especies exóticas, de India, China, África", relata. "A veces, su valor patrimonial es mayor al de la propia arquitectura".

"Existen árboles que deben ser protegidos por ser piezas únicas, pero hay que proteger las especies verdes más allá de esa circunstancia", advierte. Y pone como ejemplo los parques, muchos de ellos monumentos históricos, que "a veces sufren la implantación de juegos mecánicos o instalaciones comerciales que le han ido quitando espacio al verde".

"El Parque Tomkinson, de gran valor al Oeste de Montevideo, ha ido perdiendo espacio, ante una ocupación espontánea e informal. El Parque Rodó también, por la negligencia municipal. Y todo eso hay que cuidarlo mucho", subraya.

A la inversa y con criterio equivocado según Rey, "se ha ido agregando verde a zonas donde no debería haberlo". Por ejemplo, la Ciudad Vieja. "Más allá del pulmón de la Plaza Zabala, la zona de las Bóvedas que está muy bien y lo que puede hacerse en la rambla, se han ido colocando palmeras en la peatonal Sarandí y hay un proyecto de la Intendencia para crear microparques en algunos rincones, lo cual es un disparate conceptual porque la Ciudad Vieja siempre fue una zona seca. Se habla de forestar 25 de Mayo, y me parece un verdadero disparate. Me preocupa también que la Comisión de Patrimonio hace la vista gorda al tema, cuando la Ciudad Vieja es patrimonio histórico y no se puede alterar así nomás", dice.

De la misma forma, añadir especies que no son la dominante en una calle "distorsiona la continuidad del paisaje", indica. Eso ha ocurrido, señala, con los agregados en la avenida Sarmiento, donde predominan los ginkgo bilobas. "El árbol incide mucho en la percepción que tenemos de las calles", concluye.

Un ícono de Pocitos.

Nadie sabe su edad. Fotos de principios del siglo XX lo muestran ya crecido, en un Pocitos casi campestre, muy diferente al actual. El ombú de Bulevar España y Luis de la Torre se ha convertido en un verdadero ícono de la zona y disfruta de su propia plaza, que debe rodear el tránsito.

Anacahuita en el Centro.

Este árbol estaba rodeado de autos, cuando el predio de Colonia y Yaguarón era una playa de estacionamiento. La Intendencia exigió que se mantuviera, luego que allí se construyera la Torre de los Profesionales. Ahora, más que centenario, da sombra a un patio central del moderno edificio.

El pino de la Rambla.

Una de las últimas casas que resistió el empuje de la propiedad horizontal en la rambla de Pocitos tenía un pino en su jardín. La casa fue vendida y demolida, pero el árbol se mantiene hoy, entre los balcones y el mar. Una demostración de que el verde y el cemento pueden convivir en paz.

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