NOMBRES

Una reina de la moda francesa

Joan Juliet Buck hizo historia como la única mujer estadounidense en dirigir Vogue París. Lo hizo en plena década de los ‘90 y ahora publica sus memorias.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Empezaron rechazándola; después se pudo tomar revancha.

Con una mueca, exclamó: ‘Ah! Pero eres una profesional’. La editora en jefe sacudió la cabeza tristemente y dijo: ‘No tenemos espacio para profesionales en Vogue. En todo caso, ya contraté a una joven para el trabajo. Es la hija de un embajador, así es que tiene buen gusto’. Era una nieta de Winston Churchill, me enteré más tarde. Salí del cubículo de vidrio y pasé al lado de esas editoras de labios finos, vestidas con polleras escocesas y con perros falderos bajo sus escritorios, haciendo todo el ruido que fuera posible con mis botas de plataformas. Volveré, pensé. Ya lo verán".

Era el otoño de 1970 cuando una muy joven Joan Juliet Buck —de apenas 22 años— llegó a las oficinas de Vogue París, ubicadas por esos días en una mansión en la Place du Palais-Bourbon. Vestía un traje de gamuza y botas con plataformas, un look a tono con la tendencia distressed peasant (campesina angustiada) que entonces marcaba pauta. Llevaba una carpeta con su currículum: había sido asistente de moda en las oficinas de la revista Glamour, en Nueva York. No era mucho, pero era suficiente, pensó entonces, equivocadamente.

Veinticuatro años más tarde, en 1994, y durante siete bulliciosos y polémicos años, Joan Juliet ocupó el puesto de la mujer que la había ninguneado —Francine Crescent, directora de Vogue Francia entre 1968 y 1987— por lo que era su mayor cualidad: ser una profesional con algo más para aportar que ese difuso intangible conocido como buen gusto. Una mujer capaz de tomar riesgos como dedicar una edición completa de la más famosa revista de modas a la física cuántica (cosa que, ha confesado, "probablemente me costó el puesto"). Una mujer capaz de decirle al presidente de Condé Nast Internacional que Vogue París no tenía suficiente para leer. "Las francesas son unas esnobs intelectuales, curiosas y educadas, la revista debiera estar a su altura. ¿Y la moda? Saben cómo vestirse para una cita. Lo que quieren saber es qué usar cuando no están teniendo sexo", recuerda que le dijo durante ese almuerzo en el célebre Maxims cuando le ofrecieron el cargo.

Hoy, cuarenta y siete años después de esa primera visita a Vogue en París, y a punto de cumplir 70 años, la única mujer estadounidense que ha dirigido la publicación francesa llega a las librerías de su país con The Price of Illusion (El precio de la ilusión), libro editado por el sello Atria de Simon & Schuster, donde relata con todo detalle su tránsito desde el mundo de la moda, ese que se fascina con lo que llama "el lado brillante de las cosas", al mundo real, donde el brillo y el dorado parecen flotar en otra dimensión.

"Au revoir a todo eso. Por un breve tiempo, fui la reina de la moda francesa. Entonces vino la guillotina", comienza el capítulo donde relata su paso por la editorial parisina, publicado a comienzos de febrero en The New York Magazine como adelanto de la llegada a las librerías del texto completo. Ahí cuenta cómo supo, desde el comienzo, que Carine Roitfeld, esa mujer seis años menor que tenía el mismo color de ojos que ella y no usaba más que pequeños chalequitos, polleras rectas y stilettos, terminaría por tomar su lugar. Cuenta, también, de las fiestas a las que iba con su amigo Yves Saint Laurent, con Karl Lagerfeld, con Mario Testino. Y de cómo, cuando su equipo no atinaba a recomendarle ropa de diseñador ciento por ciento francesa para usar en un evento —las propuestas incluyeron a Burberry, inglés; Prada, italiana; Jill Sander, alemana— decidió que su primera edición, la esperada edición de septiembre, tendría como tema La Femme Française.

"Esa noche me fui a acostar rodeada de fotocopias con las posibles portadas de mi primera edición. La que me siguiera gustando a la mañana siguiente sería la elegida. Fotocopias en mi cama en vez de un hombre. Me había convertido en una monja Vogue", recuerda.

En su libro, Joan cuenta también cómo, mientras se adentraba en su séptimo año a cargo de la publicación, la revista se había vuelto "café y triste": ella misma había perdido interés en la moda. Le gustaba inventar, no administrar. La despidieron con una "discreta" invitación a tomarse un año sabático para ir a un centro de rehabilitación —pese a que no consumía drogas ni alcohol— porque eran "sus amigos" y querían "cuidarla".

El golpe fue tan duro que se fue a México, estudió Action Theatre (improvisación teatral) y consiguió roles menores como actriz. ¿Su punto más alto? Compartió set con Meryl Streep en Julie & Julia.

Pero a Joan, sin duda, le gustaba la moda. Y por eso después siguió trabajando en Vogue, esta vez en Nueva York, y en otras revistas dedicadas al tema.

"Soy muy visual y me encanta la ropa como instrumento de transformación. El mundo de la moda es atractivo porque representa la belleza y el sexo. La gente se mueve por la belleza. Y la moda es, en este sentido, un canal hacia el mejor lado de nosotras mismas. Desde un punto de vista más profundo, es un relato de la femineidad. Esa escena de El diablo se viste a la moda en la que el personaje de Anne Hathaway ve pasar un rack lleno de ropa y se olvida completamente de que está peleando con su novio dice todo lo que la ropa puede llegar a ser para una mujer. Al final, la moda es para ellas lo que el fútbol es para los hombres. Por eso he escrito mucho sobre ropa", explica al teléfono, desde las oficinas de su publicista en Nueva York.

Pero luego se explaya sobre el desencanto que terminó por provocarle esto de ir de pasarela en pasarela. "A veces me pregunto cómo pasó que mi identidad se fue ligando tanto con algo que no soy yo", acota. "En el ambiente de la moda todo el mundo es tan consciente de sí mismo. Hay muchas malas energías flotando en los desfiles, que ves sin haber comido ni dormido lo suficiente. Hay mucha inseguridad en la gente que realmente quiere estar ahí. En cambio yo sentía hambre por una trama, por una historia. Veía desfiles y quería teatro".

Después de cada show, corría al backstage para decir el mismo set de palabras, en francés o en inglés, para las cámaras de televisión. "Tenía que pensar rápido, con tacos altos, y aferrarme a las primeras impresiones. Brillante. Genial. Feo. Cool. Grande. Genial. Fabuloso. Genial. Mi vocabulario creció de manera tan pequeña y acotada como mi rango de atención. Genial. Débil. Genial".

Al otro lado del teléfono, una entusiasmada Joan, de voz ronca, muy ronca no para de hablar de su libro. Dice que lo escribió y reescribió unas 19 o 20 veces. Que lo hizo porque necesitaba saber quién era ella finalmente. Dice también que demoró varios años, quizás seis, en hacerlo. Que el primer manuscrito llegó a más de mil páginas. Y que tenía, que tiene aún, todo el material que usó pegado en una pared de la casa donde vive, en el campo, en Hudson Valley. El único lugar de Estados Unidos que le ha hecho sentir que ese país podía ser tan bonito como la Europa en la que creció, cuando sus padres —una modelo y un productor de cine— dejaron Hollywood para instalarse en París, donde aprendió francés, que considera su primer idioma, y luego en Londres. "Desde los 18 años que escribo un diario de vida. Muy pronto aprendí que debía apuntar solamente lo que pasaba y lo que la gente decía. Porque si escribía sobre lo que deseaba, sobre mis anhelos y lo que sentía, volver a leerlo sería un desperdicio. En cambio, al anotar solo los hechos, el momento se recrea cada vez que lo vuelves a leer".

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