VIAJES

Recorrer el mar a solas y la laguna que brilla

En el extremo Oeste de Puerto Rico, Fajardo no solo es el lugar donde se toma el ferry para ir a las islas de Vieques y Culebra. También es una región con playas casi vírgenes para descansar.

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La Laguna Grande, que brilla por las noches, es uno de sus principales atractivos turísticos.

De repente, estoy sola, en la mitad del verde intenso de las lomas caribeñas, rodeada de fauna invisible y sonora. Está la carretera, el cielo despejado, el sol que pega fuerte —y eso que es invierno en Puerto Rico—, un puñado de casas de cemento pintadas de colores alegres, las ventanas abiertas, sus respectivos mosquiteros. No hay negocios, solo un street mall de cemento construido a medias, con una diminuta peluquería abierta. Todo lo demás está cerrado. Es miércoles, el camino que va hacia Las Cabezas de San Juan y el balneario Las Croabas, en Fajardo, punta oeste de la isla, parece muerto. Peor aún, no encuentro la dirección de la pequeña casa que arrendé por unos días para ir a las islas de Vieques y Culebra. Desde Fajardo sale el ferry hasta allá, y supuse que eso sería lo mejor para poder llegar: quedarme aquí en Fajardo, tomar el ferry, ir un día a una isla, luego a la otra. Llamo a Ariatna, la dueña de la casa y no me contesta. Somos la selva, los bichos que se deslizan debajo de las hojas, las casas fantasmas, el sol y yo.

Ariatna llega una hora y media más tarde con unos lentes de piloto puestos. Es tan delgada que la ropa sobre su cuerpo parece una funda.

—¿Español o inglés?, le pregunto.

—English, my love, yo soy nuyorican, me dice en inglés, pero no pasa mucho rato para que descubra que Ariatna, puertorriqueña criada en Nueva York y Florida, no habla bien ninguno de los dos idiomas.

Tras instalarme en su casa, al rato voy con ella en su auto blanco y destartalado bordeando la costa de Fajardo. Almorzaremos juntas. El mar esmeralda brilla hermoso y quieto. El verde es voluptuoso y agreste. Los pocos restaurantes esparcidos por el camino están cerrados. "Acá las cosas funcionan de jueves a sábado —explica—. Ya vas a ver que mañana se enciende todo"

El taxista al que llamo para que me lleve al ferry de las 9 de la mañana que va hacia Vieques me dice que me pasa a buscar a las 5 de la mañana.

—¿A las 5? No. Son vacaciones, no tortura. ¿No hay otro ferry?

—Sí, el de la una, pero si tú lo quieres coger, tienes que estar allí a las 11 de la mañana.

Y aquí estoy, a las 11, haciendo una fila a plena luz del sol, donde lo único que nos han dicho es que solo cuando llegue el ferry, el capitán va a saber si los turistas cabemos o no. Los locales tienen preferencia —el ferry es su único medio de transporte con la isla grande—, luego los camiones que las abastecen, por último los turistas.

Espero junto a una pareja de noruegos mochileros que está detrás mío y el grupo de tres amigas gringas que temen perder su alojamiento en Vieques, si no alcanzamos a subirnos. Me preguntan qué explica en español la policía que custodia la fila. "Que al final vamos a saber", les traduzco. Bienvenidos al Caribe. La noruega se pone a tejer y las gringas se embadurnan con bloqueador solar. Y así esperamos, esperamos bajo el sol, rostizándonos como pollos al horno hasta que al final llega el ferry (tarde), y aparece gente local de la nada y entra un camión detrás de otro a la embarcación. A último minuto, un policía nos dice: "No cabe nadie más".

El desorden es grande. Los que más peleamos somos los hispanoparlantes, pero no nos queda otra: tenemos que bajarnos del ferry. Llamo al taxista. Llega una hora después y me deja de nuevo en Fajardo, específicamente en la playa de la bahía Las Cabezas, insolada y furiosa.

Entonces me meto al mar, que parece una gran poza celeste. Me veo los pies bajo el agua. Encuentro una iguana amarilla entre los matorrales cerca donde está mi toalla. Las iguanas, toda una historia en Puerto Rico: las importaron como mascotas y ahora son una plaga. Tanto así que una vez el aeropuerto se llenó de iguanas y los aviones no podían despegar. Le tomo una foto a la iguana que se queda quieta sobre un tronco. Vuelvo al mar a bañarme. Y ahí reparo que estoy prácticamente sola en una playa soñada de aguas transparentes. ¿Para qué quiero ir a Vieques y Culebra, si está Fajardo?

Así que decido quedarme aquí y no hacer nunca más esa horrorosa fila de ferry. Almuerzo unas arepas rebosantes de camarones en Costa Vista, un restaurante que mira al mar y ofrece platos de mariscos y pescados hermosos, y donde de la nada, los mismos comensales empiezan a tocar percusiones, a aplaudir y cantar. En la noche voy a cenar al restaurante que hoy está abierto y está al lado de mi casa: La Estación. El patio es un sueño: mesitas al aire libre y luces de colores que cuelgan por el techo. Pruebo ceviche, mofongo (un canasto de plátano relleno con pollo, mariscos o carnes), más camarones. Todo se me deshace en la boca de lo delicioso que está.

La vida es bella en la costa de Fajardo. A partir de los jueves.

Tengo la playa del balneario Seven Seas casi para mí sola. Hay poquita gente y, frente a una corrida de pinos, la arena suave y el agua cristalina. Así es la zona costera en Fajardo: preciosa y pacífica. Muy diferente del sabor a fiesta que tienen las playas de San Juan, o a la invasión turística que viven Vieques y Culebra todos los días. Aquí solo tienen lo justo y lo necesario: dos hoteles —el elegante El Conquistador y Fajardo Inn, que está cerca del ferry—, casas rodantes en la orilla del mar; el carrito Carlos Seafood, que vende vasitos con mariscos condimentados, arepas, empanadas, mofongos rellenos, piñas coladas, jugos de frutas y alcapurrias (empanadas de plátano); un par de restaurantes que abren los fines de semana, como El Rincón del Faro, Costa Vista, The House of Pastelillos, Kasavista y La Estación; kayaks, un parque de agua llamado Niños Activos, el faro de Las Cabezas de San Juan, playas que parecen vírgenes y lo más espectacular de la zona: la Laguna Grande, que está en medio de un bosque de manglares y que brilla de noche.

Hay dos modos de llegar a ella: en un tour en kayak que sale de la bahía y que cuesta unos 70 dólares, o a través del paseo educativo en trolley que hace la organización Para la Naturaleza, en la reserva natural Las Cabezas de San Juan. Llamo al kayak. "Chica, qué bien que quieras conocer, pero tengo que decirte que la laguna se apagó", me dice la encargada del tour. Entonces me explica que el calentamiento global ha causado estragos en el ecosistema de la laguna bioluminiscente, y que el año pasado estuvo varios meses apagada. "Recién está empezando a brillar de nuevo. Pero no te puedo asegurar nada".

Esa misma noche estoy montada en el trolley con un grupo de puertorriqueños que hacen preguntas, saben un montón de la historia de su país (incluso algunos han hecho este recorrido varias veces). Un guía de barba nos explica sobre la bioluminiscencia, mientras nos internamos por un camino oscuro hasta la Laguna Grande. El trolley se estaciona en el inicio de un camino tableado que atraviesa el bosque de manglares. Descendemos y empezamos a caminar a oscuras, la luna se está llenando e ilumina un poco. La luna se refleja en la laguna. La noche es silenciosa y quieta. Agitamos el agua para ver los brillos. Hoy no está en el mejor nivel, pero al dar vuelta las varillas que nos entregaron, veo unos puntos verdes fluorescentes que parecen chispitas y que salen del fondo del agua.

A la mañana siguiente estoy de regreso en la reserva Las Cabezas de San Juan para ver el faro. Primero exploramos el bosque de manglares que rodean a la Laguna Grande y caminamos por el tableado, pero viendo los distintos tipos de manglares. Vemos sus semillas, que flotan hasta que encuentran un buen lugar donde anclarse para germinar. El sol pega fuerte. Seguimos en trolley hacia el faro, que está en una loma en altura. El faro blanco reluce entre el verde de los cerros y el mar celeste que se ve desde todos lados: desde arriba se divisa, a lo lejos, el Parque Nacional El Yunque, las islas de Vieques, Culebra y Palominos, el balneario Seven Seas, la bahía de Fajardo y la Laguna Grande, rodeada de sus manglares y cruzada por los puentes de madera. Todo en medio del verde intenso y el mar esmeralda, caribeño y soñado de la costa no invadida de Fajardo.

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